Carlos Alcaraz ha vuelto de la misma forma en la que se retiró del Conde de Godó hace poco más de cuatro meses, con una victoria. El español, vigente campeón del US Open, se ha llevado el triunfo ante el ruso Roman Safiullin en tres sets (6-4, 6-4, 6-4) [Así vivimos la victoria de Alcaraz ante Safiullin].
139 días. Ese era el tiempo que había pasado desde que un mal gesto en la muñeca, una molestia aparentemente menor, había terminado convirtiéndose en una lesión mucho más seria.
Carlos Alcaraz volvía a pisar una pista de tenis. Lo hacía en la Arthur Ashe, bajo las luces de Nueva York, en el escenario más grande posible. No podía ser otro. Porque allí se había dado a conocer al mundo, allí había ganado su primer Grand Slam y allí, con apenas 19 años, se había convertido en el número uno más joven de la historia. Allí había empezado todo. Allí tenía que volver.
Aunque volver nunca había sido sencillo. Cuatro meses y medio sin competir pesaban. En las piernas, en la cabeza, en la mano. Incluso para el vigente campeón del torneo. Los primeros juegos lo confirmaban.
Alcaraz jugaba con el freno echado, medía cada golpe, dudaba donde antes no dudaba. Aparecían errores que no solían formar parte de su tenis y, sobre todo, aparecían los nervios. En su primer turno de saque tenía que salvar una bola de break. En el sexto, otra.
El regreso de Carlitos
La Arthur Ashe tampoco ayudaba. El ambiente resultaba extraño, frío para lo que acostumbraba a vivir aquel escenario. Y Alcaraz todavía no había llegado con el espectáculo. No había dejadas imposibles, no había carreras de lado a lado, no había golpes capaces de levantar al público de sus asientos.
Safiullin, mientras tanto, tenía claro el guion. Una bola más. Y otra. Y otra. Esperar. Aguantar. Dejar que fuera el español quien se precipitara. Hasta que llegó ese momento.
Alcaraz salvó la segunda bola de break y, casi inmediatamente, buscó con la mirada a su equipo. Ahí cambió todo. Porque en aquella sonrisa estaba el mensaje que llevaba 139 días esperando el mundo del tenis: Carlos había vuelto.
Y no tardó ni un juego en confirmarlo. Primera oportunidad de break. Primera rotura. Una derecha cruzada, limpia, imposible para Safiullin, que solo pudo girar la cabeza para seguir la trayectoria de la pelota. Alcaraz apretó el puño, gritó, se desahogó. Había rabia, pero también alivio.
La máquina todavía no estaba afinada. Se notaba. Pero el talento seguía allí. El hambre también. Y eso, para sus rivales, seguía siendo suficiente.
El primer set cayó del lado español por 6-4. Había necesitado unos minutos para arrancar, para quitarse de encima cuatro meses y medio de ausencia, pero cuando lo hizo volvió a aparecer el Alcaraz de siempre. El campeón. El jugador que olía una oportunidad y no la dejaba escapar.
Recuperando sensaciones
El segundo set empezó con un Alcaraz todavía lejos de su mejor versión. Perdió su servicio en blanco y, de repente, Safiullin tuvo la puerta abierta para ponerse 3-0. Durante unos segundos, el regreso amenazó con complicarse. Pero solo durante unos segundos.
El murciano respondió inmediatamente. Recuperó el break y volvió a empezar. Como en el primer set, necesitó tiempo. Necesitó entrar en calor, recuperar sensaciones, confiar en esa muñeca que durante meses había sido el centro de todas sus preocupaciones.
Safiullin, en cambio, empezó a quedarse sin respuestas. Sus golpes eran cada vez más previsibles y Alcaraz lo detectó. En el séptimo juego volvió a golpear. Otra rotura. Otra vez el instinto apareció cuando olió sangre. El segundo set también fue suyo. 6-4. Ya no había dudas.
En el tercero, Safiullin empezó a entender que el tiempo que Alcaraz había pasado fuera del circuito no había conseguido arrancarle aquello que le hacía diferente. Podía faltarle ritmo. Podía cometer errores. Podía tener alguna desconexión. Pero cuando encontraba la pelota, cuando aceleraba, cuando jugaba con esa libertad que durante tantos meses le había faltado, volvía a ser el mismo.
Y contra eso había poco que hacer. Safiullin bajó los brazos. Alcaraz sonrió. La Arthur Ashe empezó a disfrutar de nuevo de su campeón.
Tres sets idénticos. Una victoria contundente. Una victoria que todavía tiene margen de mejora, pero también una victoria cargada de señales positivas.











