Jacobo Siruela: «Hay que tener una fe gigantesca para creer que tras la vida no hay nada»

Amanece en Airhón, residencia en la Tierra de Jacobo Siruela e Inka Martí, que han hecho de esta dehesa otrora asfixiada un paraíso de la biodiversidad. Salamanca. Hay que acercarse con respeto, entre hatos de vacas veloces y apariencia mitológica y bosques de encinas, hasta alcanzar en lo alto este templo de arquitectura «transmoderna, simbólica», que el editor ha diseñado sin una concesión al adorno, en busca del misterio que nunca nos será revelado en vida. Una estructura basada en el cuadrado (tierra, materia) y el círculo (cielo, espíritu) que dan forma a inmensos ventanales y cuatro fachadas numéricas: el sur es el uno (unidad y principio); el este, el dos, dualidad, lo femenino, y el oeste se consagra al tres, plano donde la dualidad se vuelve a unificar, lo masculino. Mirando al norte, el cuatro simboliza la multiplicidad de los elementos. Símbolos ancestrales como el tetraktys recorren pintados los muros, y un solo elemento contemporáneo que Jacobo considera la obra de arte finisecular: los crop circles, formas geométricas que aparecieron en los campos de cultivo británicos a finales del XX, que nadie ha sabido cómo ni quién los trazó en lo oscuro de la noche. Una casa que se lee como un jeroglífico y se rodea de su jardín personal: piedras donde el liquen ha ennegrecido dibujando el pelaje de vacas y rosas que él mismo dispone y mima.

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