El otro día estaba tomando un Aperol -he abandonado el cosmo hasta nueva orden o, mejor dicho, hasta que pueda volver a vivir una vida sin hielos en la copa y que no se caliente con este calor asfixiante- con mi amiga M. cuando hablamos de si creíamos que alguna vez habíamos dejado de querer a alguien de golpe. Le dije que yo no. Que el amor, al menos en mi experiencia, no se parece demasiado a una luz que se apaga. Se parece más a esas bombillas que empiezan a parpadear y que durante semanas finges que funcionan perfectamente porque todavía iluminan lo suficiente. Normalmente, haces para que la bombilla siga alumbrándote a pesar de que estás ya completamente a oscuras. La mueves. La enroscas. Vuelves a desenroscar. Tratas de que tras el parpadeo se estabilice, pero a veces ya no hay solución.
Hemos aprendido a reconocer el principio del amor de una forma arrolladora. Sabemos identificar el primer mensaje, la primera cita, el primer beso, ese momento en el que alguien empieza a gustarnos y de repente nuestra vida parece tener una banda sonora distinta. Hasta sabemos qué ropa ponernos para una primera cita. La moda lleva décadas preparándonos para entrar en escena. Celebramos la despedida de la soltería y alabamos la boda con una felicidad que no nos cabe en el cuerpo, pero la gente no celebra los divorcios. Nadie nos ha explicado demasiado bien cómo se viste uno para salir de ahí.
Quizá porque el fin del amor no suele tener una fecha exacta. No hay un día señalado en el calendario. No ocurre necesariamente durante una discusión, ni después de una infidelidad, ni con una maleta en la puerta. Hay personas que por eso han aguantado más de media vida con una pareja que les era infiel, pero otras veces termina mientras estás cenando con esa persona y te das cuenta de que ya no tienes nada que contarle. O mientras vas caminando a su lado y, por primera vez, no te importa que el paseo termine. Supongo que por eso hay parejas que llevan media vida juntas y deciden terminar la otra media que les queda por separado.
Y creo que esa es una de las señales más crueles para ti como cincuenta por ciento de ese tándem y para el otro como la otra parte del cincuenta por ciento: cuando empiezas a dejar de esperar. Esperar un mensaje. Esperar que llegue el fin de semana. Esperar que vuelva a mirarte como antes.
Mi amiga M. me dijo que ella creía que se estaba terminado cuando dejó de imaginar conversaciones con él que nunca iban a suceder. Ya no ensayaba lo que quería decirle en la ducha. Ya no pensaba en cómo explicarle aquello que le había dolido. Ya no fantaseaba con que un día entendiera todo. Y yo pensé: ¿Y si todo termina cuando dejamos de intentar ser comprendidos?
La moda vuelve a aparecer aquí, como siempre. Hay prendas que conservamos durante años porque fueron importantes. Un vestido de una noche concreta. Una chaqueta que llevábamos cuando ocurrió algo que todavía recordamos. No las seguimos usando, pero tampoco somos capaces de hacerlas desaparecer y dejar espacio en el armario. Con algunas personas pasa lo mismo. Ya no las quieres en tu vida, pero tampoco quieres borrar lo que significaron. Y eso es lo difícil del final: aceptar que algo puede haber sido precioso y, aun así, haber terminado.
Nos han vendido la idea de que, si una relación acaba, todo lo anterior fue un error. Como si tuviéramos que convertir a alguien en villano para poder marcharnos tranquilos. Pero quizá la madurez sentimental consista precisamente en aceptar que alguien pudo hacerte feliz y dejar de hacerlo. Que pudiste querer muchísimo a una persona que, reduciendo este discurso al mínimo, dejó de ser tu lugar.
No hace falta odiar para irse. No hace falta una traición. A veces basta con descubrir que llevas demasiado tiempo intentando sentir algo que ya no está. Aquella noche llegué a casa y pensé en todas las personas que alguna vez había querido. En las que todavía quiero de alguna manera. En las que ya no forman parte de mi vida y, sin embargo, siguen teniendo una pequeña habitación dentro de mi memoria. Quizá el fin del amor no sea olvidar. Quizá sea recordar sin querer volver y tener la certeza de que en ese recuerdo no hay el deseo de seguir viviendo en una historia que ya terminó.
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