El cerebro es el gran centro de operaciones del cuerpo humano y uno de los grandes enigmas del organismo: una red prodigiosa capaz de aprender, adaptarse y reinventarse, pero también vulnerable al paso del tiempo, al estrés y a los hábitos cotidianos. Cuatro especialistas de los hospitales Quirónsalud explican cómo es, cómo funciona y qué podemos hacer para cuidarlo.
Una compleja red neuronal
Lejos de la imagen de una masa homogénea, el cerebro es “la red biológica más compleja conocida por nosotros de todo el universo”, destaca la doctora Erika Torres San Narciso, jefa del Servicio de Neurología y de la Unidad de Neurociencias del Hospital Quirónsalud Torrevieja y Quirónsalud Alicante. Está formada por “entre unos 60 mil millones y 100 mil millones de neuronas y otras tantas células gliales”, explica la doctora. De forma simplificada podemos decir que “las neuronas son las protagonistas de la obra, las encargadas de iniciar o recibir los estímulos para poder movernos, hablar, recordar o sentir que alguien nos toca, mientras las células gliales las encargadas de darles soporte, protegerlas y repararlas para que puedan funcionar”.
La doctora Belén Sánchez, jefa del Servicio de Neurología del Hospital Universitario Quirónsalud Zaragoza, añade que esta inmensa red “se organiza en materia gris (cuerpos celulares) y materia blanca (fibras nerviosas) y permanece protegida por meninges y líquido cefalorraquídeo”.
Pero ¿cómo funciona realmente esta maquinaria extraordinaria? Los doctores explican que la información viaja gracias a una combinación de impulsos eléctricos y señales químicas. “Para que el impulso eléctrico se propague entre los diferentes circuitos de neuronas es necesario que se liberen unas sustancias químicas llamadas neurotransmisores en los lugares de conexión entre ellas, denominados sinapsis”, señala la doctora Sánchez. En otras palabras, el cerebro trabaja como una inmensa red de conexiones que se activan de manera coordinada para interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor y responder a ello.
Anatomía y funciones del cerebro
A nivel anatómico, el cerebro se divide en varias estructuras. “Las partes principales son el encéfalo, el cerebelo y el tronco cerebral. A su vez, el encéfalo se organiza en dos hemisferios (derecho e izquierdo) conectados por el cuerpo calloso. Y cada hemisferio tiene cuatro lóbulos (frontal, parietal, temporal y occipital)”, enumera el doctor Jesús Romero Imbroda, jefe de Servicio de Neurología en el Hospital Quirónsalud Málaga.
Esta arquitectura cerebral tiene una razón de ser: cada región desempeña funciones muy concretas y todas trabajan conectadas entre sí. La doctora Torres explica detalladamente que el lóbulo frontal “dirige la conducta motora, es decir, controla si vamos a poner la mano de una forma u otra para usar el cuchillo o cómo llevarnos el café de una taza a la boca. También nos ayuda a planificar nuestra conducta, controlar nuestras emociones o razonar en determinadas circunstancias. El lóbulo parietal es responsable de nuestro procesamiento sensorial tanto del interior del cuerpo como exterior, es decir, nos ayuda a sentir las diferentes temperaturas, a saber lo que estamos tocando o a sentir dolor al hacer algún movimiento. El lóbulo occipital es responsable del último paso del procesamiento de la visión y el lóbulo temporal es el encargado de procesar el último paso de nuestro sentido auditivo y, también, donde se asientan importantes estructuras nerviosas encargadas de la memoria (hipocampo), del estado emocional inconsciente (sistema límbico), de la comprensión del lenguaje y de nuestras habilidades intelectuales más complejas”.
Más allá de los lóbulos, otras áreas resultan igualmente esenciales: “El diencéfalo regula procesos tan básicos como el sueño, el hambre, la respuesta al estrés o el sistema endocrino, mientras que el tronco cerebral mantiene funciones automáticas e involuntarias, desde respirar o despertar ante un ruido hasta mover los ojos o tragar”. Por su parte, el cerebelo “es responsable de la coordinación motora y permite que gestos cotidianos —coser, tocar un instrumento o contar monedas— se realicen con equilibrio y precisión”.
Un órgano que consume muchísimo y nunca desconecta
Todo este despliegue funcional tiene un coste energético enorme. Aunque apenas representa una pequeña fracción del peso corporal, el cerebro consume “entre el 20% y el 25% de la energía total del cuerpo” (que obtiene sobre todo de la glucosa y el oxígeno), afirma el doctor Ernest Balaguer Martínez, director de Investigación del Hospital Universitari General de Catalunya (HUGC). Ese gasto resulta aún más llamativo si se traduce en cifras cotidianas. El cerebro necesita una potencia constante estimada entre 12 y 20 vatios, un consumo que publicaciones científicas como Scientific American han comparado con el de una pequeña bombilla.
Pero hay un matiz importante: “este consumo se produce de una forma continua, todo el tiempo y al margen de la actividad mental o física que se realice”. Y es que el cerebro no se apaga cuando dormimos. Frente a la creencia de que “descansa” por la noche, “el cerebro siempre está activo”, recuerda el investigador.
