Cuando se habla del sistema educativo gallego siempre se alude a sus tres elementos fundamentales: los centros educativos, los profesores y los alumnos. Y siempre se olvida que hay una cuarta pata básica para sostener la educación: el material. Colegios e institutos, docentes y estudiantes dependen de él para su día a día, desde lo más básico como pueden ser mesas y sillas hasta la última tecnología punta para un laboratorio o una cocina de fogones para elaborar el menú del comedor. Toneladas de objetos y millones de euros de inversión anual a los que la Consellería de Educación da cierto orden y sentido en un enorme almacén situado en A Estrada, a veinte minutos escasos de Santiago.
De este centro logístico del polígono de Toedo, con más de 6.000 metros cuadrados de superficie, sale el material necesario para el día a día de los más de mil colegios e institutos de Galicia. «El sistema educativo gallego tiene un corazón logístico que es este gran almacén», dijo el conselleiro Román Rodríguez para ilustrar el papel del centro, que igual que el corazón bombea sangre para mantener el cuerpo, reparte material por las cuatro provincias.
Solo en el último año salieron de él más de 30.000 unidades. ¿De qué? De casi todo lo imaginable, a excepción de consumibles tipo folios, bolis o blocs y material digital, que hace tiempo que centraliza la Amtega. En 2025 se repartieron por ejemplo 7.600 sillas, 9.000 pupitres, 404 encerados y 150 unidades de robots, colecciones de minerales, globos terráqueos, kits de electrónica o incluso esqueletos plásticos para laboratorios. Pero dentro hay mucho más: impresoras, colchonetas, juguetes, canastas y porterías, cocinas industriales, percheros, paragüeros, pantallas, microscopios, objetos vintage como espalderas y potros de gimnasia, pelotas, probetas… De hecho, es habitual escuchar que el centro logístico de la Consellería es en realidad el gran Amazon gallego de la educación.
El material acumulado llegó a superar en algún momento los 16 millones de euros
Una vez dentro, la verdad es que el almacén se parece más a Ikea que Amazon, ya que está todo perfectamente agrupado por pasillos y estanterías con números y letras. De momento, ni siquiera necesita la IA para su gestión, porque ese papel lo hace el cerebro de Francisco Puente, uno de los cinco trabajadores del complejo que es capaz de localizar cualquier cosa en medio del océano de cajas. «Aquí hay 17.60 metros cúbicos de material», lo que traducido a euros puede superar los 16 millones de euros en momentos de máximo almacenaje.
No es el caso actual, ya que las obras de remodelación que acometió la Consellería este verano para cambiar toda la cubierta, dotarlo de más luz natural y habilitar un moderno sistema antiincendios, con 1,5 millones de inversión, obligaron a retirar suministro. Pero pronto se llenará, ya que la Xunta tiene en licitación otras 13.600 unidades de mobiliario por 4,5 millones.
«Este centro posibilita una gestión más eficaz, racionalizar el material tras realizar grandes compras para después distribuir por el conjunto de los centros educativos», apuntó el conselleiro, que confesó que era la primera que visitaba el almacén. Justo todo lo contario que Rosa Soñora, subdirectora xeral de Construcións e Equipamento de la consellería que conoce al detalle cada rincón de la nave, ya que es clave en su trabajo. «Siempre pensamos en hacer colegios o remodelarlos, pero después hay que llenarlos de cosas: y eso es lo que se hace desde aquí», reflexionó.
La subdirectora y el conselleiro, con responsables del almacén durante su visita / ECG
Una construcción del año 1992 impulsada por la Xunta de Fraga
El almacén fue una iniciativa de la Xunta de Manuel Fraga. Se empezó a construir en 1990 y se estrenó en 1992. Desde el año 1997 lo gestiona la misma empresa, que también lleva el almacén similar que tiene el Sergas en Negreira, que sigue la misma filosofía y funcionamiento.
Y lo curioso es que el centro logístico todavía conserva algunos vestigios de las aulas de aquella época, como los pupitres en verde en los que estudiaron tantas generaciones y que hoy están en desuso por no cumplir la normativa. Algunos se van apilando y almacenando, como otro material que queda desfasado, aunque siempre se le puede buscar alguna salida. «Parte de estas mesas y sillas se donan a asociaciones para sus sedes», explican en A Estrada.
Un material más obsoleto que convive con otros elementos vintage que, aunque tienen también muchas décadas de historia, sobreviven en la educación actual, como las colchonetas azules, las espalderas o incluso algún potro de gimnasio para saltar, empaquetado en el almacén y listo para salir rumbo a algún colegio en el que torturar a otra generación de alumnos.












