Las escritoras que observan el mundo desde sus fisuras suelen construir obras capaces de desafiar la linealidad del tiempo. Mireya Hernández (Madrid, 1981) pertenece a esa tradición que abraza la discontinuidad como método y la mezcla de géneros como una forma de libertad. Veo el mundo como una gran sinfonía (Pepitas de Calabaza, 2025) prolonga y afina ese gesto: un libro que no pretende ordenar el pasado, sino escuchar sus disonancias.
Desde Meteoro hasta Modos de caer, Hernández ha cultivado un territorio híbrido donde conviven la crónica, el ensayo, la prosa poética y la fabulación. Diría que su experiencia como traductora ha moldeado un oído literario atento al ritmo del pensamiento, a la música interna de las frases. Ese pulso, casi musical, es el que guía la arquitectura de su nueva obra.
Mireya Hernández recibió el Premio-beca literaria no ficción Bodegas Olarra & Café Bretón de Logroño 2024 por esta obra. / Laura Martínez Lombardía
El título procede de una carta de Čiurlionis, el compositor lituano que veía el mundo como una sinfonía interminable. Hernández recoge ese destello y lo convierte en brújula narrativa. No se trata de reconstruir los últimos dos siglos como un discurso ordenado, sino de recomponerlos en fragmentos; pequeñas escenas que funcionan como movimientos independientes dentro de un concierto mayor. La autora propone un mapa imposible y, a la vez, necesario: un espacio donde lo visible y lo invisible se tocan.
Vibraciones, gestos, ecos
Los personajes que emergen de estas páginas —dos prostitutas romanas, un soldado que regresa a casa con los dientes rotos, una reina conquistadora, Emily Dickinson refugiada en la penumbra de su cuarto, un zepelín suspendido sobre un destino incierto— parecen proceder de distintos universos. Sin embargo, todos comparten una misma vibración: la de las vidas que la Historia suele olvidar, la de los gestos que nunca llegan a los manuales pero que sostienen el relato colectivo. Hernández los convoca con una mezcla muy suya de asombro y humor, como si cada fragmento escondiera una invitación a mirar de nuevo lo que creíamos conocido.

‘Veo el mundo como una gran sinfonía’
Autora: Mireya Hernández
Editorial: Pepitas de Calabaza
208 páginas; 21,80 euros
La escritura funciona, en muchos momentos, como un revelado fotográfico. Las imágenes aparecen lentamente, se tensan, adquieren contorno. Lo invisible –esa música que queda bajo las palabras, esa historia que no entra en las cronologías oficiales– exige paciencia y sensibilidad. Hernández responde a ese reto con una prosa que no busca conclusiones, sino resonancias. Lo importante no es el cierre, sino el eco.
Complicidad
Veo el mundo como una gran sinfonía exige del lector cierta complicidad. No es un libro que se despliegue en una lectura apresurada; necesita margen, disposición, escucha. La recompensa llega en forma de conexiones inesperadas, de movimientos internos que revelan la madurez de una escritora consciente de sus herramientas y de sus obsesiones: la fragmentación como método, la historia mínima como brújula, la literatura como un espacio donde múltiples voces pueden convivir sin necesidad de resolverse.
Con este libro, Mireya Hernández consolida un proyecto literario que apuesta por abrir, no por clausurar. Su sinfonía –compuesta de voces, tiempos y destellos– demuestra que la escritura puede ser un instrumento capaz de acompañar la música secreta del mundo. Un mundo que, leído desde estos fragmentos, suena más nítido, más complejo, más nuestro.
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