«Tres cosas no hay en España/ azúcar, café y jabón/ El que tenga alguna de ellas/ es que la trae del Peñón«. Así cantaba la copla que se hizo popular en los pueblos del Campo de Gibraltar y que respondía a una imagen que forma parte de la memoria colectiva de sus pueblos, el de las matuteras: un bolso abierto, una cremallera que cede bajo la mirada de un guardia, para dejar ver una pastilla de jabón, un paquete de café, otro de picadura de tabaco, un cartucho de azúcar, un poco de mantequilla y también penicilina, el antibiótico que salvó tantas vidas en aquel rincón de la España en blanco y negro.
Mucho antes de que la Verja de Gibraltar fuera un asunto de la diplomacia europea, que ha tenido este miércoles de medianoche su entierro formal con la entrada en vigor del acuerdo entre la Unión Europea y Reino Unido, la frontera tenía nombre de mujer. El de todas esas aquellas que fueron «motores de supervivencia», en definición del periodista e investigador Juan Miguel León Moriche, autor del libro Memoria de mujer. Víctimas de la represión y resistentes al franquismo en el Campo de Gibraltar (Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar, 2024), que dedica en su investigación un capítulo a estas mujeres que, empujadas por la represión, la viudedad y el hambre, convirtieron la frontera de Gibraltar en una forma de vida con astucia y esa gracia natural para la supervivencia que ha caracterizado siempre estos pueblos al sur del sur gracias al estraperlo escondido en refajos pegados al cuerpo, en los dobles fondos de los bolsos o escondidos bajo las capas de faldas enormes.
«Muchas habían perdido al marido, al padre o al hermano en la guerra o víctimas de la represión franquista; otras tenían familiares presos, exiliados o enfermos. Salieron de sus casas, de las que probablemente nunca habían salido solas, y se echaron a los caminos, a pie o en tren, en travesías de más de 50 kilómetros, desde los pueblos de la Sierra de Cádiz o de Málaga hasta la Estación de San Roque, para llegar después a La Línea y Gibraltar», explica León Moriche, promotor del centro documental La Casa de la Memoria La Sauceda, en Jimena de la Frontera. La entrada del patio de este espacio que honra la memoria de los represaliados y víctimas de la dictadura y el régimen es hoy un homenaje a las matuteras con una exposición permanente de paneles informativos que divulgan sobre este pasaje de nuestra historia. Esa que aparece en los márgenes de los libros de Historia.
Muchas habían perdido al marido, al padre o al hermano en la Guerra Civil o eran víctimas de la represión franquista; otras tenían familiares presos, exiliados o enfermos. Salieron de sus casas, de las que probablemente nunca habían salido solas, y se echaron a los caminos desde los pueblos de la Sierra de Cádiz o de Málaga hasta la Estación de San Roque, para llegar después a La Línea y Gibraltar
«El contrabando en todos los niveles, a grande y pequeña escala, existía ya desde el siglo XIX en esta zona del Campo de Gibraltar», apunta León Moriche. En el Campo de Gibraltar los mayores todavía recuerdan historias de perros contrabandistas, entrenados en Taraguilla a finales del siglo XIX, que llevaban y traían tabaco del Peñón con paquetes atados a sus lomos. Estaban tan enseñados que se agachaban cuando veían a los guardias. «Lo que ocurre es que a partir después de la Guerra Civil crece y se intensifica. Para escapar de la miseria muchas más mujeres y también hombres pasaron a dedicarse al contrabando porque es uno de los pocos modos de escapar de la miseria y el hambre que vino con la posguerra», explica. El cineasta Juanma Díaz Lima narra en el documental De estraperlo (2010) las destintas formas del comercio clandestino que se dio en la España franquista en la comarca del Campo de Gibraltar con el Peñón como oasis de abundancia.
La Focona, la frontera de Gibraltar
Aquello más que una estampa pintoresca era la imagen real de una economía de resistencia nacida de la necesidad. «La mayoría de las mujeres en situación de desamparo y desesperación recurrieron a una nueva actividad: el matute, producto de contrabando no sometido a ninguna fiscalidad. Tenían un escaso nivel alfabético, pero una sabiduría y un carácter heredados de otras muchas mujeres supervivientes: en ello les iba la subsistencia y la vida», describe también el cronista oficial de Casares Benito Trujillano en uno de los artículos escritos en la revista que editaba el Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar llamada Cuatro esquinas –Four Courners: La Focona. Así ser conocía popularmente a la frontera en el acervo de todos esos trabajadores transfronterizos que a lo largo de las décadas han encontrado en la colonia británica su sustento. En 2026, más de 15.500 personas, de ellos casi 11.000 españoles, el 70% de la masa laboral del Peñón.
