En los dominios de Seth
Arminius Vambery era un espía al servicio de la corona inglesa. En 1863 llegó hasta los muros de Jiva, en las inmediaciones del mar de Aral. Su suelo, dice, es extraordinariamente fértil, un bello rincón de la tierra, poblado por altos álamos, verdes praderas de hierba y campos repletos de cosechas. Un vergel asiático digno de ser cantado por los poetas más grandes. Creía que los ojos le engañaban. Este paraíso no existe hoy. La ciudad histórica es un mausoleo rodeado de un paisaje muerto, creado enteramente por la fúnebre acción de la humanidad, el inhóspito desierto del Aralkum.
—Dijo el hombre: ante mí se alzan los paraísos del Edén, pero detrás de mí el infierno me sigue.
Vidas cruzadas
Zeus amó a Sémele. Lo hizo hasta donde el padre de los dioses y de los hombres era capaz de amar. Fidelidad y constancia jamás tuvieron importancia para él, ni siquiera siendo el guardián de pactos y juramentos. Sémele quiso ver a Zeus en toda su grandeza, quería contemplar el rostro del dios en su majestad, observar cómo avanzaba hacia ella para poseerla, con su carro tirado por caballos inmortales, con sus armas y con sus poderosos rayos. Ver con ojos mortales semejante prodigio y quedar reducida a cenizas fue todo uno. Zeus recogió de entre sus restos a Dionisos, el hijo aún no nacido. Así descendió al Hades Sémele, por atreverse a mirar cara a cara al dios que la amó.
Cuando Bartolomé estaba con María, la que había parido a Jesús sin haber conocido varón, se armó de valor y se dirigió a ella. Tenía en sus labios una pregunta que hubiera deseado hacerle hacía mucho tiempo. En qué momento albergó la semilla divina, de qué manera recibió al verdadero Padre de su Hijo, cómo ocurrió que su cuerpo de mujer pudiera ser refugio de la simiente de todo un Dios.
Pero María no lo explica, no esclarece el misterio.
—Si hablara de tales cosas una lengua de fuego saldría de mi boca, mi voz se transformaría en pura llama y el incendio que provocaría destruiría el universo entero, incinerando el aire del cielo, evaporando el agua de los mares.
La rama sagrada
Cuando Dionisos creció se convirtió en un dios alegre y dispensador de vida. Sintió piedad por su madre, la que durmió con Zeus. Deseaba rescatarla, echó a andar y descendió a los Infiernos con una rama de mirto blanco. Pidió a Plutón, rey del Hades, la vida de su madre. A cambio le ofreció la flor que llevaba en la mano. Y aquel que es señor sobre el incontable número de los muertos, le concedió la vida de Sémele. Lejos del Infierno, sobre celestes alturas, tienen madre e hijo sus tronos inmortales, desde allí examinan, felices, el universo.
Cuando María comprendió que había llegado el momento de abandonar este mundo, se tumbó sobre su lecho y esperó. Los apóstoles de su hijo, dispersos por el mundo, fueron congregados por la providencia divina, reunidos por fuerzas milagrosas en la casa de su Maestro, donde ahora solo vivía su Madre. Todavía esperaba que en el momento señalado había de aparecer su Hijo para apartarla a la muerte. La corrupción, la putrefacción no habían de tocarla. Jesús comparece, estrecha las manos de su madre; su alma tierna y fresca como la de una niña se abraza al cuello de su Hijo y salvador. La tumba de María quedó vacía, como vacía había quedado la de su Hijo tiempo atrás. Su cuerpo fue tomado por los ángeles para que se reuniera con su alma de niña en el cielo, donde tienen ahora su trono celestial Madre e Hijo.
La marca de Caín
Lleva cuidado al segar una vida, pues el espíritu del muerto, en venganza, jamás se separará de ti. Te perseguirá por senderos oscuros e inexplorados.
—El espíritu hambriento de venganza querrá salir del Infierno para extender su voz por los confines de la tierra. He aquí que llamará a la matanza y soltará a los perros de la guerra. La muerte y la crueldad serán cosa de cada día, tanto que las madres se sentirán afortunadas cuando vean los cadáveres mutilados de sus hijos, y los abracen con una sonrisa helada en los labios.
Hércules lucha con el león de Nemea. / Zurbarán
El cazador y su presa
En cierta ocasión, atemorizados por el león más terrorífico, los aldeanos llamaron a un poderoso campeón para que lo matara. Lo cazó y se puso su piel por encima para que todos supieran quién había sido el matador de la bestia. Su mirada, entonces, provocaba terror. Era el hombre que se había abrazado al león, y se había hecho uno con él. Ya no había forma de distinguir al verdugo de su víctima, ambos eran uno, como los amantes más puros que se abrazan en una sola llama para toda la eternidad.
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