Cuando Donald Trump inició su segundo mandato, el 20 de enero de 2025, hizo pública dos obsesiones convergentes: recuperar el control del Canal de Panamá y la hegemonía de Washington al sur del río Bravo. Un año y medio después, el mapa político regional se ha acomodado a las apetencias del magnate republicano. El triunfo del ultraderechista Abelardo de la Espriella en las presidenciales confirma la velocidad con la que Sudamérica gira a la derecha, con distintas intensidades y la mirada puesta en EEUU como principal referencia política, económica y militar. La velocidad de los cambios es frenética: 2026 comenzó con la operación norteamericana en Venezuela que derivó en el secuestro de Nicolás Maduro, y, semanas más tarde, la victoria en las urnas chilenas del ultra José Antonio Kast.
La ola se ha extendido en toda la costa del Pacífico. Un trámite electoral demora la confirmación del triunfo de Keiko Fujimori en el segundo turno peruano por muy pocos votos. Ahora es Colombia la que se suma a un sesgo ideológico en común que también incluye al ecuatoriano Daniel Noboa. Bolivia y Paraguay son también socios del Escudo de las Américas que Trump constituyó meses atrás haciendo gala de su desdén por el idioma español en una ceremonia realizada en Washington. Del «otro lado» quedan el pequeño Uruguay y Brasil. Luiz Inacio Lula da Silva sabe de antemano que pelea en octubre por su reelección en medio de una tendencia alrededor que profundiza su cerco.
Aunque las dos economías más grandes de América Latina, según su Producto Interno Bruto (PIB), siguen gobernadas por la izquierda (Brasil y México), las tres siguientes tienen o tendrán al frente a mandatarios de extrema derecha: Argentina, Colombia y Chile.
Próximo objetivo: Brasil
De la Espriella se ha presentado en las elecciones colombianas como un outsider que desprecia la política tradicional y se jacta de portar un pasaporte de EEUU, lo que en los hechos lo convierte en un verdadero insider. Su triunfo alienta a Flávio Bolsonaro, quien, en nombre del padre encarcelado, quiere recuperar el poder en Brasil. «Las agendas de derecha siguen triunfando en toda América, porque luchamos contra las organizaciones narcoterroristas, contra la corrupción, contra el aumento de impuestos y luchamos para que nuestras naciones sean libres y prósperas», escribió en X apenas se conocieron los resultados colombianos.
Bolsonaro Jr había sido recibido en Washington en mayo pasado por Trump. Desde allí se comunicó con De la Espriella. Eduardo Bolsonaro, quien vive en Estados Unidos, donde evade una condena judicial por promover desde ese país una campaña contra Brasil, se sumó a la videollamada. La conversación tuvo un propósito claro: la necesidad de constituir un frente contra la izquierda en una Sudamérica que comenzó sus transformaciones en 2023 con la llegada al poder en Argentina de Javier Milei. Esa alianza acaba de fortalecerse. «Derrota de los socialistas, partidarios de las FARC y de los narcoterroristas ahora en América Latina. Solo faltamos nosotros y Uruguay», celebró Eduardo Bolsonaro.
Un nuevo eje
La llegada a la Casa de Nariño del abogado millonario promete tener incidencias en la campaña electoral brasileña. De la Espriella reiteró su deseo de contar con el apoyo de Trump e Israel para atacar a las remanencias de la guerrilla y los grupos narcotraficantes con bombardeos y fumigaciones de cultivos ilícitos en el mayor productor mundial de cocaína. Flávio Bolsonaro quisiera hacer lo mismo. Desde que, a pedido suyo, Trump declaró «organizaciones terroristas extranjeras» a los grupos delincuenciales PCC y el Comando Vermelho, hegemónicos en San Pablo y Río de Janeiro y expandido en los países limítrofes, sumó un blasón de interlocutor privilegiado del multimillonario republicano e intentará hacerlo valer en las elecciones de octubre.
Lula ha reclamado en más de una oportunidad a Trump que se abstenga de intervenir en los asuntos internos de Brasil como lo ha hecho en Argentina, Honduras y Colombia. Casi nadie espera que el presidente de Estados Unidos se retracte. Washington está muy interesado en la constitución de un eje ultra que integre a Argentina, Colombia y Brasil. La Unión de Naciones Suramericana (Unasur), el proyecto de integración que a comienzos de siglo promovió especialmente la diplomacia brasileña quedaría por completo desactivado. El aislamiento regional de México sería mayor sin Lula en el Palacio del Planalto.
Cuba y Venezuela
Al margen de lo que pueda ocurrir en las elecciones brasileñas, Trump y Marco Rubio tienen una obsesión adicional: forzar el derrumbe del Gobierno cubano antes de fin de año. La situación de la isla es calamitosa. Su apertura económica de amplio alcance depende del aval norteamericano. El silencio de la Casa Blanca es estruendoso. Trump no parece haber renunciado a su afán de «conquistar» a la mayor de las Antillas.
Venezuela, mientras, permanece en el limbo político. Desde el secuestro de Maduro y el interinato de Delcy Rodríguez, funciona como una suerte de protectorado de Estados Unidos. La nueva realidad llevó a Trump a publicar una provocadora imagen de ese país absorbido por EEUU. Por el momento, el Departamento de Estado no considera prioritario acelerar la transición democrática y que se convoquen a elecciones. Para el post madurismo sería una proeza retener el Gobierno frente a una candidatura opositora respaldada por la Casa Blanca. La impopularidad preexistente al 3 de enero y el anhelo de importantes sectores de la sociedad de pasar de página invitan a los analistas a imaginar a Venezuela sumada más temprano que tarde a esa entente regional, en la medida que este se consolide.
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