De los New York Knickerbockers que jugó el primer partido de la NBA en Toronto en 1946 a los New York Knicks que han jugado el último en San Antonio en 2026. La historia de la NBA vuelve a pertenecer a los Knicks de principio a fin. El conjunto neoyorquino orquestrado por Jalen Brunson grabó su nombre en su anhelado tercer anillo anoche al tumbar definitivamente a Victor Wembanyama y sus Spurs en el quinto partido (90-94) de las Finales para volver a ser presente tras muchos años aferrándose al pasado y su tan bonita como traicionera nostalgia, una ya en blanco y negro: no levantaba el trofeo Larry O’Brien desde 1973.
Brunson, proclamado MVP de las Finales, fue un pequeño dictador que impuso su voluntad con sus 1,88 frente a los gigantescos 2,24 del unicornio Wembanyama, con una sinfonía del bailarín de la Gran Manzana de 45 puntos por los escasos 19 de un Wemby al que le vino muy grande la ocasión, sin poder compensar con los 25 de Dylan Harper.
Los Knicks vuelven a estar a la altura de Manhattan y de la multitud de rascacielos que rodea el mítico y místico de la Catedral del Baloncesto Madison Square Garden, y el glamour de Nueva York. Como una religión en la que creen ricos y pobres, los Knicks son el equipo de los famosos y del gobierno y del pueblo. De los Spike Lee, Ben Stiller, Timothée Chalamet y Donald Trump y también de esas enloquecidas masas a pie de calle que tomarán la Gran Manzana. Esta noche y quién sabe cuántas más.
Pero sucede que estos son unos Knicks más de clase obrera, más de currantes empezando por su líder y ya santo y seña de la Catedral del Baloncesto, Jalen Brunson. El base de 1,88 y 29 años ha coronado una de las más fascinantes metamorfosis de jugador de rol a estrella, de sirviente de lujo de Luka Doncic en Dallas a rey de la fiesta en Nueva York a la que llegó como agente libre en 2022, una estrella que nadie vio que se encendió entre las deslumbrantes luces del Madison Square Garden hasta convertirse en la luz que tanto necesitaban los Knicks.
Una estrella forjada a base de trabajo, moldeada en largas tardes de sol en parques ante las voces de su padre, Rick Brunson, quien le pasó el testigo de su pasión por los Knicks. Parte de los anteriores Knicks finalistas -los de 1999 también ante los Spurs-, Rick ha vivido de primera mano la culminación de la preciosa historia padre-hijo de Jalen como asistente del conjunto neoyorquino.
Un Jalen Brunson que se encargó personalmente del asunto en una noche en la que pintaban bastos para los Knicks, que llegaron a estar de abajo por 15 y llegaron al último cuarto con desventaja (72-65) después de tener que sentar a Karl-Anthony Towns más de lo deseado por las faltas. Pero Brunson emergió resplandeciente para hacerse inmune a la dureza de Harper y las emboscadas de los Spurs, desglosando sus 45 puntos en un 14/27 en tiros de campo y un 4/7 en triples.
Apenas levanta dos palmos del suelo con sus 1,88 pero lleva a todos locos con su astucia y juego de pies, con sus hipnotizantes y cautivantes virguerías y ocurrencias, bailarín, acróbata y malabarista como los mejores que decoran con arte el corazón de Nueva York. Brunson es un pequeño base de los que ya no se llevan para liderar a un equipo en unos tiempos en la que se imponen cada vez más los jugadores largos y atléticos rumbo a un baloncesto sin posiciones. Pero en la grandeza siempre hay algo diferente, algo a contracorriente.
Jalen Brunson ha comandado una portentosa y dominante carrera en los playoffs de los Knicks de las que hacía tiempo que no se veían. El equipo entrenado por Mike Brown se vio en apuros en primera ronda contra los Atlanta Hawks al verse 2-1 abajo pero después barrió a Philadelphia 76ers (4-0) y Atlanta Hawks (4-0) para estampar un 4-1 en las Finales a unos Spurs torpes en los momentos decisivos. Sobre todo, con esa ventaja 52-81 a principios del tercer cuarto con el que se disponían a empatar la serie que se tornó en un 107 -106 final y un 3-1.
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