Analizar la actualidad en tiempo real comporta asumir un riesgo muy elevado, como ha sucedido con la crisis migratoria de Ceuta. Para explicar el hecho insólito de que más de 50.000 personas accedieran a la ciudad desde Marruecos, se ha dicho que Rabat estaba molesto con el Gobierno por el reciente viaje de Sánchez a Argelia; que a nuestro vecino del sur no le había gustado que el Congreso impulsara una propuesta para facilitar la nacionalidad española a los saharauis; e, incluso, que pretendía lograr que la final del Mundial de fútbol de 2030, organizado por España, Portugal y Marruecos, se disputara en el imponente estadio que la monarquía alauí está levantando en Casablanca.
Al final, parece imponerse la tesis de un movimiento orquestado a través de las redes sociales a partir de una sentencia del Tribunal Supremo interpretada torticeramente como una apertura de fronteras. Rabat, por tanto, no estaría detrás del asalto a Ceuta, aunque es evidente que dejó hacer porque vio una oportunidad para reforzar su permanente chantaje a España mediante el control migratorio. Si la crisis se resolvió en 48 horas, fue porque Marruecos consideró que el objetivo ya se había alcanzado.
Más tocados quedan los servicios de información de la Policía y la Guardia Civil, y también el CNI, por no haber detectado un movimiento tan numeroso de personas a escasos metros de la frontera. El Gobierno debe ofrecer explicaciones urgentes y convincentes sobre este fallo de inteligencia.
Pero, como Sánchez no desaprovecha oportunidad alguna, ya ha convertido la crisis de Ceuta en un pulso personal contra la derecha y la ultraderecha europeas, explotando las precipitadas reacciones de algunos países como la Italia de Meloni. El hecho de que Albares cargara, pocas horas antes de la reunión de ministros de Interior de la UE, contra la «internacional reaccionaria» refleja hasta qué punto el Gobierno ha visto en el asalto a Ceuta una oportunidad política.
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