Donald Trump anunció este jueves en su red social, Truth, la ampliación del ultimátum contra Irán por un período de 10 días. Horas antes, había amenazado con un nuevo ataque si el régimen de los ayatolás «no le convencía» de lo contrario.
Estas declaraciones parecían poco consistentes con el borrador de quince puntos que el negociador Steve Witkoff decía haber presentado a los líderes iraníes a través de la mediación de Pakistán.
Era raro que alguien estuviera «suplicando» un acuerdo y tuviera que convencerte de que se lo merece, pero fueras tú quien se lo proponga y a través de terceras personas.
Con todo, pese a la insistencia de Trump, que ha obligado a Israel a quitar de su lista de objetivos al ministro de Asuntos Exteriores, Abás Araqchi, negociador en Ginebra, las posturas parecen estar exactamente donde estaban el lunes.
No hay constancia pública de que el asesinato de varios líderes de la Guardia Revolucionaria por parte de Israel, entre ellos el jefe de la Marina iraní y responsable del cierre del estrecho de Ormuz, Alireza Tangsiri, haya influido en la voluntad de Teherán de llegar a un acuerdo en los términos que exige Trump.
De hecho, en lo que podría considerarse un golpe bajo, el régimen hizo llegar a Pakistán su voluntad de negociar directamente con el vicepresidente J. D. Vance, y no con Witkoff o Jared Kushner, el yerno del presidente.
De todos es sabido que Vance lleva prácticamente desaparecido desde el 28 de febrero y que siempre ha mantenido una posición aislacionista, contraria a toda intervención en el extranjero, menos aún si hay presencia de tropas estadounidenses en la misma.
El despliegue de dos unidades anfibias del cuerpo de marines, con unos 5.000 soldados preparados para el asalto de distintas islas del Golfo, entre ellas, según informa el digital Axios, Jark, Larek y Abu Musa, todas ellas claves para el control de Ormuz, más el envío de unos 1.000 paracaidistas hacen pensar en que la posibilidad de un ataque terrestre sigue abierta.
Irán nunca ha contemplado otra opción, de hecho, considerando el anuncio de negociaciones una maniobra de la Casa Blanca para ganar tiempo y calmar los mercados.
Sube el petróleo, baja Trump
Este jueves, conforme iba pasando el tiempo y se acercaba el fin del ultimátum, tanto dichos mercados como la opinión pública estadounidense empezaron a revolverse.
El barril de Brent volvió a rozar los 110 dólares en algunos momentos del día, aunque su precio bajó de nuevo tras el anuncio del presidente.
Ahora bien, cuando empezó la guerra, estaba en 73 dólares y lleva trece de los últimos catorce días por encima de 100, algo no visto desde el inicio de la guerra de Ucrania.
En este mismo tiempo, el índice Dow Jones ha caído siete puntos.
La incertidumbre y el desasosiego también se reflejan en las encuestas de control que regularmente publican los medios estadounidenses.
Trump, que empezó su segunda estancia en la Casa Blanca con un 52% de aprobación y un 40% de rechazo —por encima incluso de sus números electorales— se encuentra ahora mismo con los peores números de cualquier presidente a estas alturas de mandato: un 40,1% de aprobación y un 56,7% de rechazo, es decir, un balance neto de -16,6 puntos porcentuales.
Más allá de la desconfianza que provoca entre el electorado la guerra en sí, lo que más miedo dan son sus consecuencias sobre la economía.
Según la media ponderada de encuestas del estadístico Nate Silver, solo el 31,5% de los estadounidenses aprueba la gestión de Trump respecto a la inflación, mientras que el 64,2% la rechaza.
Hay que tener en cuenta que la lucha contra la inflación fue uno de los caballos de batalla de Trump en las elecciones de 2024 y que todo apunta a que puede dispararse en cuanto se empiecen a notar las consecuencias sobre el precio de la energía y de los fertilizantes.
Con estos números, es prácticamente imposible pensar que el Partido Republicano pueda mantener opción alguna de conservar el control del Senado o de la Cámara de Representantes.
Son cifras que apuntan al desastre electoral en las midterms, de ahí que figuras del movimiento MAGA como Steve Bannon ya estén pidiendo el despliegue de hombres del ICE en los colegios electorales, presuntamente como medida intimidatoria que pueda alterar el resultado.
La OTAN, en el alambre
Bannon, precisamente, está entre los más críticos de la gestión internacional de Trump a lo largo de este mandato.
No es el único dentro del Partido Republicano, empezando por el citado Vance.
Este tipo de intervencionismo en Oriente Próximo y la movilización de tropas recuerda a las decisiones tomadas por George H. W. Bush y su hijo George W. Bush respecto a Irak.
Hay que recordar que los miembros de MAGA suelen citar a estos dos presidentes como «los peores de la historia de Estados Unidos».
Trump podría encontrarse en una especie de callejón sin salida si, como parece, Irán sigue negándose a abrir el estrecho de Ormuz y continúa sus ataques —cada vez más esporádicos, pero más precisos— contra Israel y los países árabes vecinos.
Sabe que no puede irse sin más y dejar aquello empantanado, con otro Jamenei como líder supremo, con Masud Pezeshkian aún como presidente y con buena parte del régimen intacto y clamando venganza.
Por otra parte, el uso de la fuerza puede acarrear numerosas bajas. Irán ha colocado minas en la Isla de Jark y ha reforzado sus tropas en previsión de un intento de invasión.
En sí, eso no debería suponer un gran problema para el muy superior ejército estadounidense y sus tropas de élite. El problema, como siempre, viene después. ¿Cómo se defiende Jark, Larek, Abu Musa o la costa que da al Golfo sin afrontar ataques terroristas y lanzamientos constantes de drones y de misiles?
De ahí el enorme enfado de Trump con sus socios de la OTAN, a los que volvió a acusar el jueves de haberle dejado tirado: «Nosotros les protegemos de Rusia, pero ellos no nos quieren ayudar a nosotros».
De nuevo, estamos ante una falsedad: la Administración Trump no solo ha dejado a Ucrania a su suerte, sino que siempre ha parecido trabajar para la rehabilitación económica y política de Vladímir Putin.
Tampoco recuerda el presidente que los países europeos apoyaron a Estados Unidos en Afganistán como lo hicieron en Irak, poniendo la sangre de sus jóvenes a disposición de Washington para sostener sus guerras.














