Los Caballeros del Rey Fernando lideraron el bando de la cruz en Orihuela. Las huestes cristianas hicieron su entrada en la ciudad este viernes dirigidas por Eduardo Aparicio en la séptima embajada de una comparsa que nació en 1974 con un desfile que tuvo varios guiños a épocas anteriores, en referencia a sus embajadores en 1975, 1985, 1994, 2001, 2008 y 2016. Una embajada la de este año que en realidad debía haberse realizado en 2024, coincidiendo con el 50 aniversario de la agrupación, pero que la pandemia -con un paréntesis de dos ediciones sin fiestas- la postergó. Porque un apunte: lo habitual es que las comparsas cristianas tengan embajada cada ocho años y las moras cada 10.
El boato, con el título de El sueño de Orihuela, comenzó con la unión entre los reinos, narrando la historia del rey Fernando III de Castilla. Hijo de Berenguela de Castilla y Alfonso IX de León, reunificó por herencia Castilla y León. A partir de ahí, Fernando quiso quitar poder a los musulmanes en la Península, y comenzó una reconquista que lo llevó a hacerse con los reinos de Córdoba, Sevilla y Jaén. Permaneció en Sevilla, desde donde envió a su hijo, el infante Alfonso, posteriormente rey Alfonso X El Sabio, a conquistar el reino de Murcia.
Así, trasladaron a los asistentes al año 1242, cuando Fernando III continúa ampliando las fronteras. Entre todas las ciudades del sur hay una que ocupa un lugar especial en sus pensamientos: Orihuela. Historia e imaginación se unieron en el desfile para hacer realidad su sueño de verla incorporada a sus dominios.
Las calles se impregnaron de granate y verde, los colores de la comparsa, con su bandera actual y la histórica de quienes están unidos a las fiestas de Moros y Cristianos desde sus inicios. Con el sonido de los tambores anunciando el avance de las tropas cristianas por la fértil vega del Segura.
Sin que faltaran los emblemas de Castilla y León, los reinos unificados dinásticamente por Fernando, con la lucha por la conquista de territorios, donde los hombres y mujeres del rey católico demostraron su valor en el combate. Espada contra espada, las tropas se imponen una y otra vez, y con cada victoria se amplían las fronteras del reino, sumándose al desfile las banderas de Córdoba, Jaén, Sevilla y Murcia junto con el Pendón de San Fernando, estandarte del rey que hizo posible la unión de aquellos territorios bajo una misma corona.
Las filas
Con el camino hacia Orihuela cada vez más cerca, la primera de las filas fue capitaneada por la Abanderada Mayor, Pilar Gálvez Pujol, que creó su propia fila de escolta compuesta por personas cercanas a ella. La acompañó también la Abanderada Infantil, Claudia Cristina Sánchez Nicolau.
Le siguió la fila Reconquista Lobera, que lleva por nombre el de la legendaria espada Lobera, símbolo de valentía y justicia e inseparable compañera del monarca Fernando III. Tanto esta fila como la de Caballeras de La Lobera tienen su origen en la Lobera, una de las filas femeninas más antiguas de la comparsa que se dividió hace unos años ante la gran cantidad de mujeres dispuestas a participar.
Detrás, salieron dos filas invitadas, una femenina y otra masculina, compuestas por miembros de otras comparsas, como muestra de la amistad y convivencia que reina entre las distintas agrupaciones festeras, enriqueciendo cada año a la Fiesta y fortaleciendo los lazos entre los festeros.
Siguiendo con la convivencia, llegó la bandera de la Embajada con los nombres bordados de todos los embajadores de Caballeros del Rey Fernando, incluyendo el de Aparicio. Los tambores volvieron a sonar con un eco que llegó hasta las murallas, pero en un territorio, en el siglo XIII, donde judíos, musulmanes y cristianos convivían en una tierra fértil descrita por el geógrafo andalusí Al-Idrisi como una ciudad que «está rodeada de jardines y huertos, juntos unos a otros, que producen frutos en cantidad prodigiosa».
Las tres culturas estuvieron representadas por el ballet The Dance Studio by Óskar Alcocer.
