La ópera de los tres centavos, el clásico de Bertolt Brecht y Kurt Weill, se estrenó en plenos avatares de finales de la década de los años 20 del pasado siglo en Berlín, con una crítica feroz al capitalismo y la corrupción. ¿En qué medida sigue siendo una obra contemporánea un siglo después?
Yo creo que este espectáculo es absolutamente contemporáneo, pero no solo ahora, sino que también lo será dentro de 300 años, igual que lo habría sido hace 300 años. Creo que sucede con todas las grandes obras, donde los textos son tan universales y calan tan hondo que cuando, uno los lee o los ve, sientes que te están hablando a ti y te sientes identificado desde cualquier ángulo porque, aparte de la lectura social y política que hacen, que en el caso de Brecht es evidente, hay una lectura mucho más profunda, que habla del alma humana y de cuestiones muy profundas y complejas. Entonces, nos sentimos inevitablemente atravesados por lo que dice, aunque se aborden cuestiones no precisamente luminosas sino, en este caso, bastante oscuras y crueles, ya que La ópera de los tres centavos habla, sobre todo, de la ambición y del egoísmo.
Cíteme, sin pensarlo, su clásico por antonomasia.
Así, rápidamente, pienso en Hamlet, claro, o en todas las obras de Federico García Lorca. ¿Por qué son tan universales y siempre están vigentes? Porque hablan de nosotros y de algo de nosotros muy profundo, que yo creo que tenemos dentro desde que somos sociedad, desde que existimos como seres humanos. Por eso, este texto brechtiano tiene esa grandeza, esa complejidad, y seguirá vigente siempre por los tiempos de los tiempos.
Aquí afronta un papel protagonista por vez primera en su carrera artística, en la piel del emblemático gánster y proxeneta Mackie Navaja. ¿Cómo construyó al personaje?
Pues he construido el personaje como creo que casi siempre construyo los personajes, que es concentrándome y seccionando a tope el texto. Creo que ahí está toda la información, sobre todo, cuando es un buen texto, porque entonces se te pone mucho más fácil: cuando un texto está tan bien escrito, no hay más que leerlo y pasarlo por ti. Y luego, por supuesto, siguiendo las indicaciones de Mario Vega, el director, que me ha corregido muchas cosas que yo entendía de otra manera, como es lógico, pero eso es parte del proceso. Lo que pasa es que en el teatro hay mucho más tiempo para corregir, corregir y corregir. Me refiero a que no es como en el cine, porque en una película no da tiempo a profundizar o tamizar tanto.
¿Y se inclina por la fiebre y vértigo del escenario, no ya por su carrera musical, sino también por su sangre teatral desde la cuna, como hijo del actor Gerardo Malla y la actriz Amparo Valle?
El escenario siempre saca cosas de ti y te inspira. Creo que hay que dejarse llevar por esa energía y también por la creatividad propia. Fíjate, yo estuve tentado de estudiar un poco el contexto social de la época de los años 20 en el barrio del Soho en Londres, donde en teoría vivía Mackie Navaja, para imbuirme de ese entorno criminal y decadente. Pero luego no le vi mucho sentido, porque toda la información del personaje estaba, de principio a fin, en esos increíbles diálogos, donde está perfectamente dibujado el personaje.
En ese sentido, ¿diría que se enfrenta de la misma manera a un espectáculo musical que a un montaje teatral, en este caso, en clave operística?
Pues yo, que produzco mis discos y dirijo mis espectáculos, me estoy dando cuenta de que dirigir un espectáculo teatral tiene muchísimas más cosas en común de lo que yo pensaba con dirigir un concierto de rock. Por lo menos, esencialmente. Y más en mi caso, que planteo espectáculos de rock muy teatrales y muy cinematográficos.
Coque Malla en uno de los ensayos de ‘La ópera de los tres centavos’. / LP/DLP
¿Cómo se ha desarrollado el trabajo con el grancanario Mario Vega, con quien ya había trabajado antes en la composición musical del montaje Clara y el abismo (2021)?
Nuestra primera relación de trabajo con Clara y el abismo fue increíble, fantástica, fácil, fluida. Un entendimiento perfecto, vamos. Yo me apasioné, porque el texto era también increíble, porque el tío me viene siempre con unos textos monumentales, y en ese aspecto fue muy fácil trabajar porque, cuando hay buena materia prima, muy torpe hay que ser para hacerlo mal. Además, Mario me dio libertad total en aquel proyecto, confió en mí y conectamos mucho, y aparte de trabajar muy a gusto juntos, nos hicimos amigos. Ahora, en La ópera de los tres centavos ha sido más duro, porque la relación es mucho más intensa y uno se desnuda como actor encima de un escenario de teatro.
¿Aún cuesta desnudarse en el escenario, a estas alturas?
