La ciencia ha conseguido una hazaña incuestionable: el aumento de la longevidad. En apenas una generación, la esperanza de vida mundial pasó de 64,6 años a 73,8. Pero los años vividos con buena salud crecieron bastante menos, de 55,9 a 63,1. Eso significa que en el mundo actual una persona pasa de media 10,7 años con enfermedad o discapacidad, casi dos más que en 1990. Lo cuenta un estudio de The Lancet Public Health, elaborado a partir de las estimaciones de calidad de vida de 204 países y territorios del proyecto Global Burden of Disease entre 1990 y 2023.
Y hay un matiz importante: las mujeres viven más que los hombres en todas las regiones estudiadas. Pero también pasan más tiempo enfermas: 12,1 años frente a 9,3 en 2023. Eso significa que la ventaja femenina en esperanza de vida convive con una mayor exposición a años de dolor, fragilidad y limitaciones funcionales. El estudio señala esa diferencia en todos los niveles de desarrollo analizados.
La investigación del IHME detalla cómo se ha ensanchado, tanto entre hombres como entre mujeres, la distancia entre la longevidad y los años sanos a lo largo de la vida adulta: la diabetes controlada, el dolor de espalda que no cede, una depresión que reaparece, la pérdida de audición o una rodilla que limita los movimientos no suelen matar, pero van delimitando el perímetro de una vida.
España: mucha vida, salud desigual
España parte de una posición privilegiada. La esperanza de vida al nacer alcanzó los 83,8 años en 2023: 81,1 para los hombres y 86,3 para las mujeres, según el Informe Anual del Sistema Nacional de Salud. Es una de las cifras más altas de Europa y del mundo.
Pero una vida larga no blinda frente a la enfermedad crónica ni frente a la dependencia. España no figura entre los países que el estudio destaca por tener las brechas de morbilidad más elevadas, pero forma parte del grupo de renta alta cuya distancia media entre vivir y vivir sano llegó a 12,7 años en 2023. Estados Unidos encabezó la clasificación con 14 años, seguido de Australia, con 13,9, y Canadá, con 13,7. La investigación del IHME no demuestra que esos países vivan peor; señala que han alargado la supervivencia más deprisa de lo que han conseguido retrasar la enfermedad.
La paradoja de los países ricos quizá sea la más reveladora: sus habitantes viven más, pero también acumulan más años de mala salud. Han retrasado la muerte más de lo que han conseguido retrasar el deterioro.
La longevidad se manifiesta también en la vida diaria. / Archivo
No son solo infartos
Otro dato: el 57,4% de los años vividos con mala salud procede de un grupo de trastornos crónicos, mayoritariamente no mortales: problemas musculoesqueléticos (con el dolor lumbar a la cabeza), depresión y ansiedad, pérdida auditiva relacionada con la edad, caídas y otras lesiones no intencionadas. El artículo científico los identifica como los principales motores de la brecha entre una vida larga y una vida con buena salud.
Este impacto se nota mucho en la vida diaria. Un dolor de espalda puede obligar a abandonar un empleo o una actividad cotidiana; oír mal hace que algunas conversaciones se abandonen; una caída puede convertir una escalera en una barrera. Son problemas que rara vez provocan alarma pública, pero que multiplican consultas, cuidados y dependencia.
Dos crisis superpuestas
También hay factores modificables detrás de buena parte de la mala salud durante la vejez: la glucosa elevada, el exceso de peso y el tabaco figuran entre los principales. El análisis global describe, en realidad, dos crisis que se superponen: las enfermedades crónicas que se acumulan con la edad y las carencias (desnutrición materna e infantil, contaminación o falta de atención sanitaria) que siguen dañando la salud desde los primeros años de vida, especialmente en los países más pobres.
Referencia
Global, regional, and national trends in the morbidity gap and contributing diseases, injuries, and risk factors, 1990–2023: a systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2023. Prof Simon I Hay et al. The Lancet Public Health, Volume 11, Issue 8, e487-e505, August 2026. DOI:10.1016/S2468-2667(26)00098-8
La ecuación de la longevidad
En la ecuación de la longevidad, la edad es un factor decisivo, aunque no el único. También pesan el nivel de renta, la soledad, el trabajo acumulado sobre el cuerpo, el acceso a rehabilitación y la rapidez con la que se detectan los problemas de audición, equilibrio, visión o salud mental.
Cerrar esa brecha exige algo más que aumentar camas hospitalarias o prolongar tratamientos: actividad física adaptada, control de la diabetes y la hipertensión, rehabilitación, atención a la salud mental, revisión de vista y oído, prevención de caídas y apoyos suficientes para cuidar sin quedar atrapado en el cuidado. El IHME subraya la necesidad de reforzar la prevención, la gestión de las enfermedades crónicas, la rehabilitación y la atención de larga duración.
Fuente: Levante – EMV













