Vivimos días oscuros. Lo ha dicho el rey, casi en voz baja, para respaldar su llamamiento a seguir confiando en la democracia y en su capacidad de consenso, a proseguir con la «tarea inacabada de construir un mundo más libre, más responsable y más concienciado». Qué bien suenan sus palabras, aunque todo apunte a que ya no se trata de una tarea inacabada sino abandonada. Felipe VI no especificó a qué se refería con la oscuridad de los tiempos. No hacía falta. Sus palabras expresaban lo que todos reconocemos: la degradación moral de la vida pública, la sensación de que algo esencial se está deteriorando en nuestra forma de convivir.
En España, un portero de fútbol, con gafas de sol de montura amarilla y los brazos tatuados apoyados sobre la balconada del ayuntamiento, agarra el micrófono durante la celebración del ascenso de su equipo. «Voy a soltar aquí una expresión y vosotros contestáis con lo que os salga: ¡Pedro Sánchez…!». «¡Hijo de puta!», completa la multitud. El club pide disculpas inmediatamente: «La emoción y la euforia del momento no pueden hacernos perder de vista los principios de respeto y convivencia».
La escena refleja el espíritu de la época. «Contestad con lo que os salga». No con lo que penséis, no con lo que sepáis, no con lo que consideréis justo, sino con lo que os salga. Ese desahogo emocional, esa renuncia a la reflexión en favor del impulso, se ha convertido en la forma dominante de participación pública. La emoción sustituye al juicio, el espectáculo a la deliberación y la propaganda a la verdad.
Basta asomarse al debate político de estos días. Mientras se acumulan los escándalos y las investigaciones sobre personas situadas en el corazón del poder, buena parte de la conversación pública parece organizada para impedir que los ciudadanos comprendan lo que ocurre. Si uno ha sintonizado estos días la TVE de Jesús Cintora, la que pagamos todos, difícilmente se habrá enterado de la gravedad de los delitos ya probados de quien fue ministro y hombre de máxima confianza del presidente del Gobierno. Los hechos importan poco. Importa el relato: conspiraciones judiciales, cacerías mediáticas. Y si no puedes con los hechos, ignóralos. Veinticuatro horas después de conocerse una sentencia histórica que advierte de la podredumbre del sistema, la única intervención pública de Pedro Sánchez era un vídeo en las redes sociales para recomendar cremas de protección solar. Como si nada estuviera ocurriendo.
Vivimos tiempos oscuros. Un ministro que pasa en pocos meses de símbolo de la regeneración a símbolo de la corrupción institucionalizada, el cohecho y la traición a la confianza pública. Una televisión pública más preocupada por excitar las emociones que por informar. Un presidente desaparecido. Un partido que responde a los escándalos con propaganda. «Contestad con lo que os salga». Esa parece ser hoy la norma del debate público. No pensar, no contrastar, no comprender. Reaccionar. Insultar. Aplaudir. Odiar. Como si las emociones bastaran para gobernar un país. Y ninguna democracia puede sobrevivir mucho tiempo cuando sus ciudadanos dejan de responder con lo que piensan para responder únicamente con lo que les sale.
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