Tras ser captada con 17 años, Amelia Tiganus fue explotada sexualmente en más de 40 prostíbulos de toda España hasta cumplir los 23. Después de conseguir sobrevivir a la violencia que forma parte de la realidad de más de 114.000 mujeres en España, según un macroestudio llevado a cabo por el Ministerio de Igualdad en el año 2024, la natural de Rumanía ha encauzado su vida a la escritura y el activismo feminista a favor de la abolición de la prostitución. Frente a la expansión del proxenetismo digital y el adiestramiento temprano en la cosificación de las mujeres, Tiganus apela a la conciencia social para frenar un sistema que mercantiliza a las mujeres vulnerables. «Los prostíbulos son campos de concentración de mujeres empobrecidas», afirma la escritora en base a su experiencia vivida.
Tiganus cerró el primer capítulo de las Jornadas de Sensibilización contra la Trata con Fines de Explotación sexual, que comenzaron este miércoles y concluirán el jueves. Su ponencia, La revolución de la ternura: sexualidad saludable frente al sistema prostitucional, advierte que la industria del sexo, surgida a consecuencia del capitalismo neoliberal, ha ido un paso más allá a través de la digitalización: ya no se trata únicamente «mercantilizar el cuerpo, sino de vender la propia intimidad y el ser».
Si cuatro de cada diez hombres de este país reconoce pagar por penetrar a una mujer que no lo desea sexualmente, si puede ser mi padre, mi marido o incluso mi hijo, ¿cómo podemos construir la igualdad, la dignidad y la justicia social con hombres así?
En este contexto, el mercado formatea las mentes de los jóvenes para hacerles entender la sexualidad como un mero bien de consumo y a las mujeres como instrumentos. Al erotizarse la violencia física y simbólica, así como la deshumanización, se elimina la empatía y se reduce el encuentro sexual «a una simple descarga». Frente a esta despersonalización, Tiganus plantea «la revolución de la ternura»: lejos de ser un concepto ingenuo, concibe la concibe como una herramienta política para recuperar la condición humana, un elemento transformador de la forma en que nos miramos: «Dejar de ver a las personas como objetos de consumo desechables y reconocerlas como seres plenos con deseos, necesidades e historia», argumenta la activista.
Uno de los pilares de esta reflexión es romper la falsa dicotomía entre ternura y placer. En la «cultura pornificada» actual, en la que se asocia la pasión al dominio y la agresividad, Tiganus defiende que la ternura no resta intensidad ni disfrute, sino que es la condición imprescindible para vivir una sexualidad placentera, sana e igualitaria. Así, se debe trascender el individualismo «del neoliberalismo salvaje» de la sociedad: la escritora insiste en que no basta con denunciar el horror, sino que la sociedad debe definir qué modelos de convivencia quiere construir, a través de la confección de redes comunitarias donde la escucha, la ética y los cuidados mutuos ocupen el lugar central: «Se nos puede pasar la vida denunciando cuestiones atroces, pero lo que propongo en mi charla es qué mundo queremos construir», expone.
Nunca he escuchado a un adulto decir ‘si no vale para estudiar, que se meta a puta’, pero sí que he llegado a escuchar decir: ‘bueno, si no vale para estudiar, que se abra un OnlyFans’. Hemos llegado a la banalización absoluta.
Ella defiende que el mercado de la explotación sexual ha transformado su lenguaje mediante eufemismos para camuflar la violencia. A través de nuevos conceptos como «creadoras de contenido» o «suscriptores», la industria maquilla en plataformas como OnlyFans la conversión de los cuerpos en objetos de consumo, recubriendo la mercantilización digital de una capa de exclusividad y modernidad. Así, la activista sostiene que «ya no hablan de prostitutas», sino que al pasar a llamarlas «creadoras de contenido», se dota «de un cierto glamour a esa cosificación, deshumanización y despersonalización».
Así, lejos de representar un espacio de emancipación, Tiganus define OnlyFans como una bisagra entre la pornografía y la prostitución, funcionando como un espacio de consumo personalizado «que entrena a los usuarios en el dominio sobre las mujeres» y que es aprovechado por las redes de explotación para la captación inicial. «Los propios proxenetas hacen uso de estas plataformas para captar y para explotar sexualmente. Primero, digitalmente, pero luego pueden acabar en la prostitución tradicional», asevera.
La explotación de la sexualidad femenina para conseguir rédito económico ya no se reduce a páginas web especializadas. La escritora señala que los códigos y estéticas porno han impregnado toda la cultura de masas, llegando a videoclips, la música o redes sociales como TikTok o Instagram. Esta hiperpresencia deriva en una banalización social tan profunda que los propios adultos han naturalizado el fenómeno: «Nunca he escuchado a un adulto decir ‘si no vale para estudiar, que se meta a puta’, pero sí que he llegado a escuchar decir: ‘bueno, si no vale para estudiar, que se abra un OnlyFans‘. Hemos llegado a la banalización absoluta».
Siempre se pregunta a las mujeres qué les ha pasado, por qué han dicho que sí… pero se invisibiliza a los grandes actores, como es el propio Estado, que permite en primer lugar, por activa o por pasiva, que esto ocurra.
En etapas como la adolescencia, donde la búsqueda de identidad y pertenencia al grupo son esenciales, esta nueva cultura digital ataca la autoestima de los jóvenes, educándoles, en el caso de las niñas, en la creencia de que su valía personal depende únicamente de la exhibición de su cuerpo e intimidad, convirtiéndolas en presas fáciles para la explotación. En el caso de los hombres, el consumo temprano de pornografía actúa «como un formateador de la mente masculina», adiestrando a los adolescentes en una sexualidad reducida a una mera descarga física y al consumo de cuerpos.
Para Tiganus, es necesario cambiar el foco mediático y desplazar la culpa de las víctimas hacia el sistema y el resto de actores invisibilizados. La atención mediática, académica y social recae de forma casi exclusiva sobre las mujeres prostituidas, cuestionando sus decisiones o indagando su vulnerabilidad. Frente a esto, exige dar un giro de 180 grados para invisibilizar el morbo y señalar directamente a las estructuras de poder que permiten, sostienen y ejecutan la explotación.
«Siempre se pregunta a las mujeres qué les ha pasado, por qué han dicho que sí… pero se invisibiliza a los grandes actores, como es el propio Estado, que permite en primer lugar, por activa o por pasiva, que esto ocurra». En España, la mayoría de proxenetas son autóctonos, y los define como los «dueños de la prostitución» a los que hay que perseguir. Además, señala directamente «a los puteros, que son el brazo ejecutor que, además de financiar la actividad, dañan profundamente la salud integral de las mujeres con sus prácticas y su consumo».
De esta manera, anima a la sociedad a tomar conciencia del impacto colectivo que genera la normalización de la compra de sexo: «Si cuatro de cada diez hombres de este país reconoce pagar por penetrar a una mujer que no lo desea sexualmente, si puede ser mi padre, mi marido o incluso mi hijo, ¿cómo podemos construir la igualdad, la dignidad y la justicia social con hombres así? Es imposible», concluye.
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