Para rendir homenaje a todas ellas y restituir la imagen de las matuteras, el Ayuntamiento de San Roque ha impulsado esta primavera un programa divulgativo. Alfonso Valdivia, delegado de Turismo, del Consistorio defiende este proyecto, con vocación de permanencia en el tiempo, que nace de una necesidad de reparación. «Hay silencios que han durado demasiado y la historia de las matuteras de nuestros pueblos merece ya el ruido, el sonido y, sobre todo, sacar a la luz el testimonio de esas mujeres que durante mucho tiempo mantuvieron sus relatos en silencio, casi avergonzadas de aquella etapa, cuando fue el modo en que pudieron sacar por sí solas adelante sus casas».
No eran delincuentes, eran motores de supervivencia
«No eran delincuentes, ellas no tenían otra manera de dar de comer a sus hijos», opina Eli Pecino, colaboradora de la delegación de Turismo del consistorio sanroqueño y uno de los perfiles que más ha contribuido a reunir perfiles de mujeres protagonistas de este modo de vida en el documental Matuteras, un proyecto de JD Visual y guion de Alberto García Martín.
«Llegaban muy temprano, en tren o andando, desde la Serranía de Ronda, Casares, Montejaque, Cortes, Teba y otros pueblos de Málaga y Cádiz, cargadas con lo que daba el campo cada temporada: si era tiempo de lechugas, lechugas, si era tiempo de patatas, traían bolsas patatas… y también conejos, chorizos, morcillas, manteca colorá. Vendían todos esos productos en la estación de San Roque, en La Línea y, algunas otras llegaban a Gibraltar porque a más trayecto, más controles y más posibilidad de que el guardia requisara lo que llevaba», explica. Con ese dinero compraban después lo que en la España del hambre sonaba casi imposible: café, tabaco de picadura, leche en polvo, medias, penicilina o jabón carbólico, «que curaba muchas enfermedades de la piel», apunta sobre todas esas imágenes que sus padres, que fueron emigrantes en el País Vasco, le confiaron «casi sin darle importancia». Son estas historias las que han quedado sepultadas bajo la oficialidad contada desde el estallido de la Guerra Civil, de la que este sábado se cumplen 90 años.
Las taleguillas, las niñas que ayudaban a las matuteras
El matuteo no fue sólo un modo de supervivencia para mujeres adultas, sino también para todas esas niñas y niños a los que la necesidad arrancó de las escuelas. Hubo muchos niños que con apenas ocho años empezaron a trabajar en las amplísimas huertas que dejaban la fértil vega de los ríos Guadiaro o Guadacorte o guardando cochino en las fincas de los señores de la zona. Y también fueron muchas las niñas que no pudieron apenas aprender a leer y escribir para ayudar en la estación y llevar unas pesetillas a casa. Su madre, Adriana López Avilés, y su tía Loli López Avilés formaron parte de ese mundo: no fueron matuteras, aclara, pero sí ayudaban a las mujeres que llegaban cargadas del estraperlo.
«Las niñas no iban a la escuela, las pobres, iban a la estación», cuenta. Algunas llevaban las llamadas «taleguillas», pequeños bolsos de tela donde las matuteras repartían cantidades de café para sortear los controles del tren. Si la Guardia Civil preguntaba, las niñas respondían que era «un poquito de café» para su familia en otra estación, en La Almoraima o Jimena. Los agentes podían sospechar, pero no siempre demostrarlo. Después, aquellas criaturas devolvían la mercancía, cobraban algo y regresaban andando a sus casas, con ocho o diez años. «Es una historia muy fuerte», dice Pecino. En el documental, que ahora busca distribución en plataformas según apunta Pecino, aparece el testimonio de algunas de ellas, hoy nonagenarias.
Con el desarrollo económico de España, ya en los años 70 y 80, ese matuteo cambia hacia otros productos con más margen, como tabaco o whisky. Y sobre todo el contrabando se intensificaría y mutaría a partir de 1982 con la reapetura de la Verja tras el cierre de 1969, otro de los mazazos que sufrió la economía de la comarca: la llegada a España de la democracia y el inicio de una forma de contrabando que iba a llegar para quedarse: los cargamentos a través del mar.
El origen de ese contrabando, una gangrena social en toda Andalucía, nada tiene que ver con el relato de resistencia de las matuteras. En el Campo de Gibraltar de la primera posguerra, la pobreza no solo se medía en hambre, luto o cartillas de racionamiento. También tenía forma de analfabetismo. Según el Censo de 1940, casi cuatro de cada diez habitantes de la comarca no constaban como alfabetizados, y entre las mujeres el porcentaje se acercaba al 45%. En la Andalucía rural de posguerra, el analfabetismo femenino no era una excepción, sino una condición de partida: muchas de aquellas mujeres no sabían leer ni escribir, pero sabían vender, esconder, calcular, caminar de noche y sostener una casa entera con lo que cupiera en un bolso. Y hoy ya nadie le mira el bolso en la Verja.
Fuente: El Correo de Andalucía















