Hay edificios que no son más que paredes sin memoria, construcciones vulgares donde transcurren vidas intrascendentes. Y hay otros, en cambio, que parecen tocados por una fuerza magnética inexplicable, como si el destino mismo los hubiera elegido para ser escenario de lo extraordinario. En Ciudad Jardín, justo donde se cruzan el Paseo de Madrid y la calle Domingo Rivero, se alza uno de esos lugares excepcionales: un chalé de dos plantas coronado por un torreón de tejado a cuatro aguas que, contra toda lógica, ha sido testigo de vidas tan dispares y fascinantes que su simple enumeración resulta inverosímil.
¿Cómo explicar que entre esas mismas paredes hayan resonado los pasos de un editor, un dictador y un magnate procedentes de tres países diferentes? Tal vez la respuesta no esté en el inmueble, sino en esa misteriosa facultad que tiene Canarias para convertirse, según convenga, en refugio, retiro o centro de negocios.
Todo comenzó en 1923, cuando Emilio Martínez Delgado, maestro de escuela llegado desde Ciudad Real, encargó al arquitecto Rafael Massanet la construcción de lo que sería su hogar tras desposar a Catalina María del Rosario Robaina Ortega, natural de Valsequillo.
Maestro por vocación, se transformó en industrial de las Artes Gráficas por decisión. Fundó la librería High-Life en Triana, escribió y editó lo que muy probablemente sea el primer libro de recetas del archipiélago, La cocina canaria, rescatando del olvido sabores ancestrales, y creó el primer silabario de la isla, con el que varias generaciones de niños canarios aprendieron a leer.
Segunda vida como comisaría
Qué paradoja que este hombre, que construyó un hogar con tanto esmero, apenas llegara a disfrutarlo. Sus conexiones con el Gobernador Civil le llevaron a tomar una decisión tan práctica como simbólica: alquilarlo al Estado. Así, a finales de junio de 1938, el chalé se convirtió en comisaría de policía, acogiendo las dependencias trasladadas desde Las Alcaravaneras.
Durante años, el torreón fue testigo de interrogatorios y papeleo burocrático. Por allí desfilaron mensualmente, desde aquellos que combatieron por la República hasta quienes fueron acusados de simpatizar con ella.
Nadie habría imaginado entonces que, apenas dos décadas después, ese mismo edificio daría refugio a otro hombre perseguido por motivos políticos, aunque de muy distinta índole.
Tercera vida como hogar de un dictador exiliado
En mayo de 1957, Gustavo Rojas Pinilla, el presidente que había gobernado Colombia con mano férrea durante cuatro años tras un golpe de Estado, hubo de aceptar lo inevitable: partir al exilio. Único dictador colombiano del siglo XX, figura controvertida que combinó autoritarismo con una modernización casi frenética de su país, Rojas Pinilla abandonó Bogotá con su esposa y sus tres hijos rumbo a España.
Tres meses en Madrid le bastaron para comprender que necesitaba algo más parecido a su añorada patria si no quería acabar vencido por la nostalgia. Y persuadido por los numerosos libros de viaje que ensalzaban las bondades climáticas de Canarias, decidió mudarse al archipiélago.
Gracias a la mediación de Domingo Navarro Navarro -periodista grancanario admirador de Mussolini, Hitler y amigo personal de Franco- conoció en Madrid a Matías Vega Guerra, presidente del Cabildo, quien facilitó su traslado. Y así, el general que había dirigido un país entero vino a Las Palmas como un turista más, buscando la paz que el poder le había negado.
Nada más llegar sintió que Gran Canaria le recordaba vivamente a otra isla de su país, San Andrés, que había visitado cuatro años antes, convirtiéndose entonces en el primer presidente colombiano en pisarla. Y tras residir brevemente en un apartamento, pronto la familia se trasladó al chalé de Ciudad Jardín, y allí -en ese mismo espacio donde un maestro soñó con criar a sus hijos y donde la policía interrogaba a rojos y masones- el general Rojas Pinilla reconstruyó su vida.
