La iglesia de San Martín de Mohías, en Coaña, se abarrotó este miércoles para dar el último adiós a Juan Carlos Suárez, el pescador natural de Coaña que sufrió un fatal accidente el pasado 10 de enero cuando pescaba en la costa coañesa. La denuncia de su desaparición generó un dispositivo de búsqueda sin precedentes. Sin embargo, no fue posible hallarle con vida y su cuerpo apareció, varias semanas, después en la costa de Francia. Este miércoles, al fin, su familia pudo despedirle y el párroco coañés Emmanuel González puso voz a su dolor: «Gracias a Dios, apareció. Para su familia ha sido un consuelo encontrar su cuerpo y poder darle cristiana sepultura».
González, acompañado por otros dos párrocos, se refirió al calvario vivido por sus seres queridos por perderle «en estas circunstancias tan particulares y dolorosas». Recordó el párroco la pasión del fallecido, popularmente conocido como Juancho, por la pesca y la naturaleza. «Ha partido en un sitio familiar para él y donde se encontraba muy a gusto», añadió, en su intervención en la que recordó el sentido «ambivalente» del agua, clave en el bautismo y en la vida, pero, también, «un lugar donde se puede encontrar la muerte».
Apasionado de la naturaleza
El fallecido, de 54 años, casado y con dos hijos, era un apasionado de la pesca desde niño. Natural de Medal, donde sigue residiendo parte de su familia, el hombre vivía en Avilés donde regentaba una empresa de construcción. Sin embargo, era un asiduo del concejo, donde acostumbraba a pescar. Su última pista fue en las inmediaciones de Punta Engaramada, un lugar, recordaban ayer los vecinos, «por donde pasó mil veces desde niño». Sin embargo, por razones que se desconocen, se precipitó al mar y se le perdió la vista.
El pasado 15 de marzo trascendió el hallazgo de su cuerpo varios días antes en el Golfo de Vizcaya. Tras hacer la pertinente identificación del cadáver, el cuerpo regresó a casa y este miércoles recibió cristiana sepultura en el cementerio de la parroquia de Mohías.
Fueron muchos los vecinos y familiares que se acercaron al funeral, abarrotando los accesos y el interior del templo coañés. La sensación compartida fue de tristeza, pero también de alivio por poder cerrar, en parte, «un largo y doloroso proceso».













