Minutos antes de que Trump nos regalara otro giro digno de novela de misterio y anunciara el aplazamiento de nuevos ataques en Irán, alguien ya estaba bailando sobre la mesa del despacho en Wall Street con fajos de billetes como si fueran fichas de casino. En apenas un minuto, unos futuros de petróleo y Bolsa cambiaron de bolsillo por la escandalosa cuantía de 580 millones de dólares. ¿Casualidad, intuición? Huele que apesta: alguien maneja información privilegiada y se está forrando.
Cuando el presidente de EE UU lanzó al orbe su comentado mensaje de “conversaciones productivas” con Irán, el petróleo se desplomó un 10 % como por arte de magia y las Bolsas subieron más rápido que los seguidores de un tuit polémico de Pérez Reverte. Traducido: unos cuantos muy listos se pusieron las botas y llenaron la faltriquera acosta del guardián de la cueva de Alí Babá. Para esto sirve la guerra: para que los de siempre engorden su cuenta a costa del sufrimiento ajeno.
Bienvenidos al fenómeno TACO: “Trump Always Chickens Out” (Trump siempre se echa atrás). La receta es simple: primero amenaza, después se raja, y los mercados se revuelven entre el pánico y la euforia. Y a río revuelto, un dineral para los amiguetes del presidente, gracias a un chivatazo. Jugada maestra. Clin, clin, caja.
Ahí reside el conejo de la chistera de Trump: con un tuit mueve océanos de dinero, es el rey Midas de la geopolítica que dicta el capitalismo salvaje. El presidente de Estados Unidos no es Donald sino el tío Gilito, el resto pagamos el pato.
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