El alivio que sintió Medellín, la segunda ciudad más poblada de Colombia, al comprobar que el terremoto de magnitud 7,4 no había causado daños graves en la ciudad fue seguido de una llamada a la acción. Jorge Ignacio Zapata, coordinador de operaciones y gestión de riesgos de la Cruz Roja, recibió un encargo crucial: Antioquia debía apoyar al vecino departamento de Chocó, epicentro del seísmo y una de las regiones más vulnerables del país. «La pobreza es extremadamente alta y la infraestructura hospitalaria es mínima. Esto hace que un desastre natural se vuelva mucho más grave», explica Zapata a EL PERIÓDICO por teléfono, durante lo que llama «una pausa activa» para tomar aliento y volver a las labores sobre el terreno.
«Las primeras 72 horas todos los esfuerzos se centran en sacar a gente de los escombros. Eso no significa que después cejemos en los esfuerzos, pero también empezamos a evaluar los daños y a identificar las necesidades: alimentos, elementos de aseo, alojamientos temporales», explica el responsable humanitario. La Cruz Roja Colombiana, integrada en el sistema nacional de respuesta coordinado por el Gobierno, movilizó efectivos de inmediato. Desde Medellín, Zapata envió un equipo de 29 personas especializado en búsqueda y rescate en estructuras colapsadas, mientras otros efectivos permanecieron en Antioquía para mantener la capacidad de respuesta local.
Chocó es uno de los departamentos más pobres y aislados de Colombia. En el norte se extiende la selva del Darién, un territorio de difícil acceso que conecta con Panamá. La baja densidad de población y el tipo de construcciones han evitado una destrucción mayor que en grandes ciudades como Cali o Pereira, según Zapata. Muchas viviendas son humildes, de una sola planta y construidas con madera: esa baja altura reduce el riesgo de quedar sepultado bajo el cemento, pero la fragilidad de las estructuras ha dejado a numerosas familias sin nada.
Muchos también han perdido granjas, animales o pequeños negocios. Por eso, añade Zapata, «no se trata solo de asistencia, sino de ayudar a las personas a recuperar su medio de vida».
Una crisis sobre otra
El terremoto ha golpeado territorios donde ya viven grandes poblaciones desplazadas. Colombia acoge a 2,8 millones de refugiados y personas con necesidades de protección internacional, en su mayoría venezolanas. Además, 7,1 millones de colombianos son desplazados internos por la violencia que sigue sacudiendo el país. «El desastre puede empeorar la situación de personas que ya tenían dificultades para acceder a una vivienda digna o cubrir sus necesidades básicas», explica a este diario Giovanni Lepri, representante de ACNUR en Colombia. «La pérdida de infraestructura crítica aumenta los riesgos que enfrentan y podría forzarlas a desplazarse nuevamente«, añade.
Lepri pone especial foco en las poblaciones afrocolombianas e indígenas de Chocó, «que han sufrido históricamente un impacto desproporcionado por el conflicto armado, el desplazamiento interno, el confinamiento forzado, la violencia de género y la falta de acceso a derechos básicos». El terremoto, por tanto, se superpone a vulnerabilidades que ya existían. En Chocó, a las dificultades de acceso se suma una conectividad «casi nula», que complica incluso el diagnóstico de lo ocurrido en las zonas más aisladas.
«Un colega herido durante el terremoto pudo ser trasladado más de 36 horas después debido a las dificultades de acceso aéreo y terrestre. Esto limita de manera drástica cualquier operación de ayuda humanitaria», explica Lepri. Aun así, ACNUR ya trabaja para desplegar la ayuda prioritaria: alojamiento temporal, agua potable, alimentos, kits de higiene y atención sanitaria y psicosocial.
Personas observan un edificio destruido por el terremoto este miércoles, en Quibdó, Chocó, Colombia. / Mauricio Dueñas Castañeda / EFE
Llegar hasta los más aislados
Llegar a las poblaciones más necesitadas es ahora el principal reto de las organizaciones humanitarias. World Central Kitchen (WCK), la ONG del chef español José Andrés, distribuyó más de 5.000 comidas en Manizales, Pereira, Cali y Quibdó, capital de Chocó, durante las primeras 48 horas tras el terremoto.
«Nos preocupan especialmente las comunidades más aisladas, fuera de los principales núcleos urbanos, donde el acceso a alimentos y otras necesidades básicas puede ser mucho más difícil», dice a EL PERIÓDICO Juan Camilo Jiménez, director de respuesta humanitaria en Colombia de WCK. Por eso, apoyarse en restaurantes y organizaciones locales está siendo clave. «Nuestros socios locales nos están ayudando a entender qué está ocurriendo sobre el terreno, dónde están las mayores necesidades y cómo podemos llegar hasta las personas afectadas», asegura.
Región olvidada, bajo foco
Desde la Cruz Roja anticipan que este desastre requerirá una respuesta a largo plazo por la elevada complejidad de Chocó, incluido el paso migratorio hacia Panamá. «No es precisamente un lugar donde la población migrante suela quedarse. Como mucho pueden permanecer unos tres días mientras recuperan fuerzas al entrar o salir del tapón del Darién«, explica Zapata.
Sin embargo, la represión migratoria de EEUU desde el regreso de Donald Trump ha complicado aún más la situación: ha dejado a personas varadas que no pueden continuar hacia el norte y ha empujado a algunos migrantes a emprender el camino de vuelta a sus países por cuenta propia, ante el temor de ser deportados a terceros países lejanos. El terremoto les ha dejado a ellos doblemente atrapados en un país en el que no tienen ni recursos ni red de apoyo.
Zapata trata de rescatar una nota de optimismo: «Es la oportunidad, tristemente, de que una región muy olvidada del país pueda, en medio de la adversidad, ser fortalecida aunque sea de manera temporal», concluye.

La gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba (izquierda), lleva ayudas al lugar del epicentro del terremoto con magnitud de 7,4, este miércoles en San José de Palmar, Colombia. / Jean Arriaga / EFE
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