La provincia de Castellón goza de un idilio eterno con el verano. Aquí el amor tiene escenarios reconocibles: un paseo marítimo al amanecer, una verbena en una plaza de pueblo, una barca que vuelve al puerto cuando se pone el sol, una terraza frente al Mediterráneo o una calle medieval donde dos personas pueden perderse como si viajaran en el tiempo.
La costa y las montañas castellonenses constituyen un territorio propicio para las vacaciones estivales, los encuentros inesperados y los romances de novela. Ha servido como escenario de películas, series y relatos donde el paisaje es un lugar mágico que inspira nuevas historias.
Benicàssim: el gran amor de cine de Castellón
En 1954 Luis García Berlanga llevó a la gran pantalla Novio a la vista, una comedia ambientada en el verano de 1918 que convirtió la playa castellonense en un escenario de amores juveniles, familias veraneantes y conflictos sentimentales. La película situaba su acción en la ficticia playa de Lindamar, pero el rodaje tuvo lugar en la playa de Voramar y en el histórico Hotel Voramar de Benicàssim.
La historia de Loli y Enrique —una joven de familia acomodada y un estudiante enamorado que no encaja en los planes matrimoniales de los adultos— tiene todos los ingredientes del amor de verano: la oposición familiar, el deseo de escapar de las normas y la sensación de que unas vacaciones pueden cambiar una vida entera.
Pero Benicàssim ya era mucho antes un escenario de novela. Sus villas modernistas frente al mar, construidas entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, fueron refugio de familias burguesas que acudían a tomar los baños de mar. Allí hubo fiestas sonadas, paseos de grandes poetas, conciertos que acababan en desmadre, amistades peligrosas, romances memorables, reuniones de magnates, alianzas políticas y promesas que quizá nunca llegaron a cumplirse.
El paseo de las villas conserva todavía ese aire de película antigua: palacetes entre jardines, bicicletas junto al mar y una atmósfera donde parece posible que alguien encuentre una carta perdida de hace cien años. La relación entre Benicàssim y el cine continuó después con otros rodajes, como Segunda piel, rodada en parte en la playa de Voramar y sus villas.
Peñíscola: amores medievales frente al Mediterráneo
Si Benicàssim representa el amor de verano moderno, Peñíscola el amor legendario.
Pocas ciudades españolas tienen un escenario tan cinematográfico: un castillo templario sobre una roca, murallas que se adentran en el mar y callejuelas donde cada piedra parece guardar una historia.
Allí nacen fácilmente las leyendas: la princesa que espera al caballero que nunca vuelve, el soldado que abandona la guerra por amor, el viajero que llega desde tierras lejanas buscando una promesa hecha años atrás.
El castillo de Peñíscola, residencia del Papa Luna durante su enfrentamiento con Roma, aporta además un componente histórico de intrigas, poder y misterio. Es un lugar donde realidad y ficción se mezclan, acogiendo a grandes producciones audiovisuales como El Cid o la serie Juego de Tronos.
Algunos lugares no necesitan inventar una historia de amor: basta con caminar por ellos para imaginarla.
Los veranos de la Costa del Azahar
La verdadera novela de amor de Castellón se ha escrito durante décadas en sus pueblos costeros.
En Oropesa del Mar, miles de familias han vivido sus veranos de primeros amores adolescentes, paseos nocturnos y promesas hechas bajo las estrellas.
En Burriana, el puerto y la playa han sido testigos de encuentros entre vecinos, turistas y quienes se marchaban a estudiar fuera y regresaban al acabar las clases.
En Vinaròs y Benicarló, las fiestas, los paseos marítimos y las noches junto al mar han acogido miles de pequeñas historias anónimas.
En Alcossebre y Alcalà de Xivert el paisaje añade el componente de aventura: playas escondidas, rutas en barco, montañas que se zambullen en el mar y parejas que hacen de una excursión por la Sierra de Irta —inmejorable balcón del Mediterráneo, con su ermita de Santa Lucía y sus vistas prodigiosas desde el relieve montañoso, que alcanzan hasta las islas Columbretes— el encuentro que marca toda una vida.
No son amores famosos como los del cine, pero son sin duda mucho más importantes: los que millones de personas evocan en una fotografía antigua o en una canción que resuena en la memoria cada verano.
Morella, Espadán y los amores de aventura
Castellón también acoge el romance de aventura.
En Morella, con sus murallas y su castillo dominando la montaña, una historia de amor puede empezar en una calle medieval y terminar con una huida a caballo imaginaria o real, merced al centro ecuestre de Cases Ruralmorella.
En la Sierra de Espadán, entre bosques de alcornoques y pueblos recoletos, el entorno cambia: aquí el amor tiene un aire de misterio, descubrimiento y riesgo.
La provincia reúne algo poco habitual: en una misma jornada se puede vivir una historia de playa y otra de montaña. Esa dualidad del alma castellonense, que aúna virilidad montañera y feminidad marina, hace de Castellón una localización perfecta para cualquier aspiración romántica.
El gran amor de verano de Torreblanca
Si hubiera que escoger la localización para una película ambientada en Castellón huyendo de los destinos más conocidos, me decantaría por mi pueblo, Torreblanca.
La película podría titularse El último verano del farero.
La historia comenzaría una noche de agosto en el parque natural protegido Prat de Cabanes-Torreblanca. Neus, una joven restauradora de Castellón de la Plana que ha regresado al pueblo de sus abuelos para ordenar una vieja casa familiar, encuentra en un altillo una caja con fotografías, mapas y un cuaderno escrito en los años cincuenta.
El cuaderno pertenece a Gabriel, un antiguo pescador de Torreblanca que durante su juventud se enamoró de Elena, una cantante francesa que llegó al pueblo siguiendo la ruta de los artistas que buscaban el Mediterráneo desconocido.
Se conocieron una madrugada en la playa. Él salía a pescar; ella paseaba con una cámara para fotografiar a garzas y aguiluchos. Dedicaron el verano a recorrer caminos entre dunas y marjales. Y se prometieron volver cada agosto al mismo lugar.
Pero la vida los separó.
Décadas después, Neus descubre que Gabriel todavía conserva la última fotografía que Elena le envió antes de desaparecer. Para reconstruir aquella historia, contará con la ayuda de Ximo, un biólogo que trabaja estudiando las aves del Prat. Mientras buscan las pistas del viejo amor, ellos mismos empiezan a vivir una historia nueva.
La película terminaría con una escena sencilla: dos personas mayores encontrándose frente al mar después de más de medio siglo, mientras una pareja joven observa desde lejos, comprendiendo que algunos amores no desaparecen, solo esperan el momento adecuado para regresar.
Castellón no necesita adornos para ser un enclave inspirador. Posee mar, montaña, memoria y lugares con personalidad, donde cualquier verano puede aparecer el amor de tu vida.