Una vez más, la convivencia se reflejó en la fila compuesta por todas las comparsas moras, que desfilaron con sus trajes de media gala, mientras que debutó la fila mixta Berenguela, en homenaje a la reina Berenguela, madre de Fernando III y figura fundamental en la unión de Castilla y León.
La veterana fila Rey Fernando desfiló por primera vez como fila mixta capitaneada por una mujer, al igual que Guerreras, hasta ahora femenina, pasó este año también a ser mixta, cerrando el bloque Herederos, simbolizando la continuidad del legado de Fernando III y el futuro de la comparsa, para dar paso al sueño de Orihuela.
Un sueño
Fernando III nunca pudo entrar en la ciudad, pero antes de morir quiso que aquella tierra formara parte de sus dominios. Desde Sevilla encomendó a su hijo Alfonso culminar la empresa. La comparsa recreó cómo habría sido, de haberse producido, esa entrada del Rey Santo.
Con varios cañones, uno de ellos el denominado Fernandito, que hasta hace unos años participaba en la Guerrilla Única de Pólvora, el fuego sumió a los presentes en lo soñado a cargo de Sukayma, un espectáculo de Pyros Espectáculos que por primera vez se pudo ver en Orihuela. Con el espectacular dragón se abrieron las puertas de la imaginación, conduciendo al ejército cristiano hacia la ciudad.
Tuvo un protagonismo especial la fila El 91. Fundada en 1991, cumple 35 años, y es en la que desde hace algunos años desfila el embajador. En ella se pudo ver, entre otros, al presidente de la comparsa, Salvador Álvarez, y al vicepresidente de la Asociación de Fiestas Santas Justa y Rufina, Juan Francisco Martínez Martínez.
Tras ella, llegó la carroza de los cargos de la comparsa, con el Socio de Honor, José Manuel Ruiz; el Capitán Cristiano, Dante Rubio, y las favoritas y hermanas de Aparicio, Mari Carmen y Paqui, representando el compromiso, el esfuerzo y la ilusión de todo un año de trabajo.
Fue el momento en el que la espada Lobera se transformó en mujer, dejando de simbolizar la guerra. El Ballet Ópera, de Ontinyent, representó el paso de la fuerza belleza y cómo el sueño vence a la batalla.
El embajador
Después apareció en escena la bandera heráldica del embajador, diseñada por Pablo Cuadrado, comparsista de Moros Almohábenos, en la que aparecen los apellidos de la familia Aparicio Nortes sobre el águila bicéfala del escudo de la comparsa, coronados por el Sagrado Corazón de Jesús, en homenaje al barrio del que procede.
Detrás, la fila Escolta del embajador anunciaba que el momento culminante estaba cada vez más cerca, y hombres y mujeres ya no desfilaron en fila, sino en batallón, cerrando la Asociación Músico Cultural Orcelis, distinguida como Socio de Honor de la asociación festera antes del momento más esperado: la entrada del embajador portando la espada y el escudo del primer embajador cristiano de Orihuela, Cayetano González, símbolos de la historia y la continuidad de esta comparsa.
Lo acompañaron en la carroza, por primera vez en la historia de la Fiesta, dos hombres, los embajadores que le han precedido en el cargo y con quienes ha convivido estos años como comparsista, Francisco Javier Ruiz Bas (2008) y Antonio José Rubio Grau (2016), con las espadas de los tres embajadores y el escudo que la comparsa ha regalado este año a Aparicio, con los símbolos de los reinos de Castilla y León.
Una noche macada por Orcélita, la marcha con la que desfiló el embajador, compuesta para la ocasión por el compositor oriolano Javier Guil Grao, con un sonido característico que cambió el ritmo habitual de las marchas cristianas añadiendo una corchea. El itinerario estuvo acompañado por la Banda Sinfónica de Crevillent y las bandas de música Planeta Azul de Aspe y Santa Cruz de Abanilla.
Un recorrido por la historia y la imaginación. Fernando III nunca caminó por las calles de Orihuela, pero los Caballeros del Rey Fernando hicieron su sueño realidad.
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