De Estado fallido a Estado verdugo

La reciente ejecución de la eutanasia a Noelia Castillo Ramos no es el triunfo de la libertad individual al estilo por el que muchos suspiran, sino el acta de defunción moral de un Estado que, injusto, fallido y errático, ha intercambiado su deber de protección por una jeringuilla mortal. Sin necesidad de soga ni cadalso, el Mal anda de celebración con su disfraz de cultura de la muerte.

Estamos ante la consumación de una distopía administrativa: un sistema que se declara torpe e incapaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos frente a la barbarie generalizada, pero que muestra una sorprendente y espeluznante eficiencia quirúrgica para eliminarlos cuando trauma y sufrimiento se vuelven “inconvenientes”.

En cualquier sociedad civilizada, el Estado existe para proteger la vida y castigar al criminal. En la España de 2026, la ecuación se ha invertido de forma perversa. Mientras delincuentes y agresores sexuales se benefician de una justicia garantista, rebajas de penas y una reinserción que a menudo olvida y parece despreciar a la víctima, a esta última sibilinamente se le ofrece el “derecho” a desaparecer, como aquella “vaporización” orwelliana de «1984» cuando el individuo resultaba incómodo.

Es la distopía de la impunidad: el agresor campa a sus anchas mientras el Estado, en un alarde de cinismo burocrático, le dice a la víctima: “Como no pudimos evitar que te destrozaran”, y como no sabemos sanarte o recuperarte, te ayudamos a morir”. El chantaje se viste como tal cuando recibe la cobertura del fuego amigo de gestores acostumbrados a nadar en océanos de corrupción, en aguas en las que ni siquiera caben un salvavidas de dignidad o brazadas de misericordia. Y esto –entendámoslo bien– no es compasión; es una miserable rendición institucional”.

En la ya citada «1984» de George Orwell, el poder secuestra el lenguaje. En el caso de Noelia, también. Hablan de “progreso” y “libertad” a lo que de facto es un asesinato amparado, asistido y alentado por un sistema decadente que invita a la muerte como remedio contra el dolor y el sufrimiento.

Se nos quiere hacer creer que una joven de 25 años, sumida en una severa depresión tras una violación grupal, toma una decisión “libre”. Es una falacia médica y ética. Una persona traumatizada no es libre; está cautiva de su dolor y recuerdos, y acostumbrada a vivir desprovista de medios asistenciales de todo tipo que, seguramente, sí que paradójicamente reciben sus agresores: el grupo de cobardes violadores escondidos en su manada y el injusto buenismo que ha conducido a Noelia al más profundo de los abismos: su prematuro adiós.

Al igual que en la novela distópica «Hijos de los Hombres» de P. D. James, el Estado facilita el “Quietus” para no tener que invertir en una red de salud mental y cuidados paliativos que sea real, humana y constante. Es mucho más barato un protocolo de eutanasia que décadas de apoyo psiquiátrico y justicia efectiva.

La ley de eutanasia en manos de un Estado que no protege la vida se convierte en una herramienta de limpieza social silenciosa. Bajo la apariencia de un aséptico trámite sanitario —el soma de Huxley en «Un mundo feliz»—, se anestesia la conciencia colectiva. Si la víctima ya no está, el problema desaparece y el Estado ya no tiene que lidiar con el recordatorio constante de su fracaso en materia de seguridad y justicia.

Desgraciadamente, España se está acostumbrando a olvidar a sus víctimas de manera muy rápida y, lo peor, con una desidia alarmante y preocupante que no deja de ofrecernos continuos retratos del calado e indigencia moral de nuestros regidores.

Un Estado que ofrece la muerte como solución de primera instancia a sus ciudadanos más vulnerables ha dejado de ser una democracia para convertirse en una tanatocracia. Cuando las leyes proponen y facilitan el fin de la vida de las víctimas mientras sus verdugos disfrutan de la laxitud del sistema, no estamos ante una anomalía, sino ante un Estado fallido con capacidad para ejecutar a diestro y siniestro.

La historia no juzgará este 26 de marzo de 2026 como un avance en los derechos civiles, sino como el momento en el que la sociedad aceptó que el suicidio estatal es moneda de cambio y respuesta oficial al fracaso de una justicia cada vez más alejada del propósito inicial en los orígenes de aquella primitiva iustitia.

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