Yecla vuelve a temblar este diciembre. No es que haya habido un terremoto, sino por el estruendo inconfundible de las escuadras de arcabuceros que anuncian uno de los momentos más intensos —y más queridos— del año: la Bajada de la Virgen desde el Santuario del Castillo.
Desde primera hora, el humo de la pólvora dibuja nubes blancas sobre la ciudad mientras las escuadras avanzaban entre aplausos, miradas emocionadas, tapones para los oídos y, a los que la edad les ha privado de este sentido, una bajada al volumen del audífono. Algún que otro visitante, que se sorprende por los fogonazos del arcabuz, preguntando si eso entra dentro de lo normal. En Yecla sí. Muy normal, y muy esperado y, aunque los yeclanos estén acostumbrados, algún respingo se disimula.
Mayordomos, pajes y arcabuceros van acompañando a la imagen de la Inmaculada Concepción en un recorrido que combina devoción, tradición, pasión y pólvora, que se repite desde hace siglos. Cada disparo clama por la patrona en estas fiestas, declaradas de Interés Turístico Internacional y Bien de Interés Cultural, marcadas por los disparos de arcabuces, el olor a pólvora y el fervor a su patrona, que finalizará su bajada este mediodía en la Basílica.












