Cantaba Serrat aquello de ‘Esas pequeñas cosas’ y en una de las estrofas dibujaba este sentimiento: «Que el viento arrastra allá o aquí. Que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve». Arranco con estos versos porque es el desazón que sintió una amiga cuando regresó a su casa y vio que los árboles, los que mecían sus horas, sus sueños, también todas sus debilidades, habían sido talados sin compasión con motivo de las obras que el Ayuntamiento de Zaragoza está acometiendo en la plaza San Miguel. Sintió rabia, asco y un profundo desconcierto, porque ella pensaba que aquellos árboles centenarios eran intocables, pero no, y hoy son solo el recuerdo en una fotografía que provoca una lágrima cuando nadie nos ve. Porque ¿a quién le pueden importar unos pocos árboles centenarios? Quizá solo a ella que los abrazaba y hoy los echa de menos porque sabe que no volverán, quizá planten otros, pero no serán ni tan frondosos, ni tan esbeltos, ni bellos y lanza un quejido y mira lo que ya no existe y maldice decisiones que son arbitrarias y se estrellan ante un cementerio de troncos que solo unas horas antes eran vuelo, belleza, protección, abrazo, ciudad.
Y mientras eso sucedía en el tramo final de la calle San Miguel con la plaza que lleva ese mismo nombre, en otro lugar de la ciudad se protege un edificio, feo, muy feo, porque es ejemplo de la arquitectura brutalista, que tiene en el edificio de Correos de la calle Clavé uno de sus exponentes más desgastado y desangelado. Pero hay que conservarlo porque es historia de la ciudad, de una ciudad en la que tenemos una terrible cicatriz en su mismo corazón con un esqueleto que es la vergüenza de políticos y más políticos que no han sabido dar respuesta al Teatro Fleta, ni al edificio de la antigua Escuela de Artes y Oficios, que sigue criando malvas a pesar de ser historia de la historia más bella de la ciudad cuando la Exposición Hispano-francesa de 1908 entendió que Zaragoza podía y debía ser una ciudad hermosa.
También llora Fuenclara, que espera una respuesta que no llega mientras se agrietan sus muros y su paciencia se agota. Todo eso pasa en Zaragoza que es milenaria y que ha decidido, han decidido por ella, mirarse en un espejo desgastado, con un punto inquietante de astigmatismo y una falta de respeto por aquellas pequeñas cosas que a veces son árboles y que nos hacen la vida algo más fértil y bondadosa.
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