La erupción del Tajogaite es como la cicatriz que te recuerda para el resto de tu vida que un día te tocó pasar por el quirófano. Y es que por muy bueno que sea el sanitario que aplica los puntos alguna señal siempre queda en tu piel. Fátima Ramos (1969) se crió en Todoque. De hecho, dice que cierra los ojos y es capaz de ver su infancia en el viejo colegio, el que casi lindaba con la iglesia, no el que fue arrasado hace cinco años.
Las piezas de su puzzle familiar encajan con las de un hogar en el que nunca sobró demasiado, en el que se vivía al día para sacar adelante el presente. Unos padres trabajadores, seis hijos y unos terrenos que se fueron fragmentando con el paso de los años. «Uno de mis hermanos vendió antes de la erupción, pero ahí debajo está la casa de papá y mamá, la mía y la de un hermano», pasa revista a un inventario de pérdidas al que hay que añadir varias parcelas o finquitas que sacaron de un apuro a los Ramos en más de una ocasión. Todo estaba en el centro de Todoque; donde el grosor de las coladas impide plantar el sueño de una vuelta a sus raíces. «Allí aún no ha llega ninguna vía, es un enorme manto de lava… Un espacio virgen donde la vida tardará en regresar». Los montículos de lava tienen un espesor que no permiten proyectar una reconstrucción y los tubos volcánicos se multiplican como los champiñones en ambientes oscuros y húmedos. «No es que quiera pasar página de mis orígenes, es que a menudo me llegan flash de lo feliz que fui allí antes de que no quedara nada… Vienen y van cuando menos te lo esperas y así es imposible que mueran los recuerdos. Insisto, tampoco quiero que se vayan para siempre pero duele imaginar un sitio que ya no está [silencio]… Allí nací, me casé, me marché durante un tiempo y luego volví», rebobina la esposa de Jesús, un palmero natural de Tazacorte que un mes antes de que reventara el volcán enterró a su madre y una semana y media después de que se abriera la tierra en la zona de Tajogaite murió su padre. «Fueron días muy duros para todos, pero a él le tocó una mala racha… Las noticias negativas no cesaban y emocionalmente quedó muy fastidiado», relata.
Tocaba hacer piña; arrimar el hombro para que nadie se quedara por detrás: Javier, Fátima y sus dos hijas [María y Lucía] se instalaron en una vivienda heredada en Tazacorte. «Hicimos una pequeña reforma y nos quedamos porque enseguida entendimos que retornar a Todoque era una misión imposible», admite una componente del pleno municipal de Los Llanos de Aridane con Coalición Canaria entre 1999 y 2007.
«Aquí no hay siglas políticas»
Fátima trabaja como administrativa en una empaquetadora de plátanos del Valle de Aridane, pero antes combinó su profesión con el cargo de concejal en el municipio en el que nació. «Haber estado en política me da una visión más amplia de las angustias que viven los vecinos cuando las cosas van mal y la administración trata de resolver sus problemas a un ritmo que ellos entienden que es demasiado lento… La mayoría de las veces esa pausa no es culpa de los políticos, y con esto no me estoy poniendo una venda en los ojos, porque en los ayuntamientos los miembros de los partidos entran y salen cada cuatro años. Incluso, si repiten en el cargo, hay que tener en cuenta que unas decisiones tan rotundas se toman en función de lo que argumentan los técnicos, que son los que tienen que tener las herramientas [tras lograr un respaldo financiero] para levantar un proyecto que va a ser beneficioso para toda la comunidad».
Integrante de una de las plataformas iniciales que veló por los derechos de los afectados, Fátima no oculta el hartazgo que supone estar en primera línea tanto tiempo. «Es como si llevaras una diana en la cabeza porque lo hagas bien o lo hagas mal, siempre vas a recibir algún palo. Muchos pueden creer que tengo un beneficio mayor por estar ahí o por mi experiencia en política municipal, pero yo soy igual de afectada que los vecinos de Todoque que lo perdieron todo», sostiene sobre lo difícil que es quedar expuesta de manera permanente a la opinión de personas que no conoces de nada. Cobré la parte que me correspondía por los daños recibidos, que al final esos 200.000 euros nunca es el valor real de todo lo que tenías en casa… Hay cuestiones emocionales que exceden esa cantidad, pero al final coges la compensación y rehaces tu vida fuera de Todoque».
Estar en contacto con palmeros que vivieron una situación parecida a la Fátima es un «alivio» mental que evita que la madre de María y Lucía entre en una espiral silenciosa que picotea su salud mental. «Alguna vez estuve cerca de rendirme», confiesa segundos antes de reforzar su condición de mujer aguerrida. «Tenía que pelear [pausa]… No para regresar a mi pueblo, porque allí faltan los servicios elementales que requieren unos vecinos [en la parte más dañada, la que se sitúa lejos de La Laguna o Las Manchas, no hay ni agua ni luz], pero sí para reconstruir mi vida y la de los míos en un sitio desde el que pudiera ver con cierta distancia lo sucedido…. No sé si mis hijas volverán algún día», se cuestiona sin tapar que ella ya está en los 57 y Jesús en los 61 años. Tenemos la vida más o menos encarrilada y esperar a ver qué sucede allí es algo que no nos podemos permitir… Si hubiera alguna certeza de que en un año, un año y medio o dos las cosas iban a estar mejor en Todoque, igual, nos planteábamos esa opción», no descarta de manera tajante sobre los planes de futuro que se van a ir amontonando a medida que los obstáculos geológicos desaparezcan. «No nos engañemos, hay zonas en el malpaís que no volverán a ser ocupadas. Eso no implica que bajemos los brazos», aconseja a las nuevas generaciones.
Y es que las grandes victorias se suman a partir de pequeños hechos como los que defendió Fátima y sus compañeros de plataforma cuando se empezó a hablar del trazado de la Carretera de la Costa. «Había una zona en La Marina que se encontraba muy afectada en los planteamientos iniciales, pero nos movilizamos y logramos modificar el trazado. Eso no era un capricho de unos pocos vecinos, sino el sentimiento generalizado de que después de sufrir una situación tan dramática como la del volcán no se podían perder más edificaciones o huertas», contextualiza sobre una presión social que ayudó a buscar una alternativa menos dolorosa para los propietarios».
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