No conocerán a nadie en este país que diga que Candela Peña (Gavá, Barcelona, 1973) no es una buena actriz. Incluso, pocos serán los que afirmen que no les cae bien. El personaje que se ha construido para el gran público no es el de una artista de éxito, alejada de la realidad y asidua a fiestas VIP. Qué va. Te la encuentras en el barrio, yendo al súper y gritando a su hijo que mire por dónde va.
A Candela Peña no se le caen los anillos por reconocer que le falta trabajo. Lleva muchos años pidiendo a directores que la tengan en cuenta y que le ofrezcan papeles. La vez más sonada fue cuando ganó su tercer Goya, este a Mejor Actriz de Reparto, por Una pistola en cada mano, de Cesc Gay. Su discurso fue breve, pero grandioso: «Quiero decir que hace tres años que no trabajaba, que en estos tres años he visto morir a mi padre en un hospital público donde no había mantas para taparlo y donde no había agua para darle de beber; se la teníamos que llevar nosotros. En estos tres años que hace que no trabajo ha salido de mis entrañas un niño que no sé qué educación pública le espera, y en estos tres años sin trabajar he visto también cómo la gente se mata por no tener casa; así que la alegría de esta noche a mí no me la amarga nadie. Desde aquí os pido trabajo. Tengo un niño que alimentar. Gracias y buenas noches».
Mucho ha llovido desde entonces, pero Peña sigue reivindicando lo que le parece importante y también sigue pidiendo trabajo porque, según cuenta, hace menos cine de lo que le gustaría. Fue en 1994 cuando se puso delante de cámara por primera vez, aunque el gran público la conoció con su papel de Nina en Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar, en 1999. En 2003 ganó su primer Goya como Mejor Actriz de Reparto por Te doy mis ojos (Icíar Bollaín) y, dos años después se llevaría el Protagonista con Princesas (Fernando Léon de Aranoa).
Es una incógnita por qué alguien de su talento tiene que pasarlas canutas en lugar de estar rechazando papeles sin parar. Ahora estrena el thriller La desconocida, pero tampoco se le caen los anillos por reconocer que paga las facturas gracias a sus apariciones en La revuelta, el programa de su amigo David Broncano. «Quiero que la gente sepa que yo vivo de las dos colaboraciones que hago, dos al mes, que parece que vivo allí», explica en las entrevistas que está haciendo para hacer promoción de su último filme.
De sus apariciones en La revuelta hace la intérprete una interesante reflexión. Ella cede sus derechos de imagen al programa para esas dos colaboraciones mensuales, pero no se las cede a las redes sociales como Instagram o TikTok, en donde a miles y miles de personas les salen sus intervenciones en las que cuenta alguna burrada con descaro o escenas de hace años. «Todavía sigo viendo vídeos de la promoción que hice con El caso Asunta», reconoce.
Detrás de su falta de empleo, según ella, está, además de que rechaza ofertas que le parece que son muy precarias, que es «una mujer que habla, que da su opinión, y eso molesta». Vamos, que como sus propias amigas le dicen, en lugar de ser dócil ante un productor, le dice a la cara que el catering «es una mierda».
Siempre es más cómodo trabajar sin voces reivindicativas alrededor, pero son vitales para conquistar derechos; también en el mundo del cine. En sus apariciones estelares en TVE se abre en canal y cuenta sus miserias con un desparpajo apabullante que enamora al público. Ahora está obsesionada con la menopausia. No me quiero ni imaginar cómo sería el mundo si la sufriéramos también los hombres. Viviríamos una guerra mundial cada año bisiesto. Está bien que una actriz de renombre entre en los salones de nuestras casas de vez en cuando para hacer añicos tabúes absurdos.
Y con la menopausia se ha puesto a tomar suplementos de toda clase. Habrán oído hablar del magnesio. Candela Peña se pasó esa pantalla hace mucho. «Me tomo tanta pastilla, tanta, tanta, que hay una que me hace crecer el pelo», dijo en el pódcast Poco se habla hace unas semanas. Omega 369, otra pirula para la memoria, berberina y hasta cúrcuma ingiere cada día.
No hagan nada sin supervisión médica, sobre todo, si se trata de fármacos adelgazantes. Escuchen a Candela Peña. «Esta cosa del ser eternamente joven, de estar eternamente buena. No me apetece. Creo que el Ozempic es un poco como el fascismo, en el sentido de que hay que llegar a que todas seamos juncos novilleros. La delgadez se celebra mucho, pero nadie te celebra lo lúcida que estás, lo brillante que eres». Ella necesita trabajo y nosotros necesitamos que lo tenga. Más Candela siempre.













