La Rosaleda bajó este domingo el telón de la temporada 2025/2026 con una de esas noches que justifican una vida entera de fidelidad a unos colores. El Málaga CF jugó ante la UD Almería el partido de ida de la final del play off de ascenso a Primera División . Tras estos 90 minutos, una cosa es segura: no habrá más fútbol oficial esta campaña en Martiricos. La vuelta de este cruce por el ascenso será el próximo sábado en Almería y allí se resolverá si el equipo blanquiazul regresa a la élite o si tendrá que volver a intentarlo la próxima temporada desde LaLiga Hypermotion.
La cita tuvo, por eso, un aire especial. No es sólo era el primer asalto de una final andaluza por el ascenso. Era también una despedida. La despedida de una temporada histórica en la que La Rosaleda y el Málaga han caminado de la mano hasta convertir cada partido en casa en una demostración de fe colectiva. Una comunión entre grada y equipo que ha sido envidia del fútbol nacional y que ha devuelto al malaguismo una sensación que parecía perdida: la de sentirse capaz de cualquier cosa cuando su estadio empuja.
Una noche para cerrar un curso inolvidable
El Málaga no sabe todavía qué encontrará cuando vuelva a abrir las puertas de La Rosaleda para un partido oficial el próximo mes de agosto. Ahí reside buena parte del simbolismo de esta última noche. El próximo rival en Martiricos puede ser el Real Madrid, el Atlético, el Betis o el Sevilla. O puede ser el Burgos, el Sporting, el Eibar o cualquier otro compañero de viaje en Segunda División. Entre un escenario y otro hay 90 minutos, quizá 120, para decidir la suerte del cruce abierto contra la UD Almería.
Esa incertidumbre convirtió el duelo en mucho más que una final. La Rosaleda despidió la 25/26 sin saber si está diciendo adiós a una etapa o simplemente cerrando un capítulo más de resistencia.
Martiricos volvió a creer
Durante todo el presente curso 2025/2026, La Rosaleda ha sido algo más que un estadio. Ha sido refugio, impulso y argumento. Cada jornada importante ha servido para reforzar ese vínculo entre el equipo y su gente. El malaguismo ha llenado, ha apretado, ha sufrido y ha celebrado con una intensidad propia de las grandes plazas. No ha esperado a estar en Primera para comportarse como una afición de Primera. Y creo que cualquiera de esos últimos recibimientos que han tenido los jugadores blanquiazules, cuando han llegado al estadio para jugar estos últimos partidos, son un buen ejemplo de esa fiebre blanquiazul de toda Málaga con su equipo.
Por eso, lo de esta noche ante el Almería tuvo tanto peso sentimental. Quizás haya sido (ojalá) el último partido en casa antes del regreso a la máxima categoría. O puede que haya sido «solo» el cierre de una temporada magnífica que no alcanzará el premio final.
El último empujón de La Rosaleda
El Málaga CF no se puede quejar de su último día de este curso en su templo. Otra vez se llenó el campo hasta la bandera. Hubo incluso récord: 30.083 aficionados. Otra vez el autobús tuvo que sortear a cientos de malaguistas esperando a sus jugadores en la recta de Tribuna. La Rosaleda puso todo para ayudar a los suyos. Como ha hecho durante todo el año, sobre todo desde la llegada de Juanfran Funes al banquillo. Una afición que también estará el sábado en Almería, aunque en un número muy limitado por el problema de las entradas a disposición del equipo rival.
La Rosaleda queda en silencio hasta mediados de agosto. Entonces se sabrá si el siguiente rugido será contra un gigante de Primera o contra otro aspirante de Segunda en la lucha por regresar a la elite. Esa es la incógnita que sobrevuela Martiricos. Y es que el malaguismo despidió su temporada en casa con una pregunta enorme en el aire: ¿será el próximo partido oficial en La Rosaleda ya en Primera División?…













