pero no voy a esconder que soy judío

El pasado Yom Kippur me dispararon mientras intentaba proteger las puertas de la sinagoga Heaton Park, en Manchester, durante un atentado terrorista antisemita. Resulté gravemente herido, pasé siete horas en cirugía y estuve hospitalizado durante diez días. Yo sobreviví. Adrian Daulby y Melvin Cravitz, dos personas extraordinarias en las que pienso todos los días, no sobrevivieron.

Ante la llegada del próximo Yom Kippur, la comunidad judía del Reino Unido todavía no se siente segura. Hay más portones y vallas, y la seguridad es mayor que nunca. En cada acto que organizamos, la dirección no aparece en la invitación. Nuestros hijos van a escuelas que parecen fortalezas. Todo edificio judío necesita seguridad.

Esto es una llamada de atención. El antisemitismo no comienza el día en que alguien decide atacar una sinagoga, ni con la decisión de exterminar a la población judía de Europa. Comienza con la exclusión, el aislamiento y con hacer imposible la vida de los judíos.

Desde aquel día llevo conmigo no solo lo que ocurrió, sino también la necesidad de contarlo. Personas de mi sinagoga fueron asesinadas y yo resulté herido durante un ataque antisemita. El odio que se propaga por las redes no siempre se queda dentro de la pantalla. Puede convertirse en violencia real. Hoy sé, en carne propia, que el odio tiene consecuencias y que quien permanece con vida se convierte, contra su voluntad, también en testigo.

Este año me uní a la Marcha de la Vida en Polonia. Caminé junto a sobrevivientes del Holocausto y junto a personas que sobrevivieron a ataques antisemitas durante el último año: en Bondi Beach, Australia, y en Washington D. C.

Cuando nos preguntaron si, después de lo que habíamos vivido, teníamos miedo de identificarnos como judíos, yo llevaba kipá, Avi Talmud, sobreviviente del atentado de Washington, llevaba una estrella de David, y Hannah Absidon, sobreviviente del atentado de Bondi Beach cuyo padre fue asesinado en el ataque de Janucá, llevaba un colgante con la palabra “jai”. Todos respondimos que estamos orgullosos de ser judíos y que ese orgullo no hizo más que fortalecerse.

Juntos encendimos la antorcha de la lucha contra el antisemitismo en la ceremonia que cerró la marcha en Birkenau. El encuentro entre nosotros, sobrevivientes del Holocausto y sobrevivientes de ataques antisemitas, me mostró que la historia judía no pertenece solo al pasado. Sigue escribiéndose, y la responsabilidad de conservarla pasa de generación en generación.

Durante décadas, los sobrevivientes del Holocausto llevaron consigo el testimonio. Contaron una y otra vez sobre familias y comunidades borradas y sobre lo que vivieron, para que el mundo no pudiera decir que no sabía y para que las generaciones futuras recordaran. Hoy su número sigue disminuyendo.

Elie Wiesel dijo: “Cuando escuchas a un testigo, te conviertes en testigo”. En Polonia comprendí hasta qué punto esa frase nos obliga.

En la marcha, unas 7.000 personas caminaron desde Auschwitz hasta Birkenau. Ondeaban banderas de Israel y se oyó el shofar. Para mí, la fuerza de aquel momento no estaba solo en el recuerdo de lo que ocurrió allí, sino en lo que decía nuestra presencia: el pueblo que intentaron exterminar sigue aquí, fuerte y orgulloso.

También lo sentí en la localidad de Tykocin. En la sinagoga construida en 1642 rezamos Minjá, cantamos y bailamos con sobrevivientes del Holocausto. En un lugar donde la vida judía casi fue borrada, volvió a escucharse una oración judía.

Esa sensación me resultaba conocida. La primera vez que regresé a mi sinagoga después del atentado, en Simjat Torá, bailamos como nunca habíamos bailado. No porque hubiéramos olvidado a quienes perdimos, sino precisamente porque los recordábamos. Seguimos viviendo como judíos en el lugar donde alguien intentó impedirnos hacerlo.

El pasado Yom Kippur sobreviví a un atentado destinado a destruir vidas judías. En Polonia aprendí que sobrevivir no basta. Los sobrevivientes del Holocausto no estarán siempre con nosotros para contarlo por sí mismos. La responsabilidad de escuchar, recordar y contar pasa a nosotros, y también la responsabilidad de seguir viviendo como judíos, con orgullo y seguridad.

Los sobrevivientes que conocí reforzaron en mí el orgullo de ser judío, pero también el sentido del deber. La manera en que reconocieron la responsabilidad que recaía sobre ellos y se aferraron a ella, para asegurarse de que el mundo nunca olvidara, impone sobre todos nosotros un deber sagrado de garantizar que nunca seamos derrotados por el mal.

Y sé de todo corazón que el odio nunca vencerá, porque el amor siempre es más fuerte.

Este año entraré en la sinagoga en Yom Kippur con reverencia y llevaré conmigo el recuerdo de los miembros de mi comunidad que fueron asesinados. También pensaré en los sobrevivientes del Holocausto que conocí en Polonia y en el momento en que nos tomamos de las manos y bailamos juntos en la sinagoga de Tykocin.

Que todos seamos inscritos en el Libro de la Vida y que sigamos viviendo como judíos, con orgullo y seguridad.

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