Casi todos cruzamos fronteras a diario sin darnos cuenta. Cuando compramos online un producto fabricado a miles de kilómetros o cuando pagamos con tarjeta una reserva de hotel al otro lado del mundo, por ejemplo. Son fronteras que llevamos años atravesando con tanta naturalidad que prácticamente se han vuelto invisibles, aunque sigan estando ahí.
Este verano, en cambio, Ceuta nos ha recordado que no todas las fronteras se cruzan con la misma facilidad ni, sobre todo, tienen el mismo coste. Lo ocurrido allí ha sido, ante todo, una crisis humana y de gestión fronteriza que no me corresponde valorar desde esta tribuna, pero ha tenido también una dimensión económica que no se puede ignorar. Según la Cámara de Comercio de Ceuta, las pérdidas directas para el pequeño comercio alcanzaron los 33 millones de euros en apenas un mes, con caídas de facturación del 53 % en comercio, del 50,7 % en hostelería y de hasta el 90 % en el sector turístico. El golpe no se ha quedado solo en la facturación, el 74 % de las empresas de la ciudad ya ha modificado sus plantillas reduciendo jornadas, reorganizando turnos o aplazando contrataciones. Detrás de esas cifras hay una realidad sencilla, cuando una frontera se tensiona, la economía que vive a su alrededor también lo hace.
A raíz de lo ocurrido en Ceuta, resulta inevitable ampliar la mirada y preguntarnos si estamos entrando en una etapa en la que las fronteras, de distinta índole, vuelven a ganar protagonismo y la respuesta parece apuntar en esa dirección. Llevamos un año asistiendo a un regreso de las fronteras económicas que parecía superado. El mundo se protege de mercancías, de personas, de capital, de tecnología. Se protege de casi todo. Estados Unidos ha impuesto el arancel medio más alto desde la Gran Depresión, y la Organización Mundial del Comercio ha previsto que el comercio mundial crezca en 2026 en el entorno del 1,4 %-1,9 %, muy por debajo del 4,6 % registrado en 2025. Al mismo tiempo, decenas de países debaten cómo contener movimientos migratorios que ningún control ha logrado frenar del todo.
Nuestro mercado laboral sigue necesitando la mano de obra que llega de fuera para no detenerse
Entonces, ¿hay que protegerse más o hay que protegerse mejor? Porque lo cierto es que mientras la política levanta barreras, la economía sigue buscando la manera de atravesarlas. Cuando Estados Unidos subió sus aranceles, la Unión Europea no renunció a ese mercado, negoció un tope del 15 % para la mayoría de sus exportaciones en lugar de resignarse a perderlo. Muchas empresas, lejos de replegarse ante la incertidumbre, han reforzado sus ventas en otros mercados y han abierto destinos que hace una década ni figuraban en sus planes. Y mientras varios gobiernos endurecían el control de sus fronteras, casi la mitad del empleo creado en España en 2025, un 42 %, lo ocuparon trabajadores nacidos fuera, prueba de que nuestro mercado laboral sigue necesitando, pese a todo, la mano de obra que llega de fuera para no detenerse.
No se trata de cuestionar el derecho y la obligación de los Estados de ordenar sus fronteras, garantizar la seguridad o establecer las reglas comerciales que consideren necesarias. Se trata de comprender que la economía de libre mercado nunca ha entendido las fronteras como límites definitivos, sino como fricciones que hay que resolver, por costosas que resulten y que una economía abierta favorece la inversión, impulsa la competitividad y ensancha las oportunidades para empresas y trabajadores.
El verdadero reto pues es construir marcos comerciales, migratorios y regulatorios seguros, estables y previsibles, capaces de proteger aquello que debe ser protegido sin impedir que circulen el talento, las ideas, la inversión y las oportunidades. Se necesitan acuerdos que acompañen la lógica económica en lugar de obligarla a improvisar cada vez que estalla una crisis. Ceuta nos ha enseñado este verano el coste de no tenerlos. A administraciones y empresas nos toca trabajar juntos para que la próxima frontera que se tense no nos vuelva a coger por sorpresa.