Durante el sueño ocurren, de hecho, procesos fundamentales. “El cerebro reorganiza recuerdos, consolida aprendizajes y activa un mecanismo de limpieza conocido como sistema glinfático, capaz de eliminar sustancias de desecho acumuladas durante el día”, destaca el doctor Balaguer. De ahí que el tiempo de sueño y su calidad no sean solo fundamentales para nuestro descanso sino también para mantener un cerebro saludable con el paso del tiempo.
Mitos que conviene desterrar
En torno al cerebro hay también otros mitos que conviene desterrar. Quizá uno de los más extendidos es que solo usamos el 10% de nuestra capacidad cerebral. “Es completamente falso. Utilizamos prácticamente todas las áreas cerebrales, aunque no todas trabajen al máximo al mismo tiempo”, afirma el doctor Romero.
Tampoco es cierto que exista un hemisferio exclusivamente creativo y otro puramente lógico. “Ambos trabajan en conjunto, como un equipo y con una conexión continua entre ellos a través del cuerpo calloso”, explica el doctor Balaguer, aunque sí es cierto que «existen funciones que se localizan en regiones concretas del cerebro. Por ejemplo, algunas áreas relacionadas con el lenguaje se encuentran habitualmente en el hemisferio dominante —el izquierdo en las personas diestras— y no tienen un equivalente funcional en el hemisferio no dominante», matiza el neurólogo.
Otro dato sorprendente que confirman los doctores es que el cerebro, en sí mismo, no duele porque no tiene receptores del dolor. Las cefaleas existen —y pueden ser muy intensas—, pero el dolor procede de las estructuras que rodean al órgano, como meninges o vasos sanguíneos. Por eso determinadas cirugías neurológicas pueden realizarse con el paciente despierto.
La multitarea es otro de los grandes malentendidos sobre el funcionamiento del cerebro. Muchas personas creen que pueden hacer varias tareas cognitivas complejas simultáneamente, pero no es exactamente así. Aunque habría que definir bien a qué funciones nos referimos, por lo general “el cerebro alterna tareas muy rápido, pero no las realiza simultáneamente, y eso reduce la eficiencia, provoca fatiga y errores”, señala el doctor Romero.
Durante décadas también se consideró una verdad absoluta otra idea que hoy sabemos incompleta: que el cerebro adulto apenas cambiaba y que teníamos un número finito de neuronas que se perdían sin remedio con el paso del tiempo. Actualmente la neurología ofrece una visión mucho más matizada. “Sabemos que existe una plasticidad neuronal que permite la readaptación de la función cerebral. Por ejemplo, en caso de ceguera, el lóbulo occipital puede atrofiarse pero se podría hipertrofiar el lóbulo parietal y favorecer una mayor capacidad sensitiva táctil”, explica el doctor Balaguer. Algunos estudios sugieren además la existencia de neurogénesis en determinadas regiones, especialmente en el hipocampo, relacionado con la memoria y el aprendizaje. “Es uno de hallazgos más cruciales y disruptivos de las últimas décadas porque significa que en el cerebro adulto pueden aparecer nuevas neuronas”, sostiene el neurólogo.
Envejecer no significa necesariamente enfermar
Que el cerebro conserve capacidad de adaptación, regeneración y reparación de daño no significa que sea inmune al paso del tiempo. Envejecer forma parte de su biología, pero los especialistas distinguen entre envejecimiento cognitivo normal y deterioro patológico.
“Con la edad se produce una atrofia cerebral que se traduce en cierta lentitud mental, olvidos leves o dificultad ocasional para encontrar palabras, pero nada de esto limita a la persona para mantener una buena calidad de vida acorde a su edad”, explica la doctora Sánchez. Otra cosa distinta son las enfermedades neurodegenerativas y las demencias, donde el deterioro deja de ser un despiste leve sin impacto funcional y “empieza a interferir progresivamente en la autonomía personal y la vida diaria”, matiza.
El doctor Balaguer reconoce que la frontera entre ambos procesos no siempre resulta evidente para pacientes y familiares, pero insiste en que “el envejecimiento patológico, a diferencia del ‘normal’, se define por su mayor ritmo de progresión y por su repercusión sobre la cognición y el estado funcional del paciente”.
Señales que no conviene ignorar
La clave, insisten los neurólogos, no está en alarmarse ante cada despiste, sino en observar su evolución y su impacto en la vida diaria. Porque las alteraciones cerebrales relevantes rara vez aparecen de forma súbita y suelen manifestarse mediante señales discretas pero persistentes.
La doctora Sánchez aconseja fijarse en “olvidos, alteraciones del lenguaje, rigidez, temblor, cambios en la manera de caminar, apatía o cambios de personalidad”. La doctora Torres, por su parte, aporta ejemplos muy concretos del día a día como dejar de manejar el ordenador o las cuentas como antes, cocinar de forma mucho más simple, abandonar aficiones o evitar actividades sociales habituales. “El que una persona deje de hacer algo que siempre ha hecho de forma fluida o que tenga cambios emocionales muy intensos puede alertarnos de que algo no va bien”, advierte.
