Con la mejor buena fe cualquier biógrafo ocasional de David Sánchez Pérez-Castejón tendrá graves dificultades para detectar y establecer hechos exactos e incontrovertibles, hasta el punto de que lo único que parece indiscutible es su fecha de nacimiento y ser hermano de Pedro Sánchez, actual presidente del Gobierno y secretario general del PSOE.
Por supuesto no existen datos sobre su infancia y juventud, casi como al presidente, que al parecer llegó a la vida terrenal como uno de los chicos que revoloteaban alrededor de Pepe Blanco en su época de secretario de Organización del PSOE. Pedro Sánchez publica cartas proclamándose enamorado de su esposa Begoña, nos recomienda libros y discos por Tik-Tok y nos comenta los deportes que practica con fruición, pero jamás habla de su infancia, de sus padres o de su familia. Está en su derecho, pero tanta contención despide un leve perfume de inconsistencia.
Lo más probable es que al presidente no le guste contar absolutamente nada de su vida privada por carácter, pero también porque exponerse es fragilizarse. El adversario –no se diga el enemigo– lo único que debe saber de tí es que tú eres el que manda.
Con David Sánchez ocurre lo mismo. Su pasado es más neblinoso que el estrecho de Baring en pleno invierno. Es conocido artísticamente como David Azagra, pero aunque te sumerjas un par de horas en el océano internáutico apenas encontrarás información sobre el que se presenta como un músico de prestigio internacional. No empecemos por el pentagrama, sino por los idiomas. Se afirma machaconamente que Azagra –perdón, Sánchez– domina entre ocho y nueve idiomas. Generalmente se afirma que son ocho, pero algunos, más afectados por la admiración, elevan la cifra a nueve. Por supuesto no se ha mostrado jamás un documento que lo certifique. Según los expertos en poliglotismo solo el 0,0005% de la población española –unas 300 personas en todo el país– saben expresarse en ocho o más idiomas.
Su hermano habla estupendamente inglés, se defiende con más o menos pericia en francés e incluso conoce una pizca de italiano y ya nos parece un prodigio.
Vayamos a lo principal. Según la leyenda extremeña –una leyenda extremadamente extremeña– David Azagra estudió en el Conservatorio Estatal de San Petersburgo, una institución de prestigio centenario, y aprobó una licenciatura drapeada de sobresalientes y matrículas. Este centro docente en la antigua capital rusa es uno de los más exigentes del mundo y, por supuesto, exige un manejo más que aceptable del ruso, incluida todo el campo semántico de las técnicas musicales.
Uno echa un vistazo, de nuevo, al universo web y no encuentra ni un ápice de información sobre este título académico expedido en Rusia. Cuando empezaron las denuncias y comentaros críticos sobre la plaza concedida al músico Sánchez en la Diputación de Badajoz tuvo una oportunidad magnífica de acreditar toda su trayectoria académica y profesional, pero en lugar de fulminar a los maldicientes publicando su currículum con todo su deslumbrante detalle, se quedó callado.
Tampoco lo ha hecho ni ha anunciado que lo hará después de la sentencia judicial. Todo lo demás que se ha comentado –su participación, en todo caso marginal, en algunos festivales, por ejemplo- también entra en una zona de penumbra. Pero se puede afirmar algo evidente: un profesional de la música con una carrera sólida y solvente a nivel internacional– y máxime cuando ya ha cumplido 52 años– debería arrastrar muchas referencias: grabaciones discográficas y videográficas, monografías especializadas, entrevistas, crónicas, artículos, declaraciones de compañeros, alumnos y discípulos. Y no hay casi nada. Muy poca cosa. Ah, está ese fragmento de ‘La danza de las chirimoyas’, un título perfecto para animar a cualquier columnista desalmado de derecha extrema o extrema derecha. Lo he escuchado y no me parece mal. Sánchez toca el piano más que aceptablemente y la pieza, en sí, no está mal, aunque carezca de cualquier originalidad.
De modo que la biografía de David (Azagra) Sánchez solo puede incluir como evidencia indiscutible que fue sentenciado por la Audiencia de Badajoz a nueve años de inhabilitación para empleo o cargo público por el delito de cooperación necesaria en prevaricación administrativa, sin pena de cárcel al ser absuelto de tráfico de influencias. La sentencia no es una maldición egipcia: puede ser recurrida ante el Tribunal Superior de Justica de Extremadura e incluso, posteriormente, puede presentarse un recurso de casación en el Tribunal Supremo. Como ocurre en cualquier país democrático con plenas garantías procesales. Todo lo demás son brumas, invenciones o chirimoyas.














