Invencible

Nos acompañaron hasta nuestra habitación, la 308. Después de tantos días de lluvia, que el sol entrase por la ventana nos pilló por sorpresa. Guardamos nuestro equipaje en un armarito metálico y bromeamos para aplacar los nervios. Primero llegó la enfermera, que se llamaba como la abuela de Beatriz; después, la matrona, que trabajó durante años en el mismo hospital en el que lo hizo su madre. Nadie cree en las señales, pero a veces estas se agradecen. Las contracciones empezaron pronto, y la frecuencia y la intensidad se intensificaron por la tarde. Ya a la hora de la siesta, iban acompañadas de gemidos de ultratumba y gritos de socorro. Fueron muchas las posturas que se probaron y mucho lo que intentó controlarse la respiración. Descubrí entonces que, en mitad del dolor, el cuerpo se defiende con paréntesis de sueño. Por fin, la matrona anunció el cambio de fase: «Cuatro centímetros y medio: ¡nos vamos al paritorio!».

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