Síntomas más llamativos o de inicio agudo podrían ser “debilidad en una extremidad, convulsiones, cefaleas persistentes o vértigos, que requieren valoración médica inmediata”, explica el doctor Balaguer.
Enfermedades del cerebro más comunes
Muchas de las señales que pueden aparecer con el paso del tiempo o de forma inesperada generan preocupación porque pueden estar relacionadas con enfermedades neurológicas. Algunas están vinculadas al envejecimiento cerebral y otras pueden manifestarse mucho antes, pero todas recuerdan que el cerebro, pese a su capacidad de adaptación, también puede enfermar.
Entre las patologías más conocidas se encuentran las enfermedades neurodegenerativas como la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), el alzhéimer o el Parkinson, cuyos diagnósticos parecen ir en aumento. La principal explicación no es un deterioro súbito de la salud cerebral global, sino un fenómeno demográfico: vivimos más años y, además, diagnosticamos mejor. “Las técnicas de neuroimagen, los biomarcadores y los nuevos métodos diagnósticos permiten hoy detectar alteraciones cerebrales mucho antes que hace apenas unos años, abriendo la puerta a intervenciones más precoces y a un mejor seguimiento clínico”, asegura el doctor Balaguer.
Pero no todas las enfermedades neurológicas están asociadas al envejecimiento. Existen también patologías autoinmunes, inflamatorias o vasculares que pueden aparecer en etapas más tempranas de la vida y afectar de forma significativa a la función cerebral y neurológica. Entre ellas destaca la esclerosis múltiple, una enfermedad autoinmune que afecta al sistema nervioso central y cuya evolución puede alterar la movilidad, la sensibilidad, la visión o funciones cognitivas. En el ámbito vascular, el ictus (o accidente cerebrovascular) se produce por la interrupción del flujo sanguíneo en el cerebro, lo que provoca daño en el tejido nervioso afectado.
A este conjunto se suman también trastornos convulsivos como la epilepsia o procesos tumorales cerebrales, que muestran hasta qué punto el cerebro puede verse afectado por mecanismos muy diversos.
Pese a que todavía no existen soluciones capaces de detener de forma concluyente muchas enfermedades neurodegenerativas, los especialistas subrayan que la investigación avanza. En los últimos años han surgido nuevas estrategias terapéuticas dirigidas contra proteínas implicadas en Alzheimer y continúan desarrollándose tratamientos y líneas de investigación para Parkinson y otras patologías neurológicas.
“Es pronto aún para que podamos apreciar grandes cambios, pero la combinación de diagnóstico precoz y las nuevas familias de fármacos van a ayudar mucho en mejorar el pronóstico en las próximas décadas”, afirma la Dra. Sánchez.
Cómo cuidar nuestro cerebro
Y nosotros, ¿podemos hacer algo por cuidar la salud de nuestro cerebro? Si bien la biología y otros factores no modificables marcan parte de su funcionamiento, los especialistas coinciden en que los hábitos de vida también influyen en su salud a lo largo plazo.
Dormir entre siete y ocho horas, realizar ejercicio de forma regular, tanto físico como mental (estimulación cognitiva), y cuidar las relaciones sociales aparecen como pilares compartidos por los cuatro especialistas. A estos factores se suma el control de la salud general, especialmente la hipertensión, el colesterol o la diabetes, además de evitar el tabaco y el alcohol.
Los doctores mencionan también la importancia de controlar el estrés y dedicar unos minutos al día a “no hacer nada”, es decir, dejar la mente en blanco o meditar. Porque como alerta el doctor Romero, “el estrés crónico puede afectar estructuras como el hipocampo, alterando memoria, aumentando ansiedad y favoreciendo enfermedades neurodegenerativas”. La doctora Sánchez añade que también puede producir “hiperestimulación de la amígdala y afectar a la corteza prefrontal, relacionada con la concentración y la toma de decisiones”.
De igual modo, los especialistas observan con atención el impacto de la hiperconectividad, el uso intensivo de pantallas, redes sociales e inteligencia artificial en la función cerebral. Los expertos no hablan de alarma, pero sí de prudencia, especialmente en lo relativo a la capacidad de atención, la memoria y la concentración. “El cerebro se acostumbra a estímulos rápidos e impredecibles condicionados por la recompensa de la producción de dopamina y eso dificulta la concentración en tareas largas o profundas, como leer un libro o estudiar”, señala la doctora Sánchez. La doctora Torres habla incluso de “sedentarismo cognitivo” cuando las pantallas sustituyen actividades intelectuales, creativas o sociales.
En ese equilibrio entre estimulación y descanso, entre la velocidad del entorno digital y los hábitos que acompañan nuestro día a día, se va definiendo en gran medida la salud de nuestro cerebro: ese pequeño gran centro de control del organismo, discreto en tamaño pero decisivo en todo lo que pensamos, sentimos y hacemos.















