Cuando Manuel Aparcero Fernández del Campo (Chipiona, Cádiz, 1979) se desplazó a la playa del Tarajal (Ceuta) para hacer el levantamiento del cadáver de la primera víctima de la crisis migratoria que estalló el pasado 30 de julio, no esperaba encontrarse con un infierno. Fue el primer médico forense en llegar. «La imagen era dantesca, nunca había visto algo así en 20 años de profesión», explica en conversación con este periódico.
Desde el 6 de octubre de 2025 es el director del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Ceuta -dependiente del Ministerio de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes-, aunque antes había ejercido en distintos destinos, desde Almería hasta Girona, pasando por Madrid, Toledo -donde fue jefe de sección de Psiquiatría Forense- o Cádiz, donde tiene su plaza, ya que en la ciudad autónoma está en comisión de servicio.. «En ninguno de esos lugares había tenido que afrontar una tragedia de esta magnitud, con un drama humano tan impresionante detrás», reconoce.
Salvando vidas en la orilla
Lo que más impactó a este gaditano a su llegada a la playa fue ver a niños de la edad de sus hijos cruzando la valla y tirándose al mar para llegar a Ceuta. «También había en el agua bebés y pequeños de apenas 3 o 4 años», recuerda. A pesar de golpe emocional, Aparcero se puso «el mono de trabajo» para poder realizar su labor y gestionar lo mejor posible la situación. En un primer momento, incluso tuvo que intervenir junto a Guardia Civil y Cruz Roja para salvar la vida de personas que llegaban a la orilla en parada cardiorrespiratoria.
«En cuanto llegué me di cuenta de que nos enfrentábamos a un suceso de víctimas múltiples y que necesitaríamos más recursos para poder sacar adelante el trabajo», asegura. Este tipo de sucesos se caracterizan por ser imprevistos, impredecibles y súbitos y la gestión de los recursos y las necesidades en tiempo real es fundamental. La semana anterior había habido un repunte de muertes en frontera, aunque, asegura, no fue significativo.
«Por ejemplo, un accidente de un avión es un acontecimiento único en el tiempo, pero en este caso ha sido progresivo, porque cuando hacía un levantamiento de cadáver, llegaba otro, de manera simultánea, y tuvimos que combinar esta labor con la realización de autopsias«, relata.
Manuel Aparcero, participando en labores de reanimación de una migrante llegada a la orilla en Ceuta. / El Correo
80 autopsias realizadas
Estos días ha trabajado con técnicos y forenses llegados de Cáceres, Salamanca, Valladolid, Guadalajara, Albacete y Toledo. Por el momento, se han realizado 80 autopsias, aunque no se descarta la llegada de más cuerpos conforme pasen las horas.
Estos profesionales se marcharon ayer, aunque entrará un refuerzo en las próximas horas para realizar el trabajo pendiente, ya que un suceso de estas características, explica, requiere un gran trabajo posterior, como la realización de informes o identificaciones. De ponerse en contacto con las familias de los fallecidos se encarga la Oficina Ante Mortem, que está integrada por Guardia Civil y un representante del Instituto de Medicina Legal y Ciencia Forense.
Secuelas psicológicas de los profesionales
Los profesionales que trabajan con personas fallecidas suelen tener ‘callo’ a la hora de enfrentarse a situaciones dramáticas, pero una tragedia de estas características puede incluso dejar secuelas psicológicas en los que participan en ella. «Nadie está preparado para enfrentarse a una situación así», asegura.
Tras unos días muy intensos de trabajo y en el plano emocional, Aparcero, que también ejerce de profesor del área de Medicina Legal de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cádiz, tiene un recuerdo caeriñoso tanto para sus alumnos como para sus maestros.
Experto en patología de la sumersión
Entre estos últimos, Agustín Sibón Olano. «Yo tengo manejo en la patología de la sumersión [ahogamiento] porque uno de mis mejores amigos, que además es un compañero al que le tengo muchísima estima, es el jefe de servicio de patología forense del Instituto de Medicina Legal de Cádiz, director de mi tesis doctoral y él me enseñó todo lo que sé sobre este tema», cuenta agradecido.
También recuerda al que fue director de Ceuta del Instituto y ahora lo es de Cádiz, «otro gran amigo y compañero, el médico forense Ángel Macías Guerrero, de quien he recibido sabios consejos pues vivió situaciones semejantes, aunque no de tal magnitud», abunda.
Respecto a sus estudiantes, espera que ninguno se tenga que enfrentar a lo largo de su carrera a un drama de esta magnitud. «No suele ser lo habitual, pero es importante explicarle a los alumnos todo esto que ha pasado y cómo hemos intentado gestionar a tiempo real recursos y necesidades», señala.
Fuente: El Correo de Andalucía











