A Carmen Machi (Madrid, 1963) ya solo le hace falta un papel como candidata del PP a la Presidencia del Gobierno o como secretaria de Organización del PSOE en plena oleada de corrupción. O por qué no, el de protagonista de una película donde interpretara la versión femenina del juez Peinado o se metiera en la piel de, por ejemplo, lideresa de Vox en Murcia o en Castilla y León. Todos esos papeles —imaginarios, no imposibles— podrían ser cualquier cosa. En unos drama, en otros comedia. Los dos contrarios se tocan en los cuatro ejemplos. A veces basta con lanzar una moneda al aire.
Porque no resulta difícil imaginarla bordando cualquiera de esos personajes, Carmen Machi es la artista total, ese tipo de intérpretes aferrados al estereotipo de ‘camaleónicos’ que se aplica cuando se acaban los epítetos o acompaña a periodistas aquejados de pereza. David Bowie camaleónico, Robert de Niro camaleónico, Carmen Maura camaleónica. Por acabar el párrafo con otro tópico, está a un buen musical de ser considerada —otra camaleónica— la Meryl Streep española. Los tópicos más comunes, más necios, más usados, pueden resultar interesantes según la habilidad de quien los emplea, vino a decir Jane Austen.
Carmen Machi acaba de ser reconocida con el Premio Nacional de Cinematografía 2026. Podrían haberle dado el de Teatro, donde lleva pisando tablas y recitando a Shakespeare desde 1994, diez años antes de que Aída la encumbrara al cielo de la popularidad. O el de Televisión, ya puestos, el medio que da y que quita y en el que ya nos hemos acostumbrado a verla de madre, hija y hermana arrebatada por la vida, carne de Diazepam en el barrio imaginario de Esperanza Sur (Siete vidas, Aída), o de inspectora de Hacienda a la caza del fraude fiscal de una cantante famosa (Celeste). O de inspectora de policía del caso Maje (La viuda negra); o de madre delirante que aísla a sus hijos del mundo porque tiene una misión divina (La Mesías). O de ella misma en la espléndida revisión cinematográfica de Aída que su amigo Paco León ha estrenado este mismo año (Aída y vuelta).
Formada sobre los escenarios, Machi ingresó a los 17 años en una compañía teatral de Getafe, ciudad pegada a Madrid en la que estudió, una suerte de trasunto de Esperanza Sur donde se estrenó como actriz con una obra de Lorca, Bodas de sangre. Su currículum actoral es una continua victoria sobre el edadismo. Tras decenas de incursiones en el teatro, de Valle-Inclán a Shakespeare, el éxito masivo le llegó con Siete Vidas a los 37 años, esa edad en que para muchos productores las mujeres cumplen años por castigo. Comenzó en Aída a los 41 y era chica Almodóvar (Hable con ella) con 42. Ha incurrido en otras cuatro de las producciones más notables del director manchego (Los abrazos rotos, La piel que habito, Los amantes pasajeros y Amarga Navidad). Y entre medias, en esa fase de la vida en que eso que dicen ‘la mediana edad’ condena a las mujeres al ‘amable’ correctivo del ostracismo, llegaron Manuel Gutiérrez Aragón (El caballero Don Quijote), Álex de la Iglesia (Mi gran noche, El bar), Isabel Coixet (Nieva en Benidorm), Fernando Colomo (La tribu), Paco León (Arde Madrid, Rainbow), Los Javis (La Mesías) y, por su puesto, la película más taquillera del cine español, Ocho apellidos vascos, y la posterior secuela dirigida por Emilio Martínez Lázaro. Su nómina de premios es también considerable: el Goya, el Ondas, el de la Academia de Televisión, el Fotogramas, el de la Unión de Actores, el Max, el Valle-Inclán de teatro, etcétera.
Alejada de los clichés que tan pronto encumbran como relegan al olvido a otras buenas actrices del cine universal, Carmen Machi no es la más guapa ni la más sexy ni tiene la voz más bonita ni derrocha en público una simpatía impostada. Es solo una actriz descomunal que convierte a mujeres normales en personajes inolvidables. «Debo de tener cara de persona muy normal, pero a la gente normal también le pasan cosas extraordinarias», le dijo a Martín Bianchi en una entrevista en El País.
Sin hijos y unida sentimentalmente a su pareja desde hace más de 20 años, Carmen Machi tiene ahora la misma edad que los dos últimos dígitos del año en que nació. Vive en el barrio madrileño de Malasaña, ese en que según el tópico —otra vez—, entre oleadas de turistas que buscan Le Marais parisino o el Greenwich Village de Nueva York, habitan artistas, bohemios y viejos rockeros, pero de forma mayoritaria, gente normal que brinda en cada cumpleaños por continuar trabajando.










