Los dodos siempre han sido retratados como pájaros tontos o confundidos: sin embargo, un nuevo estudio muestra que el cerebro del dodo no era más pequeño de lo esperado para un ave de su enorme tamaño. El equipo también encontró varios rasgos en su cráneo y cerebro que generalmente solo se encuentran en aves que están activas al anochecer o por la noche.
Durante siglos, el dodo ha encarnado la imagen de un animal torpe, confiado y condenado a desaparecer. Sin embargo, un estudio publicada en Zoological Journal of the Linnean Society y desarrollado por un equipo internacional de investigadores ha revelado que esa fama no era real: el dodo no era menos inteligente que otras aves de su tamaño y período histórico.
La popular ave de Mauricio no parece haber tenido un cerebro menos capaz que el de sus parientes cercanos, y varias pistas anatómicas apuntan a un estilo de vida más complejo de lo que sugería su reputación.
El trabajo contó con la participación de científicos de la Universidad de Lethbridge, la Universidad Flinders, la Universidad de Copenhague, Smithsonian Institution, el National Museums Scotland y el Natural History Museum de Londres.
Similar a sus parientes
Los investigadores estudiaron mediante tomografía computarizada tres cráneos de dodo y los compararon con los de otras palomas, además de incluir a su pariente extinguido más cercano, el solitaire de Rodrigues, para reconstruir su anatomía cerebral y sensorial.
De acuerdo a una nota de prensa, la principal conclusión desmonta uno de los tópicos más repetidos sobre el dodo. Según los autores, la región del prosencéfalo vinculada a la cognición y la memoria no era proporcionalmente más pequeña que la de otras palomas.
En otras palabras, no hay evidencia de que el dodo fuese menos inteligente que sus parientes. El propio estudio insiste en que las palomas, en general, son aves bastante capaces, así que la idea de un dodo “tonto” no se sostiene sobre bases neurológicas.
Una visión especialmente adaptada
Sin embargo, aparecen diferencias claras en el sistema visual. Los cráneos analizados muestran que el dodo tenía órbitas algo más grandes de lo esperado en relación con el tamaño del cráneo: al mismo tiempo, contaba con unos lóbulos ópticos notablemente reducidos.
En una de las comparaciones, esos lóbulos ocupaban apenas el 0,88 % del cerebro, frente al 2,47 % del solitaire de Rodrigues y valores mucho más altos en otras palomas. Esa combinación sugiere una visión adaptada a condiciones de baja luz o, al menos, menos dependiente de la visión diurna.
A partir de esas medidas, los autores estiman incluso que el dodo podría haber tenido una agudeza visual de unos 27 ciclos por grado, una cifra compatible con la de aves como el arrendajo euroasiático o la corneja. No implica necesariamente una visión excepcional, pero sí bastante funcional.
Reconstrucción nocturna de dodos. / Crédito: Adel Lee / instagram @sykonebabblin cc-by-nc.
Detalles en el sistema olfativo
El estudio también relaciona la reducción de los lóbulos ópticos con patrones de actividad crepuscular o nocturna, una hipótesis reforzada por otros rasgos craneales y por paralelismos con aves actuales que se mueven en entornos de poca luz.
El olfato abre otra línea de interpretación. Los investigadores observaron que, en varios ejemplares de dodo, los bulbos olfativos parecen más desarrollados que en otras palomas.
Aun así, la hipótesis de un olfato «reforzado» encaja con un animal insular que podría haber recurrido más al olfato y al tacto del pico superior para buscar alimento, en un entorno cambiante y sometido a periodos de escasez.
Referencia
The sensory world of the Dodo and Solitaire revealed by endocast and skull anatomy. Sara Citron et al. Zoological Journal of the Linnean Society (2026). DOI:https://doi.org/10.1093/zoolinnean/zlag123
Un animal social y confiado
El estudio también ayuda a entender por qué el dodo quedó fijado en el imaginario como sinónimo de ingenuidad. Los autores apuntan que su aparente falta de miedo pudo ser, en realidad, una consecuencia de vivir en una isla sin grandes depredadores terrestres.
Un animal social, confiado y adaptado a un ecosistema aislado no tiene por qué ser un animal poco inteligente. Su desgracia histórica habría estado más relacionada con la llegada humana y la presión de especies introducidas que con cualquier supuesta falta de inteligencia.
En definitiva, se habría tratado de un colúmbido insular con adaptaciones sensoriales peculiares, probablemente activo en condiciones de luz baja y quizás apoyado más en el olfato y el tacto que en la visión diurna. En cualquier caso, el dodo muestra que sigue guardando secretos a pesar del paso de los años.













