Como todo el mundo ha dado su personal opinión sobre la visita del Santo Padre a España, no seré yo la que omita la mía por prudencia.
No dejo de sorprenderme con los comentarios que leo en las diferentes redes sociales de internautas, la mayoría ocultos tras un alias, en los que con total impunidad arremeten con palabras soeces, malsonantes e incluso con términos incriminatorios, contra periodistas, médicos, abogados, jueces y estamentos eclesiales, incluida Su Santidad León XIV.
El lunes pasado, tras la vigilia dominical con los jóvenes en la Plaza de Lima en Madrid, muchos teófobos se tiraron a la yugular virtual de todos aquellos que mostraron su agrado con el discurso del Papa o con su mensaje de «humanidad, justicia y honestidad».
Ahora resulta que el problema parece ser reside -dicen ellos- en que no se puede hablar de tales valores si se atesoran y no se reparten tantas riquezas como hay en el Vaticano y si no se quema en una hoguera inquisitorial a todo sacerdote sobre el que haya recaído sospecha de abusos.
La presunción de inocencia es selectiva. Ampara al expresidente Zapatero y a sus hijas mientras no quede demostrado que las joyas de la caja fuerte no son heredadas o compradas en AliExpress. Ampara igualmente a la esposa de nuestro presidente, D. Pedro Sánchez, que fue directora de la Cátedra Extraordinaria para la Transformación Social Competitiva por méritos propios, los mismos que dieron al hermano del presidente su puesto en la Diputación de Badajoz (todo mi apoyo a la jueza cordobesa Dª Beatriz Biedma).
Si les soy sincera, lo que más he disfrutado es el jaque mate de Su Santidad a los que esperaban su llegada a una España aconfesional según el art. 16 de nuestra Constitución, pero que ha sido a la tierra de María Santísima según el sentir de un millón doscientos mil fieles que asistieron a la Misa del Corpus en Cibeles y de más de doce millones de espectadores de los actos televisados.
La petición del Sumo Pontífice de una acogida respetuosa de los migrantes más allá de la mera gestión de flujos migratorios, asegurando vías legales de una real integración, ha desbancado cualquier propuesta política o ideológica al respecto. Ni la regularización masiva de unos, ni la prioridad nacional de otros, habían sonado nunca tan interesadas en votos y tan improvisadas.
En otro orden de cosas, si una servidora ya era fan incondicional de Antonio Banderas, primero por defensor de Andalucía, después por mejor actor y más guapo que Bad Bunny, ¡dónde va a parar!, con su discurso ante el Papa, confesándose víctima del hechizo de Dios, me ha convertido en su fiel admiradora. ¡Si he de perrear, perreo con el Banderas!
*Abogada
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