Excelentísimo Canciller Supremo de la Galaxia Gran Nube de Magallanes, consumidas las etapas del viaje intergaláctico discurriendo por la soledad del cosmos, inspeccionando de planeta en planeta, superando infinidad de problemas en un universo de torbellinos y el bulbo galáctico central con estrellas antiguas moviéndose a altas velocidades y en todas las direcciones al compás de la gravedad, habiéndome servido los conocimientos sobre fuerzas de atracción y repulsión. Gracias a la dilatación del tiempo, según la relatividad, conseguí que la duración del viaje fuera menor. Atravesé en soledad la vacía vastedad, los cúmulos de estrellas, nebulosas, agujeros negros y aproveché eficientemente los agujeros de gusano para de ese modo acortar las distancias del espacio profundo venciendo la levedad y la pesadez, la inercia y la lentitud, la claridad y la opacidad.
Tras exhaustiva comprobación de las coordenadas del sistema de información geográfica para descubrir y categorizar, aterrizo en el planeta que vuecencia detalla en mi cuaderno de bitácora. Tras un bamboleo la nave chocó fuertemente en medio de un bosque de lo que aquí se conoce como palmeras. Mi cuerpo se convulsionó, y al abrir la portezuela la luz me obligó a cerrar los ojos. Experimenté intenso dolor al inhalar un aíre cargado de polución. Al abrir los ojos ante mí se mostró un aluvión de imágenes confusas: terrícolas de un lado para otro, ruido de motores… Al cabo pude tener una visión detallada de todo aquello.
Según los datos del dicho cuaderno de bitácora, por estas fechas debería hacer un clima casi invernal o, al menos, un tanto fresco. Faltaban semanas para lo que su excelencia conoció como «Navidades». Me vi inmerso en un ambiente febril de ajetreo y músicas estridentes, demostración festiva que incluye árboles luminosos, guirnaldas, coronas… Enorme derroche energético asociado a tales decoraciones.
Interestelar. / INFORMACIÓN
Contacté con un terrícola, e hice uso de mi habilidad para leer el pensamiento e interpretar y conversar a través de la mente. Me confió que se encontraba agotado, un punto enojado, apabullado por el estrés acústico y lumínico. Desencantado por la llegada de costumbres foráneas que solapaban las tradiciones locales y aquellos recuerdos, costumbres y canciones que tocaban la entraña. Porque desde octubre hasta la Navidad las ciudades se convierten en escenarios llenos de luz y color con la exhibición de millones de bombillas decorando calles y plazas con la correspondiente inversión de dinero y presupuestos para shows a cargo de los responsables, en una histérica carrera por ver quién es el primero en apostar por los espectáculos más deslumbrantes. Quién la tiene más larga, me dijo.
La conmemoración de los difuntos se solapa con Halloween, Black Friday… Y apenas se desmontan los tinglados ya se escuchan villancicos y ambientación impulsando las compras compulsivas. Se eleva a cotas indescriptibles el impacto ambiental en términos de contaminación lumínica, consumo energético y sostenibilidad. Hago saber a su excelencia que en ciertos países de Sudamérica las emisoras ya emiten música navideña desde septiembre.
El terrícola prosiguió. «Aquí prácticamente estamos llegando a lo mismo». Hay quien considera que debería adelantarse la Navidad por aquello de mantener la concordancia con el resto de acontecimientos del mundo.
Un «tic» acentuó la pesadumbre del humano: «Estamos abrumados por problemas de vivienda inaccesible, solares paupérrimos, mercado laboral en enfriamiento, redes sociales colonizando la percepción del mundo. Los hay para quien la Navidad es un momento de unión y amor, donde compartir en familia, fortalecer la salud mental y el bienestar emocional. Momentos en los que en este mundo acelerado y a punto del desquiciamiento nos permite mantener y valorar lo esencial reconectando con quienes amamos. Añorando a los chiquillos semillando con su alegría risas y canciones enterneciendo con su ilusión e inocencia… En estos tiempos prevalece la combinación de estrategias de marketing y cambios en los hábitos de consumo para que los comerciantes adelanten las ventas y los consumidores se anticipen a posibles aumentos».
Deduje, excelencia, que tal vez sea todo para combinar la Navidad y su tradición con esos elementos de consumo y marketing y de este modo incluir a más gente y hacerla accesible a nivel cultural. El terrícola me hizo saber que todo se desarrolla en un agitado caos. Por donde se mire aparecen árboles navideños, figuras de Papá Noel, expositores rebosantes de dulces… Y por supuesto del todo imposible evadirse de las taladrantes canciones de una tal Mariah Carey con su All I Want for Christmas, y un burro que desde tiempo inmemorial va camino de Belén y ya debe estar a punto de reventar por agotamiento extremo. Música estridente que provoca estrés y llega a ser perjudicial para la salud a causa del volumen y repetición constante.
Dejo al terrícola. Me cruzo con un bichejo que en el antiguo México se conocía por guajalote, en lengua huacholot monstruo grande, y que aquí llaman «pavo». El pavo caminaba torpemente salmodiando la tonada: «El pavo por Navidad y el conejo por San Juan». El avicultor que lo pastoreaba estaba a punto de venderlo. El pavo me habló, y traduje por su guglutear y serena resignación que su misión estaba destinada a morir y ser trinchado en una concurrida cena cumpliendo así el rito de rigor en la Navidad. Ahora se veía amenazado por otro evento en el que igualmente sería el protagonista. Los tristones ojos del atribulado pavo derramaron amargas lágrimas a moco tendido, literalmente.
Otro terrícola lamentaba que «tenían que sentirse felices», y no lo estaban, pues les preocupaba la subida de precio, por el trabajo o por el reencuentro de familiares que no desean ver… El agotamiento les lleva a exacerbar sensaciones de soledad, añoranza de los seres queridos, pasión porque todo alcance la perfección, la «obligatoriedad de sentir felicidad.
Hago saber a su excelencia que a estos terrícolas se les llama «Grinch», personaje que odia la Navidad y por tanto a la gente que la habita porque son ruidosos. Expresan amargura o resentimiento hacia la fiesta, las luces y la música nostálgica que llegan a agradar en principio pero por la exposición constante terminan por detestarla.
Estos fastos servían para que la paz y amistad lo llenaran todo. Arrancaban cuando unos niños voceaban números. Que se compartía el amor, la paz y la solidaridad enfocándose casi todo en la unión familiar y el crecimiento espiritual por encima del materialismo. Muchísima gente siente el nacimiento de Jesucristo y la encarnación de Dios en el mundo. Para otros muchos, un espacio temporal para el fortalecimiento de los lazos familiares y el compartir momentos de calidad juntos, crear recuerdos y transmitir valores…
Tuki tuki tuki ta… Otra vez la taladrante tonada hurgando en mis circuitos. Me invaden las ansias de retornar a nuestra galaxia, pero decido permanecer hasta la Navidad por si puedo compartir esa entrañable historia en la que el nacimiento de un Niño cambia el mundo y a la gente.
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