Hace ya cuatro o cinco años, mi marido y yo viajamos a Suiza. Cada año intentamos hacer una escapada los dos solos, sin niños. Una excusa perfecta para viajar, conocer lugares nuevos y, de paso, dedicarnos ese tiempo que la rutina no siempre nos permite. La elección de Suiza no fue casual. Tenemos la suerte de contar con familia viviendo allí desde hace años y llevaban tiempo insistiendo en que fuéramos a conocer cómo y dónde vivían.
Recuerdo perfectamente cuando me levanté el primer día y miré por la ventana y me encontré una nevada espectacular. Pero hubo algo que llamó todavía más mi atención: niños de cuatro o cinco años caminando solos hacia el colegio. Mientras los observaba, me fijé en otro detalle. En determinados puntos del recorrido había adultos con chalecos reflectantes que ayudaban a los pequeños a cruzar y a llegar al colegio con seguridad.
Nos explicaron que por lo general, aquellas personas se encontraban temporalmente sin trabajo y colaboraban en tareas de utilidad para la comunidad. Chapeau! Más allá de que aquello fuera una práctica concreta y no una obligación general para cualquier desempleado suizo, lo que realmente me llamó la atención fue la filosofía que percibí detrás. Hablando con nuestra familia y con personas que vivían allí, la sensación era que el desempleo se entendía como una situación transitoria. Algo de lo que había que intentar salir cuanto antes. Mantenerse activo, seguir formándose y volver al mercado laboral formaba parte de una cultura en la que estar ocupado y aportar a la sociedad parecían tener un enorme valor.
Pero hubo más. En el ámbito laboral descubrí dos cosas que me sorprendieron especialmente. La primera, la flexibilidad del trabajador. Conocimos casos en los que las empresas adaptaban jornadas y porcentajes de dedicación a las circunstancias personales y familiares de sus trabajadores. La segunda me resultó todavía más interesante: la posibilidad de seguir creciendo dentro de una empresa a medida que se adquieren nuevas competencias.
Formarse. Especializarse. Acreditar nuevos conocimientos. Asumir nuevas responsabilidades. Y, con ello, seguir avanzando profesional y económicamente. La idea me pareció de diez: básicamente, porque tu carrera profesional no tiene por qué quedar determinada para siempre por lo que decidiste estudiar con 18 o 20 años. Tu punto de partida importa. Pero tu evolución, tu esfuerzo y tu ambición también deberían hacerlo.
Y fue entonces cuando empecé a preguntarme si todo aquello era simplemente una cuestión cultural o si había algo más detrás. Si esa manera de entender el trabajo, la responsabilidad individual y el compromiso con la comunidad tenía también alguna relación con la forma en la que estaba organizado el país y se tomaban las decisiones. Porque cuando empiezas a encontrar pequeñas diferencias que funcionan en ámbitos tan distintos, inevitablemente quieres saber qué hay detrás de ellas.
Y ahí surgió la pregunta: ¿Cómo funciona políticamente este país? Y entonces empecé a entenderlo todo. El sistema político suizo es bastante diferente al español. Una de sus claves es que el poder está muy repartido y que los ciudadanos tienen mecanismos para participar directamente en determinadas decisiones, más allá de elegir a sus representantes.
Suiza no tiene un presidente del Gobierno como España. Su Ejecutivo es un Consejo Federal formado por siete miembros con el mismo rango. Cada uno dirige un departamento —el equivalente a nuestros ministerios— y las decisiones se adoptan de manera colegiada. Existe un presidente de la Confederación, pero su papel tampoco es comparable al del presidente del Gobierno español. El cargo rota cada año entre los siete consejeros y quien lo ocupa no adquiere un poder político superior al de los otros seis. Pero hay algo todavía más interesante…
Los miembros del Consejo Federal proceden de diferentes partidos políticos. Es decir, el propio sistema coloca alrededor de una misma mesa a personas que piensan diferente y les obliga a hacer algo que parece cada vez más difícil en nuestra política: ENTENDERSE. Hablar. Negociar. Ceder. Llegar a acuerdos. Eso no significa que en Suiza no exista enfrentamiento político. Existe. Tampoco que todos estén de acuerdo. No lo están.
La diferencia es que sus instituciones generan una fuerte presión hacia el compromiso. Y después están los ciudadanos. En España elegimos a nuestros representantes y son fundamentalmente ellos quienes elaboran y aprueban las leyes. En Suiza, además de elegirlos, los ciudadanos disponen de importantes instrumentos de democracia. Si el Parlamento aprueba determinadas leyes federales, 50.000 ciudadanos pueden solicitar, reuniendo las firmas en 100 días, que la decisión sea sometida a referéndum.
Pero ¡ojo!, también pueden recorrer el camino contrario: impulsar una modificación de la Constitución mediante una iniciativa popular. Para ello necesitan reunir 100.000 firmas en 18 meses. Es decir, los ciudadanos pueden cuestionar determinadas decisiones de sus representantes, pero también colocar sus propias propuestas sobre la mesa. Y eso cambia considerablemente la relación entre políticos y ciudadanos. Pongamos un ejemplo al azar…: la vivienda
Imaginemos que Suiza quisiera aprobar una gran reforma para afrontar el problema de la vivienda. El Gobierno prepararía una propuesta. En los proyectos legislativos de gran importante existe además un sistema de consulta que permite conocer las posiciones de cantones (una mezcla entre una comunidad autónoma y un pequeño Estado), partidos y organizaciones afectadas.
Después llegaría el Parlamento. El Consejo Nacional, que representa a la población, y el Consejo de los Estados, que representa a los cantones, tendrían que debatirla y ponerse de acuerdo. En definitiva, habría negociación. Habría modificaciones. Habría cesiones. Pero finalmente podría aprobarse una ley. Pero incluso entonces la historia podría no haber terminado. Si se cumplen los requisitos para activar un referéndum, los ciudadanos pueden acabar teniendo la última palabra en las urnas.
No sé si una determinada ley de vivienda sería aprobada o rechazada en Suiza, pero lo que realmente me interesa es el camino que habría tenido que recorrer para llegar hasta allí, porque obliga a hablar, a escuchar, a negociar, y , sobre todo, a asumir que quien piensa diferente no tiene por qué ser un enemigo al que derrotar, sino alguien con quien probablemente vas a tener que llegar a algún tipo de acuerdo.
Es entonces cuando no puedo evitar mirar hacia España. ¿Se imaginan un país en el que cuestiones fundamentales como la educación, la sanidad, la vivienda, la energía o el empleo no cambiaran de rumbo cada vez que cambia una mayoría política?
¿Se imaginan que fuéramos capaces de alcanzar grandes acuerdos sobre determinados asuntos y protegerlos de la batalla política cotidiana? ¿Se imaginan una política en la que ceder no se interpretara automáticamente como perder? Quizá no se trata de copiar a Suiza. Ni siquiera de pensar que su sistema es perfecto. Se trata de mirar fuera de vez en cuando y preguntarnos si podemos aprender algo.
Porque hemos dedicado demasiado tiempo a discutir quién debe gobernar y quizá demasiado poco a preguntarnos cómo queremos ser gobernados. Y porque hay problemas demasiado importantes como para dividirlos permanentemente entre «los nuestros» y «los otros». No necesitamos pensar todos igual. Ni siquiera necesitamos estar de acuerdo. Necesitamos un sistema que nos obligue a intentarlo.
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