«América ya no importa», proclamó en el verano de 2021, sin ocultar su satisfacción, uno de los comentaristas que frecuentan la emisión diaria del programa propagandístico 60 minutos en el canal Rossiya-1, al constatar la facilidad con la que las tropas talibanes habían logrado llegar a Kabul. Pocos días después, mientras sobrecogedoras escenas de multitudes desesperadas en aeropuertos y sedes consulares daban la vuelta al mundo, el presidente Vladímir Putin, en tono más comedido, constató, durante un encuentro con estudiantes adolescentes en Vladivostok, que las dos décadas de presencia estadounidense en suelo afgano solo habían causado en «tragedias».
En los turbulentos días posteriores al relevo de poder en el país centroasiático, Rusia y sus representantes no hicieron esfuerzo alguno en ocultar su complacencia ante los aprietos por los que atravesaba EEUU, su antiguo rival de la Guerra Fría del siglo XX, apuros que en algunos momentos incluso llegaron a recordar lo sucedido con el Ejército soviético entre 1988 y 1989, cuando se retiró de ese mismo lugar tras un decenio de ocupación que había provocado la muerte a dos millones de civiles afganos. Con el amargo recuerdo de su experiencia en la región, las autoridades rusas pusieron de lado toda inquietud que pudiera suscitar la instalación en su vecindario inmediato de un régimen de corte radical islámico, y haciendo gala de un acentuado pragmatismo, se apresuraron a insistir, en todas las ocasiones en las que se terciaba, que no iban a interferir en cuestiones internas afganas.
Putin al habla
«Es necesario detener la política irresponsable de imponer los valores de otras personas desde afuera, el deseo de construir democracia en otros países, sin tener en cuenta ni la historia ni la realidad», declaró entonces el líder del Kremlin. A diferencia de otras representaciones extranjeras, que optaron por trasladar sus operaciones a Doha, capital de Qatar, la embajada de la Federación Rusa en Kabul permaneció abierta durante todo el periodo crítico, en un temprano gesto de reconocimiento hacia los talibanes que fue recompensado por los nuevos amos del país con el despliegue de efectivos junto a las instalaciones diplomáticas para garantizar su seguridad.
Cinco años más tarde, el pragmatismo de Moscú hacia los talibanes ha mutado y se ha transformado en alianza política y militar, con posibles implicaciones en la complicada geopolítica mundial. El primer episodio oficial de este acercamiento se materializó en abril de 2025, cuando el movimiento talibán fue retirado de la lista rusa de organizaciones que respaldan el terrorismo. Tres meses más tarde, en julio, el país de Vladímir Putin se convirtió en el único estado hasta la fecha en reconocer al Gobierno talibán, produciéndose un intercambio de embajadores, mientras el grueso de la comunidad internacional vinculaba dicho movimiento al respeto a los derechos humanos, en particular a los de las mujeres.
Acuerdo de cooperación militar
En mayo del presente año, en los márgenes de la Conferencia Internacional de Seguridad de Moscú, el secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, Serguéi Shoigu, y el ministro de Defensa afgano, Mohamed Yaqub, firmaron un acuerdo de cooperación militar cuyos términos no han sido completamente desvelados, pero que se centran en aspectos logísticos y de reparación de equipamiento militar soviético aún presente en el país centroasiático. Para la parte afgana, los beneficios del acuerdo se centran sobre todo en el reconocimiento simbólico y de legitimidad que confiere la alianza con una gran potencia. La cooperación, además, podría ampliarse en el futuro e incluir el suministro de baterías antiaéreas, según dio a entender el enviado especial de Rusia para Afganistán, Zamir Kabulov.
Independientemente de la evolución futura de las relaciones entre Kabul y Moscú, incluyendo la posibilidad de que sigan un patrón similar a las que el Kremlin mantiene con el régimen de Kim Jong-un, con tropas norcoreanas luchando en Ucrania, un efecto incuestionable ha tenido la veloz desintegración, en 2021, del Estado liberal construido en Afganistán por EEUU y Europa durante dos décadas. Según muchos analistas, acentuó la percepción en el líder ruso de que EEUU y sus aliados se hallaban en una situación de debilidad, circunstancia que pudo empoderarle a lanzar la invasión de Ucrania pocos meses después. Varios analistas, entre ellos el periodista estadounidense Bob Woordard en su libro Guerra, o Mark Toth o Jonathan Sweet en The Hill, comparten esta opinión: «El ambiente permisivo (internacional) establecido por John Biden y su equipo de seguridad fue tomado como una luz verde por el Kremlin».
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