En el fútbol, como en la vida, no siempre es fácil tomar partido. Pero hay quien lo hace sin importar las consecuencias. Aunque se juegue ya no su dinero, sino su vida. Ramon Usall repasa en ‘Fútbol por la libertad’ (Altamares) el compromiso ideológico de los que consideraron que lo de que no hay que mezclar deporte y política no iba con ellos. Poniendo en algunos casos en peligro mucho más que sus carreras.
El germen de la obra es el papel del fútbol en los procesos de descolonización africanos, en general, y el de Argelia en particular. «El caso de Argelia es paradigmático y fue la génesis de mi tesis y del libro. Me llamó la atención que todos los jugadores argelinos que jugaban en la primera división francesa renunciaran en 1958 a sus contratos y algunos a jugar el Mundial con Francia y se fueran clandestinamente hasta Túnez para ayudar a su país jugando a fútbol. Eso para mí sería el ejemplo de compromiso máximo, estar dispuesto a renunciar a su profesión para ayudar a la libertad de su país. Pero soy consciente de que el mundo no es el de 1958, cuando eso pasa. Es cierto que el mundo ha cambiado en muchos sentidos y el mundo del fútbol también».
Conforme los jugadores han empezado a ser empresas en sí mismas, con muchos intereses comerciales detrás, resulta más difícil verles mojarse políticamente. «El fútbol de élite se ha mercantilizado y la mayoría de jugadores cuidan su imagen global evitando cuestiones controvertidas. Al convertirse muchos en millonarios tienen un entorno que les desaconseja tomar decisiones que puedan manchar la marca global que muchos quieren cultivar, a no ser que sean posiciones muy asumidas de lucha contra el racismo».
Kylian Mbappé, delantero de la selección francesa. / FRANCK FIFE / AFP
En esta clave se puede entender una de las pocas excepciones en los últimos años, cuando Mbappé, Dembélé y otras estrellas de la selección francesa se mojaron ante el riesgo de la victoria electoral del Frente Nacional.
El ensayo repasa cómo el fútbol ha servido para legitimar regímenes totalitarios como la Argentina de Videla, la España de Franco o la Italia de Mussolini y recuerda el mensaje del Duce a la selección ‘azzurra’ antes de la final del Mundial de 1938: «Vencer o morir».
Matthias Sindelar pagó caro celebrar efusivamente su gol en la victoria austríaca ante la Alemania tres semanas después de la anexión de Austria. Después de negarse a jugar con la selección nazi apareció muerto junto a su novia judía. Los nazis tenían mal perder, como constataron en el Star ucraniano. Después de derrotar dos veces a un equipo integrado por miembros del ejército alemán,varios de los jugadores del equipo ucraniano fueron detenidos, deportados, torturados o asesinados.
El papel de la FIFA
«Aquellos años Europa vivía un proceso de ideologización más marcado y algunas tomas de decisión vienen marcadas por ese contexto. En la actualidad vivimos un cierto triunfo del capitalismo global y la desideologización, quitándole al fútbol muchos elementos de identidad política». En este sentido señala la paradoja de que la FIFA utilice el fútbol para luchar contra el racismo, pero prohíba que se use para otro tipo de reivindicaciones. Como ha ocurrido con la multa de 10.000 dólares a la AFA después de que los jugadores argentinos que celebraron la victoria en semifinales del Mundial sacaran una pancarta en la que se leía:«Las Malvinas son argentinas».

El delantero español Borja Iglesias. / AFP7 vía Europa Press
«Dicen que el fútbol no se tiene que relacionar con la política. No, que completen la frase: no quieren relacionarlo con políticas que a la FIFA no le gustan. Intentar negar que el deporte tiene una dimensión política es una absurdidad. El fútbol no ha sido solo el opio del pueblo, sino también un instrumento para la emancipación social, para luchar contra el racismo, el fascismo, contra el colonialismo, para la igualdad de género y las libertades democráticas…».
Usall rescata la triste historia de Justin Fashanu, el primer futbolista de una gran liga que se declaró homosexual y que se acabó suicidando. En España no solo sigue sin haber salido del armario ningún jugador de Primera, sino que apenas que se hayan posicionado abiertamente en favor de los derechos LGTBI. Borja Iglesias, de los pocos que lo ha hecho, ha recibido todo tipo de insultos. Viendo esas reacciones es comprensible que no haya ningún jugador en activo de primer nivel que se atreva a dar el paso. «El fútbol ha reflejado una homofobia dominante, que se ha ido revertiendo tímidamente, pero sigue pesando la masculinidad tóxica. El fútbol es un espejo de la sociedad».
Fuente: El Periódico