Ya no es desnudarte sino que te dejas la piel, y propones, propones, propones y propones, y claro, se rechazan muchas de las propuestas que haces como actor; unas pocas se integran, otras se cambian, y hay que estar en esas. Yo he inventado una expresión durante los ensayos, un poco en broma, que es la expresión de «cabeza de pulpo», porque para pescar a los pulpos se les hace ¡rac! Y se les da la vuelta a la cabeza. Sé que es una imagen un poco terrorífica y cruel, pero es que así me sentía yo cuando iba con una propuesta y Mario me decía que hiciese exactamente lo contrario, y yo sentía que me estaba dando la vuelta a la cabeza y que tenía que reconducirlo desde ahí. Pero, bueno, yo creo que ha tenido la razón el 99,9% de las veces que me ha corregido. Además, él lleva con el texto en la cabeza muchos años y conoce muy bien el texto, pero también el subtexto, y a dónde quiere llegar él como director. Entonces, le he entendido, lo he entendido.

Coque Malla en un ensayo. / LP/DLP
¿Cuál diría que ha sido el mayor reto de enfrentarse, en concreto, a una ópera?
Para mi sorpresa, la parte vocal ha sido la más difícil. Yo pensaba que iba a ser la parte actoral y que, por ejemplo, memorizar el texto iba a ser una pesadilla. Además, yo no tengo muy buena memoria, aunque he comprobado que la tengo mejor de lo que pensaba. Recuerdo que, cuando llegó el texto, se me pusieron los pelos de punta y tardé como media hora en aprenderme bien tres fases. Y pensé: bueno, ahora me queda subir el Everest. Y sin embargo, me sorprendió que, poco a poco, me lo aprendí perfectamente, ¡y no se me olvida! Luego, he disfrutado muchísimo en los ensayos. Pero sorprendentemente, lo que es la parte musical, que en principio parecería lo más fácil para mí, ha sido muy jodido.
¿Cuáles fueron esas complicaciones, en concreto?
Primero, que es un tipo de música complicada, con muchas modulaciones, cambios de tono y melodías que no son las habituales. Pero a esto se suma que la Fundación Kurt Weill no permite cambiar los tonos, así que hay notas a las que me ha costado mucho llegar y que no se podían cambiar, porque te cancelan espectáculo directamente. Eso ha sido jodido. Ahora ya creo que lo tengo bastante agarrado, pero ha sido la parte más difícil. Ya te digo que todas las imperfecciones y desafinaciones o roturas de voz que el rock y el pop agradecen, este tipo de música, no. No es ópera tampoco, porque el montaje no está concebido estrictamente como una ópera, pero tampoco es el Yellow submarine (Risas).
Después de su estreno absoluto en Gran Canaria y Tenerife emprenden una larga gira por el resto del país, ¿dónde queda su proyecto musical entre tanto?
Yo me he organizado la vida y la agenda para estar absolutamente concentrado en esto a lo largo de este año. Esa era mi idea pero te confieso que, ahora que estamos ya a punto de estrenar y que el trabajo duro ya está más o menos hecho, veo que me voy a poder relajar un poco más de lo que pensaba. Yo pensaba que iba a tener que estar con el cuchillo de Mackie pegado al pecho y el sombrero durante las 24 horas del día, porque esta es una obra larga, enorme, divertidísima pero compleja para un actor. Pero ahora creo que, una vez que el buque haya zarpado y camine solo durante la gira, me iré dedicando con calma a componer canciones, con el objetivo de grabar seguramente en 2027, y sacar un disco a finales de ese año.
Con todo, en el pulso entre el músico y el actor, considerando el conjunto global de su trayectoria artística, ¿quién gana?
Ahora mismo estoy al 100% con el teatro, pero tengo clarísimo que mi vida es la música. Por eso también tengo clarísimo que esto es una experiencia puntual y que, de aquí a que aparezca otra oportunidad donde se junten tantas circunstancias cósmicas para que yo lo haga, va a pasar muchísimo tiempo. Yo estoy pensando todo el rato en música, en canciones, en tocar. No paro de tocar en mi cabeza y tengo un mono de tocar con mis compañeros de banda que me muero. Yo observo a mis compañeros actores y veo que su vida es el teatro, y que acabará este proyecto y harán otra cosa y, entre medias, están haciendo varias cosas a la vez. Pero no es mi caso: esto ha sido una circunstancia cósmica en la que se han alineado los astros por Mario, porque si me hubiese llamado otra persona, no sé yo si me habría lanzado. Yo he hecho esto porque Mario ha pensado en mí, con esta joya de texto y además con mi hermano Miguel en la compañía, dirigiendo la parte musical. Entonces, hasta que se vuelvan a dar estas circunstancias pasará mucho tiempo, y mi vida es y será la música. Esto lo tengo clarísimo. Pero ojo, este año, mi vida es el teatro y este espectáculo. Y estoy encantado.










