Donald Trump ha activado un nuevo “Día de la Liberación”. El presidente de Estados Unidos impuso este jueves gravámenes de entre el 10% y el 12,5% a las importaciones procedentes de 60 socios comerciales, después de que el Tribunal Supremo anulase en febrero buena parte de los aranceles aplicados mediante poderes de emergencia. La Casa Blanca recompone ahora su estrategia amparándose en una ley de 1974 para delimitar las importaciones de bienes producidos bajo «trabajo forzoso»: la Unión Europea, y por tanto España, queda sometida a una tasa adicional del 10%, que ha entrado en vigor este viernes. Quedan fuera combustibles, fertilizantes y productos ya gravados.
El golpe para España apunta a ser menor que el calculado tras el primer “Liberation Day” de abril de 2025, cuando la UE afrontaba una tarifa del 20%, pero no será inocuo. Funcas estimó entonces que aquel escenario podía restar entre dos y tres décimas al PIB español. Las ventas españolas de bienes a Estados Unidos ascendían a 18.100 millones de euros, el 1,1% del PIB, y otros 9.000 millones se incorporaban a exportaciones de socios europeos. Con un arancel del 10% no cabe dividir aquella factura por la mitad: el resultado dependerá del tipo de cambio, la respuesta europea, la capacidad para absorber el coste y la duración del conflicto. ¿Los productos españoles más afectados? Productos farmacéuticos, alimentación y maquinaria.
«Es importante mantener las relaciones con Estados Unidos y eliminar las barreras y no incrementarlas. La Unión Europea ya ha dado todos los pasos necesarios para cumplir con su parte y esto es lo que esperamos también por parte de Estados Unidos. Eliminar esas barreras ayudaría a la estabilidad de las empresas. Tenemos que volver a esa estabilidad en la que se estaba trabajando con el acuerdo cerrado en agosto y así poder cumplir el acuerdo», ha apuntado este mismo viernes el vicepresidente primero y ministro Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo.
La exposición es desigual. Estados Unidos absorbe más del 10% de las exportaciones españolas de generadores eléctricos, aceites, barcos, vino y determinados productos químicos. La primera presidencia de Trump ofrece una advertencia: el arancel del 35% aplicado en 2018 a la aceituna española provocó una reducción de volumen similar, según Funcas. Las empresas vuelven a una disyuntiva conocida: rebajar precios y sacrificar margen o trasladar el gravamen al cliente y arriesgarse a perder ventas.
Los efectos indirectos pueden ser más importantes que el impacto bilateral. Una menor actividad en Estados Unidos y Europa debilitaría la demanda de componentes españoles, especialmente en la automoción, un sector que no vive ya de por sí su mejor momento. A ello se suma el desvío de comercio: los productores expulsados del mercado estadounidense buscarán compradores en Europa, aumentando la competencia y presionando márgenes. Funcas alerta además de que la incertidumbre regulatoria enfría la inversión, ligada a las exportaciones.
Países que se benefician
La ronda de 2025 demuestra que los aranceles reducen el comercio afectado, aunque no necesariamente el comercio mundial. BBVA Research calcula que cada punto porcentual de incremento tarifario recortó alrededor de un 2% las exportaciones del país y sector afectado hacia Estados Unidos. Un aumento medio de siete puntos habría supuesto una caída cercana al 14%. Sin embargo, la fortaleza de la economía estadounidense y la demanda de bienes vinculados a la inteligencia artificial compensaron parte del descenso. México, Taiwán y varias economías asiáticas ganaron terreno, mientras China perdió cuota.
CaixaBank Research ya había constatado esa recomposición. En junio de 2025 estimaba que el arancel medio estadounidense rondaba el 15%, cinco veces más que al inicio de la escalada de 2018 y en niveles no vistos desde los años cuarenta. Las ventas chinas se redirigieron hacia Asia, América Latina y África, y parte de las mercancías alcanzaron Estados Unidos a través de terceros países. El proteccionismo no eliminó las cadenas globales: las hizo más largas y costosas. Tampoco garantizó reducir el déficit exterior, porque los mayores costes y las represalias dañan las exportaciones estadounidenses.
Para las empresas españolas, la amenaza no se limita a la aduana. Luis Cañal, socio de Auditoría de EY, advierte de “revisiones a la baja de previsiones de ventas y flujos de caja, deterioros de activos y dificultades para valorar existencias y cuentas a cobrar. También pueden multiplicarse las renegociaciones, la búsqueda de proveedores alternativos y las necesidades de financiación”. En los casos más expuestos, las empresas deberán evaluar su continuidad en el mercado estadounidense.
La ofensiva llega con el petróleo en torno a los 100 dólares por la escalada con Irán, lo que añade otro foco de costes e inflación. Para España, la clave será cuánto dure el arancel, si Bruselas responde y hasta qué punto las compañías diversifican mercados. La lección de las rondas anteriores es clara: el comercio se adapta, pero la adaptación tiene precio, concentra daños en sectores concretos y convierte la incertidumbre en un impuesto sobre la inversión.
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