Ese viejo mundo que se empeña en no mostrarse nunca más a través del cristal de la ventana. Ese viejo mundo ya extinguido que una gran porción de población continúa hoy añorando. Ese viejo mundo amable, bullicioso y fresco en su conversación, enternecedor en sus encuentros vecinales. «Buenos días, Mariano», y a este saludo sucedía un minucioso parte informativo, alzamiento, gloria y caída de un miembro familiar excesivamente longevo, descripción detallada y conmovedora de sus postreros suspiros. Ese viejo mundo emborronado hoy en el lienzo apergaminado de la memoria.
Con los años, uno engorda el pesimismo y lo vuelve paulatinamente más agrio, y se alimenta con exageración la morriña: colmadas cucharadas de nostalgia, enredados argumentos con que magnificar el pasado, caprichosas justificaciones con que defendemos porfiadamente aquel viejo mundo apacible. Pero es una soslayada e interesada remembranza la que se empecina en descubrirnos únicamente ese flanco apacible e idílico del tiempo ya consumido, ese rinconcito dulce de los días perdidos, guardándose muy bien de ocultar las heridas, cuidando mucho de no desenterrar aquellos amargos defectos, aquellos odios, aquellas penurias, el hambre, la intemperie, la incertidumbre, esos ángulos incómodos de la historia que consigo arrastran todas las épocas complejas del ser humano. La memoria, tramposa siempre, adorna con trapos remendados la sonrosada desnudez de nuestras antiguas vergüenzas. Pareciera que ayer no hubo guerras, ni envidias, ni codicia, ni traición, ni crímenes atroces.
Todo despreciamos ahora de la realidad circundante, de la tumultuosa y amenazadora modernidad. Todo juzgamos hoy con severo prejuicio, con esquiva mirada, con erguida y orgullosa desaprobación. Qué no daríamos por abrazar otra vez la más completa ignorancia. Todo suspende a nuestros ojos en ese cruel examen de la conciencia. Ayer, nos decimos, el cielo era más azul, los bosques más verdes y frondosos, los abrazos eran más cálidos. Las promesas, ciertas, con garantías. Los sueños se cumplían, el amor nos cobijaba. La luna velaba nuestros tímidos pasos, evitándonos tropezar. Ayer, nos mentimos, todos los niños tenían pan.
Ese viejo mundo que se empeña en no aletear nunca más, ave singular del paraíso, en los jardines extraviados de la lejana juventud. Ese viejo mundo ya extinguido que una inmensa porción de nuestro espíritu continúa hoy evocando. Ese viejo mundo afectuoso, benévolo y radiante, enternecedor en los márgenes húmedos de su caudal. «Buenos días, Begoña», y a este saludo sucedía un arrebatador intercambio de miradas, de cándidas insinuaciones, de mudos gemidos. Ese viejo mundo de manteles limpios, de fragancias adormecedoras, de cortinas blancas que agitaba la brisa tibia de primavera, emborronado hoy, mundo fugaz, en el lienzo apergaminado de la memoria agonizante. Viejo mundo hoy tan añorado, viejo mundo que se obstina en no regresar, en no querer colorear de nuevo los mansos atardeceres. Viejo mundo transfigurado dolorosamente en mundo viejo, en paisaje caduco, desfalleciente. Viejo mundo, todavía inspirador, aferrado triste y penosamente al débil latido de algunos corazones tercos.
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