Será por apellidos: von Bismarck-Schönhausen Tengbom. Bisnieta por parte de padre del canciller Otto von Bismarck, artífice de la unificación de Alemania, y nieta por parte de madre del arquitecto sueco Ivar Tengbom, que entre otras obras destacadas construyó la Sala de Conciertos de Estocolmo donde se entregan los Premios Nobel. Y sin embargo, dices Gunilla a secas y todo aquel nacido el siglo pasado visualiza de inmediato a la esbelta rubia platino ataviada para triunfar en cualquier alfombra roja, una profesional de las juergas y el glam de las que quedan pocas, o solo ella.
Además, la mera mención de Gunilla hace viajar al instante a Marbella y sus veranos de bohemia y frenesí extensamente documentados en las revistas y programas del corazón. Ya no son noticia, aunque su abanderada incombustible asegura que «se han vuelto a poner de moda las fiestas espectaculares en casas particulares» de gente discreta con mucho dinero a las que ella asiste encantada de la vida porque adora la diversión. Por algo su lema es «hay que sobrevivir bien».
Quien inventó el lujo silencioso no estaba pensando precisamente en la condesa alemana Gunilla von Bismarck (76 años), adicta a los estampados, los colores fuertes, los sombreros estrafalarios y al brillo de lentejuelas. Nacida en el castillo de Friedrichsruh, a los diez años pisó por primera vez una Marbella muy diferente al paraíso de la jet set (así se bautizó a los pudientes que recorrían el mundo en sus aviones privados) cuya leyenda ayudaría a agigantar. Su madre buscaba un lugar para curarse una pierna rota que tardaba en soldar y recaló junto a sus seis hijos (hoy sobreviven cuatro) en un lugar con olivos, burros y playas vacías, con algún hotel rudimentario, donde no había casi carreteras ni nada que hacer. Ahí los Von Bismarck conocieron a Alfonso de Hohenlohe, promotor principal de la Costa del Sol y creador del mítico Marbella Club. En la localidad malagueña se quedaría para siempre Gunilla, aunque su espíritu nómada sin profesión definible la ha llevado por todo el mundo y mantiene casas en Alemania y Suiza. «Un país precioso, pero divertido no es», contaba recientemente con sorna, mientras reconocía que también a ella se le ha hecho eterno este estío inusualmente tórrido que la ha obligado a acortar su estancia en Marbella.
Si la reina del verano como concepto y del moreno de piel extremo busca refugio climático hay que echarse a temblar. Una de sus últimas apariciones tuvo lugar en la Gala Starlite que organiza el actor Antonio Banderas, que recoge el espíritu de las noches setenteras y ochenteras que Gunilla organizó tanto como frecuentó. Asistió al concierto de Miguel Ríos, que tuvo un recuerdo para el gran amor de la alemana fallecido hace dos años de un cáncer de próstata.
Lo de la joven condesa Von Bismarck y el español Luis Ortiz fue un flechazo nada más presentarlos en una de aquellas fiestas que acababan de día. Él era uno de los once hijos de Francisco Ortiz, censor a las órdenes de Franco en Televisión Española durante cuarenta años. Guapo y simpático, no heredó gusto por la represión de su progenitor, ni tampoco dinero. No se le conoció oficio ni beneficio, pero vivió a todo tren. Formó con amigos, alguno de familia millonaria, el grupo musical Los Chorys, alma de la noche marbellí. Gunilla y Ortiz se casaron en 1978 en el castillo de la familia en una boda a la que asistieron los Reyes de Suecia. La novia había estudiado con el rey Carlos Gustavo en Estocolmo. Pese a los rumores, nunca hubo un romance entre ellos. De hecho, la reina Silvia es madrina del único hijo que tuvo la pareja, Francisco.
Anunciaron su divorcio en la revista ¡Hola! en 1989, aunque poco después volvieron a hacer vida prácticamente en común, «más amigos que amantes». Según ella ha explicado al detalle, no abandonó a Ortiz por otro hombre sino porque las múltiples adicciones de él hacían su convivencia imposible. Ella nunca se tomó ni una copa, ni probó las drogas, abstemia como su hijo, pese a los miles de saraos nocturnos que protagonizó y montó. «Luis consumió por todos nosotros», ha relatado. Su marido-exmarido era «divertido, total, irrepetible», recordaba hace un mes Gunilla para explicar que nunca se haya vuelto a casar y que permaneciese siempre felizmente atrapada «en sus ojos de Bambi».
El juerguista que no quería moverse de Marbella fue enterrado en un bosque junto al castillo Von Bismarck, y la condesa le seguirá cuando toque. «Al mundo le falta imaginación», lamentaba este agosto recién acabado la reina del verano si fin.
Fuente: Diario de Mallorca












