Las Palmas se aprovechó de San Lorenzo hace más de un siglo. De una forma más que irregular, pistola en mesa, absorbió este histórico municipio, que llegó a abarcar más territorio que la propia capital, con la excusa de la necesidad de crecer y de alzarse como capital de Canarias. Aquellas tierras, en su mayoría de enorme potencial agrario, le dieron oxígeno a la ciudad y acabaron convirtiéndose en el suelo sobre el que levantó buena parte de su expansión. Entre esos territorios estaba Tamaraceite.
De Tamaraceite se tiene constancia desde los primeros momentos tras la conquista. Abreu Galindo la menciona como Tamaraseyte, vinculada a uno de los cantones de los indígenas canarios, y Bernáldez la incluye entre los 35 lugares poblados de Gran Canaria. Desde entonces, rara ha sido la ocasión en la que no ha aparecido en crónicas o documentos, aunque con numerosas variantes.
En 1740, Antonio Riviere la menciona como parte de La Vega de San Mateo, bajo la forma Tamarazayte. Unas décadas después, Viera y Clavijo ya la sitúa dentro de San Lorenzo, donde se mantuvo hasta 1939.
Aunque hoy se escribe Tamaraceite, las formas antiguas muestran que el nombre se pronunciaba con «s», no por efecto del seseo canario, sino porque esa era su forma original. De hecho, en los Repartimientos de Gran Canaria el nombre aparece una veintena de veces, siempre con «s», salvo en un caso aislado en el que se escribe con «z», antecedente de la grafía actual. En las fuentes aparece de mil maneras —Atamatamaraseid, Tamarasayte, Tamarazayte o incluso Tamarsayte—, pero todas suenan casi igual.
Si algo está claro es que el nombre es anterior a la presencia castellana. Ahí empieza lo interesante. Maximiano Trapero recoge en su Diccionario de toponimia de Canarias las principales teorías sobre su origen y significado.
Fotografía de Tamaraceite en 1932. / Fedac
Teorías sobre el significado de Tamaraceite
Las teorías no son pocas, pero casi todas van en la misma dirección. La más extendida vincula el nombre al mundo bereber y, en concreto, a las palmeras. Autores como Wölfel o el propio Trapero lo relacionan con términos bereberes como amersid o imersid, que significan «palmera macho», algo que encaja con las descripciones históricas del lugar.
No todos coinciden. Algunos se mantienen en el ámbito vegetal, también dentro del origen bereber, pero no apuntan a las palmeras, sino a las higueras, con topónimos paralelos en el norte de África que podrían sostener esa interpretación. Hay incluso una propuesta más antigua que defendía un origen árabe y traducía el nombre como «los dátiles del señor», aunque con poco valor filológico.
Más abierta es la propuesta de Abrahan Loutf, que plantea varias posibilidades: desde plantas hasta referencias al terreno, como pendientes o lugares de asentamiento.
La hipótesis de las palmeras es seguramente la que más peso tiene, tanto desde el punto de vista lingüístico como por lo que sabemos del propio lugar. Tamaraceite estuvo lleno de ellas durante siglos, y así lo recogen muchas de las descripciones históricas. Trapero menciona además un caso curioso en el sur de Argelia, donde existe un nombre que, aunque se escribe distinto, se pronuncia prácticamente igual.
Tan ligado desde siempre a la historia de la isla, es en Tamaraceite y sus aledaños donde la ciudad ha terminado encontrando hueco en las últimas décadas. Lejos ya de aquel paisaje de cultivos y palmeras, la urbanización ha redefinido por completo el lugar y sus posibilidades. La capital ha vuelto a apoyarse en este espacio para seguir creciendo, atrayendo población de otros puntos de la isla y reconfigurando el entorno. Todo ello sin borrar del todo ese sentido de pertenencia que aún persiste.