Cada día, sin falta, bajaba a nadar a la playa. Cada tarde jugaba al ajedrez con un profesor universitario, a quien ganaba más veces que perdía. Recibía correspondencia de todo el mundo y visitantes ilustres, pero también paseaba en su amplio automóvil por la ciudad, comía en el restaurante La Casita y visitaba el Hotel Santa Catalina. Su presencia en la isla llegó a ser tan normal que incluso en la guía telefónica aparecía con humildad casi cómica: «Rojas Pinilla, Gustavo, ingeniero».
Chalé de Ciudad Jardín, donde se cruzan el Paseo de Madrid y la calle Domingo Rivero. / José Carlos Guerra
Durante los once meses que vivieron en Gran Canaria, toda la familia acudió repetidamente a Teror, donde su esposa, Carolina Correa Londoño -la primera mujer colombiana en obtener cédula de ciudadanía y poder votar en su país-, ofrendó a la Virgen del Pino sus numerosas joyas a cambio de un milagro: volver a Colombia.
Finalmente, la patrona de Canarias, o sus patronos colombianos, acabaron concediéndole su anhelado deseo. En octubre de 1958, Rojas Pinilla abandonó el chalé para regresar a su patria. Pero no volvió con las manos vacías: se llevó la nostalgia del clima, de las amistades forjadas en la isla y de sus visitas diarias a la playa.
El chalé, una vez más, quedaba vacío, esperando nuevos habitantes que lo reclamaran.
Cuarta vida para albergar a un magnate de la prensa
Pero en 1960, apenas dos años después de la partida del espadón colombiano, el chalé experimentó una metamorfosis más. Su nuevo propietario fue John Hunter Biddle, un magnate del mundo editorial y radiofónico estadounidense. Biddle había comenzado a visitar Gran Canaria desde 1957 -posiblemente cruzándose con Rojas Pinilla sin saberlo- y quedó tan prendado de la isla que decidió convertir el chalé en su refugio vacacional.
Durante dos décadas, el mismo espacio que había cobijado las penas de un dictador derrocado acogió las vacaciones de un hombre en la cúspide del éxito. Mr. Biddle -como popularmente se lo conocía- soñaba con establecerse definitivamente en Las Palmas tras su jubilación, pero la muerte lo sorprendió en 1977.
Sus hijos, ajenos a la fascinación de su padre por Gran Canaria, decidieron dejar de encadenar tres aviones cada vez que cruzaban el Atlántico, de ida o de vuelta, y la casa volvió a quedar vacía.
Quinta, sexta…, y las vidas que quedan
En 1986, la rueda del destino dio un nuevo giro. El empresario Pedro Martín Díaz compró la propiedad a uno de los hijos de Biddle. Y así, después de acoger a personajes de novela, el chalé cumplió por fin la función para la que había sido concebido: ser un hogar normal. Pedro Martín y su esposa criaron allí a sus hijos y vivieron las alegrías de lo cotidiano, pero cuando sus hijos se emanciparon, comprendieron que la casa se les había quedado grande y la vendieron a sus actuales propietarios.
Casi un siglo después de su construcción, el chalé de Ciudad Jardín sigue en pie, discreto en apariencia, pero monumental en su biografía. Su torreón vigila el cruce de dos calles como siempre lo ha hecho, impasible, guardando secretos que solo sus paredes conocen.
Quizá por eso, al pasar hoy frente al chalé de Ciudad Jardín, uno tiene la sensación de que no se trata solo de una casa, sino de un testigo silencioso de la historia. Bajo su aparente quietud late la suma de ambiciones, derrotas, esperanzas y rutinas que lo han habitado.
Allí donde un maestro quiso fundar un hogar, donde un régimen impuso su autoridad, donde un dictador aprendió la humildad del exilio y un magnate celebró el ocio del triunfo, persiste una misma lección silenciosa: las casas son archivos históricos. Y mientras el torreón siga recortándose contra el cielo, ese chalé continuará recordándonos que lo extraordinario no siempre irrumpe con estruendo; a veces simplemente habita, espera y se renueva, generación tras generación, entre ladrillos que han aprendido a guardar historias.
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