Alejandría

«Cuando emprendas tu viaje a Ítaca/pide que el viaje sea largo, /lleno de aventuras, lleno de experiencias». Estos son los tres primeros versos del archiconocido poema de Konstantin Kavafis; el santo y seña de cualquier viajero, y más en un año en el que gracias a Cristopher Nolan la ‘Odisea’ vuelve a tamizar nuestras vivencias. Kavafis nació, vivió y murió en Alejandría, en el barrio griego de esa ciudad mitológica donde se amansan los aluviones del Nilo y las dahabiyas despliegan en su velamen los ecos de una civilización milenaria. Quien se acerque a Alejandría sin el antídoto decadente de Kavafis se llevará una tremenda desilusión: nada de los clichés de los juncos de papiro, de salas hipóstilas y los vestidos vaporosos de la Cleopatra de Terenci Moix. Solo la nueva Biblioteca es un luminoso botón en ese malecón de edificios derruidos y de tan precaria estabilidad que un sismo de escasa intensidad parecía propiciar el derrumbe de las viviendas como fichas de dominó. Pero tan pernicioso resulta anclarse en una estampa de cartón piedra como recrearse en una estética ruinosa. Kavafis vivió en ese bullicio de carcomidos esplendores; y Lawrence Durrell encumbró en su Cuarteto de Alejandría a la ciudad como principal protagonista de su tetralogía; fachadas acicaladas donde aún se guardaba culto a la pulcritud de las metrópolis europeas, y serpenteaba el erotismo de relaciones transgresoras propiciadas por ese interregno que fue el periodo de entreguerras.

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