El consejero de Cultura de Madrid se choteaba días atrás de las altas temperaturas que sufren los niños en aulas sin climatizar. Los niños de la escuela pública, cabe aclarar. En la Asamblea de esa comunidad se discutía la necesidad de adaptar los centros educativos a los rigores del cambio climático cuando dijo Mariano de Paco que «el calor es fuente de inspiración», aconsejando a los padres vestir a los estudiantes con manga corta. «Ustedes se ponen al lado de países donde la libertad de vestimenta no existe y eso no se podría hacer», remató dirigiéndose a los diputados de izquierdas. Una salida chusca, muy ayuser, solo le faltó añadir que más sudó Hernán Cortés conquistando México. Que los críos empiecen y acaben el curso entre mareos y deshidratación, que hagan gimnasia y patio en espacios sin sombra, y que sean los propios progenitores los que llevan ventiladores al colegio para paliar un poco la sofoquina le parece una tontería al político del PP ataviado con traje y corbata. De su facha es fácil deducir que estaba lanzando las antedichas ocurrencias en un espacio bendecido con aire acondicionado. No debe haber en España un solo despacho de consejero, alcalde, parlamentario, director general, alto funcionario, coordinador, asesor y etcétera sin su aporte de frescor artificial pagado por nuestros impuestos. Ojalá una avería generalizada en todos ellos para que sus ocupantes regresaran a casa como vuelven nuestros hijos, con dolor de cabeza.
A determinada temperatura nadie se concentra, el bochorno molesta y cada vez hace más calor durante el curso lectivo en toda España. Eso es así. Los peregrinos que esta semana acudieron a Madrid y Barcelona para ver al Papa soportaron temperaturas tórridas durante horas, y sin embargo León XIV habló alto y claro sobre las recurrentes crisis climáticas como uno de los grandes desafíos a los que se enfrenta nuestra civilización. En un discurso histórico ante próceres de todo signo en un Congreso de los Diputados enfriado para la ocasión. Qué error. Así no hay manera de que calen las verdades sagradas. Debería haber recibido a sus miles de fieles en las confortables instalaciones del poder legislativo, y dejar en cambio a los políticos a pleno sol, aguantando el sermón sin resguardo. ¿Habrían aplaudido siete minutos seguidos, o se hubieran ido corriendo al minuto y medio a buscar el fresco en un bar? Las familias de la escuela pública tendríamos que ponernos de acuerdo y arrancar con nuestras propias manos los aparatos de aire acondicionado de los despachos y colocarlos en las escuelas y los institutos donde no se invierte porque la formación de las generaciones futuras no se considera una prioridad.
Venga, que en semana y poco acaba el curso y dejaremos de hablar del calor. No es que a sus señorías no les importe. En 2022 y por la crisis energética derivada de la invasión rusa de Ucrania el curso político comenzó tras el verano con los termostatos a 27 grados en el Congreso, una temperatura envidiable en comparación con la que soporta la comunidad educativa. La desbandada de los escaños fue digna de reseña, así como las lamentaciones de los representantes de la ciudadanía, incapacitados para trabajar sudando. Los niños pueden quejarse, faltaría más, pero el absentismo no es una opción, las leyes no lo permiten. Unas leyes surgidas seguramente de un debate acalorado pero acaecido a la temperatura idónea.














