Frente a la máxima atribuida a Oscar Wilde que dice que la moderación es una cosa fatal, porque nada tiene tanto éxito como el exceso, el Ayuntamiento de Santiago ha decidido hacer exactamente lo contrario. Así, en lugar de convertir las Fiestas del Apóstol en el gran escaparate internacional de la ciudad, ha optado por la versión low cost del entusiasmo.
La explicación oficial merece figurar en la antología de los grandes eufemismos políticos: «menos días para ganar calidad». Una frase tan ingeniosa como sostener que un restaurante mejora su cocina reduciendo la carta hasta dejar únicamente el menú infantil.
Lo extraordinario no es el argumento, sino pretender que alguien se lo crea. La calidad nunca se ha medido con el calendario, sino con la ambición. Y precisamente de eso adolece este programa: de una llamativa alergia a pensar en grande, como si ello fuese un lujo ideológicamente sospechoso.
Santiago no es un lugar cualquiera que celebra sus fiestas patronales. Es una de las urbes más conocidas de Europa que necesita estar a la altura de ese privilegio. Sin embargo, el BNG parece empeñado en gestionar la ciudad con la misma ambición con la que se organiza una semana cultural de instituto. Y eso es una oportunidad perdida.
Un buen ejemplo de esto lo encontramos en el hecho de que, a solo dos días del comienzo de las fiestas, la ciudad desconocía quién sería el pregonero. Resulta difícil imaginar un símbolo más elocuente de improvisación. Es como si un club de fútbol llegase al primer partido de la Liga sin anunciar quién se sentaría en el banquillo.
Mientras Vigo llena Castrelos con artistas de proyección internacional, Bilbao convierte cada Aste Nagusia en un acontecimiento europeo y otras ciudades entienden que sus fiestas son una inversión económica, turística y cultural, el Ayuntamiento de Santiago se conforma con unas celebraciones que difícilmente atraerán a un solo visitante que no estuviera ya aquí.
Lo peor es que no estamos ante una cuestión de presupuesto, es una cuestión de imaginación. Porque la diferencia entre un gestor mediocre y un gran gestor no está en el dinero disponible, sino en la capacidad para usarlo.
Nadie discute el talento de los artistas invitados. Algunos poseen trayectorias excelentes y merecen todo el reconocimiento. Pero una ciudad como la nuestra debería aspirar a ser uno de los lugares de referencia de los grandes acontecimientos culturales del verano. Sin embargo, da la impresión de que el Ayuntamiento ha confundido autenticidad con resignación. Como si aspirar a traer grandes artistas, grandes espectáculos o grandes producciones fuese una especie de pecado contra la esencia compostelana. Y no lo es.
En el año 2000 Santiago fue Capital Europea de la Cultura. Hoy parece conformarse con ser la capital europea de las explicaciones. Todo tiene una justificación: si las fiestas son más cortas, es por la calidad; si el cartel es modesto, es por la autenticidad; si falta ambición, será porque la ambición también contamina.
Las ciudades no empequeñecen cuando les faltan recursos. Empequeñecen cuando les sobra conformismo. Hay gobiernos que salen al campo convencidos de que pueden ganar la Copa de Europa, mientras otros celebran con orgullo asegurar su permanencia en Primera Regional. La pregunta final es que ciudad queremos tener.














