En sus inicios, ‘True blood’ fue aplaudida por su desvergüenza. Después de ‘American beauty’ y ‘A dos metros bajo tierra’, Alan Ball seguía satirizando a la sociedad estadounidense y sus peores arneses ideológicos, pero esta vez a través de la pura fantasía, lo que le permitía ser aún más libre, delirante, no atender a ninguna frontera. Lo que en la saga de Fisher e hijos eran escenas oníricas aquí podía ser tan solo el día a día.
El título de la serie hacía referencia a Tru Blood, una marca japonesa de sangre sintética que en el mundo de la serie ha permitido a los vampiros salir de su refugio y codearse con la gente (más o menos) normal. Los aparecidos quieren formar parte del ‘mainstream’, pero han de luchar contra la suspicacia. Algunos humanos, en cualquier caso, los defienden, como la camarera veinteañera Sookie Stackhouse (Anna Paquin), que por sus poderes telepáticos sabe lo que significa ser una paria de la sociedad. Se acerca, sobre todo, a uno de ellos: Bill (Stephen Moyer), Adonis de 173 años al que no puede leer el pensamiento.
Llegaron después las escenas de sexo ‘camp’ y las orgías de violencia, un dios-vampiro vikingo con el rostro de Alexander Skarsgård, un cruce gozosamente excesivo de acción vampírica, ‘thriller’ rural, tragedia romántica y comedia negra, todo ello abierto por unos seductores títulos de crédito que valieron una nominación al Emmy en 2009 al estudio Plains Of Yonder. Con ‘True blood’ casi más que con ninguna otra serie, la intro no se salta.
Por desgracia, el interés (o la capacidad para divertir, para epatar) de este híbrido genérico cayó en picado a partir de la cuarta temporada, sin otro gancho que el triángulo amoroso formado por Sookie, Bill y El Vikingo. La sexta tenía a Rutger Hauer como príncipe hada, pero ni así funcionaba. Para la séptima y última temporada, ‘True blood’ había quedado irreconocible, tan cansada como cansina, sobre todo en un episodio final sin sangre alguna.
Generosidad relativa
‘Gracias’ es la entrega más voluntariosamente triste de la serie. Bill ha decidido no buscar una cura para su infección de hepatitis V. Tampoco quiere prolongar la enfermedad. Prefiere morir, lo que liberaría a Sookie de su influencia y le dejaría tener las cosas que, según la visión de esta recta final de la serie, todo el mundo quiere: un buen marido, hijos, etcétera. «Si siguiéramos juntos, te quitaría las mejores partes de la vida», sostiene Bill. Parece un acto de generosidad, pero el gesto tiene truco: quiere que sea la propia Sookie quien le mate haciendo uso de su bola de luz y perdiendo por el camino, así, sus poderes de hada, lo que la haría menos vulnerable a posibles amenazas sobrenaturales
Inteligentemente, Sookie decidió retener sus poderes y ayudar a morir a Bill a la vieja usanza, con una estaca en el corazón; fue él quien ejerció la fuerza definitiva. Había una explosión ‘gore’ adorable y, ahora sí, por fin, la serie era lo que fue, solo por un breve, demasiado breve momento.
Conservador al límite
Algunos fans consideraron la decisión de Bill bastante problemática. Le podría haber pedido a otra persona ese delicado favor, en lugar de una Sookie a la que, de este modo, no libera, sino que traumatiza de por vida, aunque un ‘flash forward’ nos la muestre feliz, embarazada y rodeada de los suyos en una cena de Acción de Gracias de tres años después. «¿Y por qué no simplemente rompes conmigo?», le había preguntado ella al principio, con toda lógica del mundo. «Porque no puedo», contestaba él. «Porque te quiero demasiado». Banderas rojas, ‘love bombing’, toxicidad por las nubes.
Además de a los dilemas de Sookie, en el capítulo final se dedicaba mucha atención a Jess (Deborah Ann Woll), progenie de Bill, y su improvisada boda con el mecánico Hoyt (Jim Parrack), pero se dejaba bastante a un lado a personajes exuberantes y necesarios como Eric Northman y su progenie Pam (Kristin Bauer). La defensa cursi de la vida familiar y/o el matrimonio sorprendía en una serie que antes parecía haber celebrado a los marginados, los rebeldes y a aquellos que, como Sookie, se dejaron llevar por sus pasiones a lugares oscuros.
Desde luego, ‘Gracias’ no es exactamente un final a la altura del ideado por Ball para ‘A seis metros bajo tierra’, uno que nunca podremos comentar en este coleccionable: a todo el mundo le gusta y le hace llorar con sentido y sensibilidad.
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