Entusiastas a pesar de todo, del calor sofocante, de lo pequeño que se ve a los futbolistas a través de una pantalla de televisión en un bar cualquiera, de la mala baba del VAR anulando goles que se habían celebrado a plena garganta, a ritmo de tambor, de que te deje fuera del Mundial una selección, la inglesa, vecina en lo futbolístico, a la que habías superado con enorme superioridad a lo largo de los 90 minutos originales. Jude Bellingham, con su sexto tanto, se encargó de arruinar la ilusión noruega, pero no las ganas de fiesta y jolgorio patriótico de una colonia numerosa de escandinavos, la afincada en Alfaz del Pi, que terminó llorando… sin renunciar a la alegría de haber vivido un sueño en la terreta.
Toda Alicante se ha sentido, en algún momento de la madrugada tórrida del domingo 12 de julio, un poco nórdica, un poco vikinga, decidida a remar y remar para acabar naufragando a escasas millas de tierra firme después de protagonizar una odisea colosal siendo uno de los países más pequeños de los 48 que iniciaron esta carrera de locos el pasado 11 de junio, de la que ya solo quedan cuatro con vida.
Emoción cantando los himnos, respetando el ‘God Save the King’ británico al arrancar, el minuto de silencio por la muerte prematura del futbolista Jayden Adams… hasta que empieza a rodar el balón y todo se vuelve jerga ininteligible para la mayoría, orgullo nacional, enardecimiento coral. Bares repletos de camisas rojas, de cruces azules horizontales, animando sin parar, sin dejar de cantar, y cada poco, cuando el equipo de Erling Haaland lo necesita, poner el alma en el golpe de remo, en ese ¡Ro! que sale de las entrañas mientras te impulsas hacia atrás, sentado en el suelo, en un gesto multitudinario que ya quedará grabado para siempre en la memoria de esta provincia, rendida a la pasión norteña de los bárbaros más sociables y educados de cuantos han pasado por la Península Ibérica, que son muchos, cada verano.
No hubo premio para Noruega, que ha terminado hincando la rodilla delante de la armada inglesa, menos enérgica, pero mejor dotada, con munición de mayor pegada y más alcance. En lo que sí hubo empate fue en el consumo de cerveza, el mayor que se recuerda en la zona, hasta casi agotar las existencias. También en la capital, en los bares alrededor de la Concatedral de San Nicolás y de la Plaza Nueva apenas cabía un alfiler. Todos con la mirada dirigida al verde catódico que se proyectaba en el océano de pantallas repartidas por todos los rincones. Faltó el rugido final, el ritmo frenético de la hinchada noruega que, por primera vez en su historia, se ha asomado a la grandeza insólita de una semifinal mundialista. El ¡Rema!, que se escucha «¡Ru! y suena a eso tan hermoso de «a la siguiente será»…, se apaga ahora con la boca pequeña porque habrá más… y también serán en Alfaz del Pi, con ecos en toda Alicante.
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