¿Cuál es su experiencia en el sector turístico?
He trabajado en el sector 20 años. Previamente estudié en la escuela de hostelería tres años y mi titulación fue regiduría de piso. Empecé de camarera de piso y fui avanzando en el sector hasta que llegué a subgobernanta. En los últimos cinco años que estuve en una empresa en específico en la que vi precariedad, abuso e, incluso, bullying. Mi último año allí fue un desastre total y eso es lo que reflejo en mi libro. También incluyo una parte técnica sobre cómo administrar los tiempos y el estrés y lo que yo aprendí, aunque muy poco se lleva a cabo porque es imposible por la carga laboral tan brutal que tenemos que soportar.
¿Qué situaciones vivió en la última empresa que le impulsaron a escribir el libro?
La precariedad fue muy fuerte. Yo tenía un horario fijo pero no entraba a las ocho, sino que me llamaban para entrar a las doce y así sucesivamente. El pago era fraccionado, entonces no cobraba mi sueldo como tenía que ser, sino que el día primero me daban 200 euros, el día diez 500 y así durante casi tres años. Tomé la decisión de denunciar y gané el juicio, porque eso es un delito. Ahora mismo estoy fuera de la hostelería y me estoy dedicando completamente a reinventarme y a hacer otras cosas.
¿Qué refleja en su libro?
Plasmo una precariedad que no conoce nadie, lo invisibles que son las camareras de piso y en cómo no se las valora, y se les trata como chachas. Esto ocurre sobre todo por parte del empresario, pero también del cliente. La camarera de piso presta un servicio dentro de la hostelería, en el departamento de pisos, pero no está en la casa del cliente. No se explica cuáles son sus funciones y no se tiene empatía hacia ellas.
Aunque trabajó, por último, de subgobernanta, escribe desde el punto de vista de una camarera de piso…
El libro está basado en mi experiencia, pero también en la de otras compañeras. Yo viví esas situaciones desde el puesto de camarera de piso porque en esa empresa faltaba personal. Redujeron el número de trabajadores en plena temporada, me faltaban tres chicas y un valet. Por lo que yo trabajaba como subgobernanta, como camarera de piso y también ayudaba en la lavandería. Hacía turnos de mañana, tarde y media mañana. Era un descontrol total. Todo lo que cuento lo he vivido, no son historias inventadas.
¿Cómo fue el trato que recibió por parte de los clientes?
No todos, pero la mayoría creen que somos chachas. Piensan que estamos para recoger sus cosas personales, su ropa interior o su basura. La camarera está para limpiar la habitación, baños, cambiar sábanas y toallas, no para ordenar pertenencias personales ni recoger latas de cerveza del suelo. A diario se lidia con este tipo de clientes y la carga física y mental es brutal. Además el empresario no protege a las trabajadoras ante estas situaciones. No hay sanciones para los clientes, todo se lo come la camarera de piso y se acabó. Calladita y sin protestar. Así funciona realmente.
Usted y sus compañeras han vivido experiencias muy desagradables por culpa de la actitud de este tipo de clientes…
Sí, en una ocasión entré a una de las habitaciones y el huésped tenía un hornillo. Eso no está permitido en los hoteles así que lo comenté en la recepción y le llamé la atención al señor. Le dije: «Lo siento, pero no lo puede usar. Tiene que dejarlo en recepción y cuando usted se vaya, se lo lleva». Entonces, por venganza, llenó todos los azulejos del baño de heces. Y la camarera de piso es la que luego tiene que hacer todo ese trabajo de limpieza que realmente no le pertenece porque eso no debe estar permitido. Pero lo que pasa es que para los empresarios no hay problema en que ocurran este tipo de situaciones.
¿Considera que no se las tiene en cuenta dentro de la empresa?
No. Son invisibles. No se les pregunta para nada, no se las tiene en cuenta en reuniones, salvo cuando baja la puntuación del departamento de pisos. No hay reuniones para explicar objetivos ni situaciones, solo se las llama cuando hay problemas.
El libro tiene una parte técnica sobre el control del tiempo y el estrés, ¿es fácil aplicar estas técnicas trabajando en la hostelería?
No, hay circunstancias por las que se vuelve imposible. Hay momentos en los que te dicen que una habitación que requiere más de una hora de trabajo tiene que hacerse en 30 minutos sin importar cómo la haya dejado el cliente. Estás constantemente a contrarreloj y si no terminas el trabajo, probablemente al día siguiente te vayas a la calle.
¿Cree que ha habido avances en la visibilización del trabajo de las camareras de piso?
Sí, la Unión Kelly ha hecho muchísimo. Están en todas las Islas y en Madrid. Han conseguido, por ejemplo, reducir la jornada a las mayores de 58 años en Mallorca y luchan por la jubilación anticipada. Esto es muy necesario, ya que si una camarera de piso se tiene que jubilar a los 67, no llega porque ya con 58 años muchas trabajan medicadas por problemas físicos y dolores de espalda, cintura, rodillas o muñecas.
¿Por qué decide escribir y publicar el libro?
Porque yo estoy fuera del sector. Sin faltar al respeto ni señalar a nadie, puedo contar lo que realmente pasa. Muchas compañeras se callan porque tienen miedo a que las echen a la calle. Yo decidí que ahora se iba a saber lo que pasa realmente. Salí con una ansiedad brutal después de luchar por mis derechos y sufrir acoso laboral por parte del empresario. Decidí aportar mi granito de arena a la lucha de las compañeras. Como no estoy en esa situación, puedo escribir sin miedo.
¿Ha recibido reacciones de compañeras de la profesión que hayan leído el libro?
Sí. Tengo compañeras que lo han comprado y hay reseñas en Amazon que dicen que refleja el día a día de las camareras de piso. También valoran la parte técnica, porque ayuda a las trabajadoras a organizarse mejor, aunque muchas veces no pueden aplicar esas técnicas por la carga brutal de trabajo.
¿Cómo afecta la llegada de un alto número de turistas a las trabajadoras?
Cuando llega el turismo de alto standing, la exigencia es brutal, pero no ponen más personal. Sigues con 25 habitaciones. Si ponen personal es solo unos días y luego lo quitan. Los contratos son temporales y la carga de trabajo es excesiva. Se vende excelencia, pero no se corresponde con las condiciones reales. Ya es hora de que el Gobierno reconozca que es un trabajo precario y peligroso, porque ha habido casos de camareras que han fallecido por exceso de carga laboral y casos de acoso por reivindicar derechos.
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